UN LUGAR PARA EL CUERPO

Vista de la instalación

 

 

El artista conceptual Franz Erhahd Walther (Fulda, Alemania, 1939) reconocido a nivel mundial, continúa en activo realizando exposiciones con su particular visión artística. Esta, es su primera antología en España y se estrena en el Palacio de Velázquez (El Retiro, Madrid) con una muestra que engloba escultura, pintura, dibujo y documentación gráfica que relatan sus dos temas principales: el lenguaje y la acción. Para él, el arte tiene un significado inmaterial, por lo tanto su naturaleza es performativa.

 

 

Plastische Rede, 1983. coton,wood, 365 x 470 x 40 cm, 6 pieces

 

 

La acción se complementa con los materiales que utiliza para dar sentido al objeto y así llegar hasta el público por medio del cuerpo. Junto al tiempo y al espacio aúna dichos elementos y modela su discurso dando paso a prácticas artísticas como son la escultura y la instalación. Erharhd, comienza su actividad en los años 50 y se cuestiona la condición del objeto artístico ante la historia del arte.

 

 

Vista de la exposición

 

 

Organizada por el Museo Centro de Arte Reina Sofía, la famosa serie Handlungsstücke (Obras de acción) es definida por el artista como sus “demostraciones de trabajo” y esta será complementada con actividades llevadas a cabo con sujetos formados para ello de la mano del propio artista. La muestra no sólo se basa en acciones relacionadas con los parámetros espacio y tiempo, sino que también se exhibirá obra sobre papel de su primera etapa, bajo el nombre Wortbilder (cuadros de palabras). Las fotografías y vídeos serán un añadido a esta completa presentación de su trabajo.

 

 

Vista de la exposición

 

 

Para el artista los materiales son un punto de partida vital para desarrollar sus acciones y en este caso las telas simbolizan el arte y la vida. Las texturas, el color y las costuras mismas hacen que como espectadores nos sumerjamos en un paraíso lleno de posibilidades dado que no nos llevan a la idea de un objeto acabado. Las actividades se desarrollarán hasta el 10 de septiembre en colaboración con el Goethe Institut. 

 

 

 

Todos conocemos la famosa frase “una imagen vale más que mil palabras”. Y así es en muchas ocasiones. Nuestra realidad se alimenta de multitud de imágenes que consumimos a diario en la era de la sobreinformación. Según datos recopilados en 2017, cada minuto se suben 65.000 fotos a Instagram, 400 horas de vídeo a Youtube y 243.000 imágenes a Facebook. Las estadísticas habrán variado un poco en estos dos años, pero siempre al alza. Precisamente por ello, a veces cuesta poner en valor la fotografía como disciplina artística, ya que existe la noción, comúnmente extendida, de que obtener una buena imagen está al alcance de todos. Por eso nos preguntamos ¿cuál es el futuro de la fotografía en el siglo XXI?

Primera imagen de la historia con una persona, de Louis Daguerre, 1838

Repasando la historia de la fotografía, no debemos olvidar que en sus inicios no era considerada propiamente una disciplina artística. A mediados del siglo XIX, la captura de la imagen se veía como un alarde técnico que permitía congelar un instante del tiempo para el recuerdo, con una finalidad más bien documental y de registro histórico que como una creación genuina. Esta técnica carecía de las cualidades atribuidas tradicionalmente a las obras de arte: no había una factura manual, no era necesaria formación previa, no se producía nada nuevo y se limitaba a reproducir la realidad.

Robert Doisneau, “La Dame Indignée”, 1948 (imagen de 1stdibs.com)

La expansión de la fotografía para hacer retratos, y la progresiva sustitución de la pintura para estos fines, coincidió en el tiempo con el movimiento naturalista, que abogaba por una representación objetiva de la realidad desprovista de las composiciones rebuscadas y la permanente búsqueda de los cánones de belleza tradicionales. La fotografía se adaptaba tan bien a este movimiento que supuso de hecho un gran impulso para su expansión. A esto se sumaron algunos avances técnicos del momento que contribuyeron a la popularización de esta disciplina, cada vez más accesible y portátil, con cámaras más pequeñas y fáciles de mover fuera de los cuartos oscuros de los fotógrafos de retratos.

Jeff Wall, “Invisible man”, 1999-2000 (imagen de MoMA)

Actualmente, nadie pone en duda que la fotografía sea arte. El problema radica en mantener la integridad de una disciplina con unos contornos tan imprecisos entre lo que el artista puede hacer y lo que está al alcance de todo aquel que tenga, no ya una cámara, sino un teléfono móvil. Incluso cuando la fotografía se hizo enormemente popular, a partir de la década de los 50 del siglo pasado, las imágenes mantenían el encanto de la captura espontánea, de los retazos de vida auténtica robados a sus protagonistas, de la magia de lo que se salva del olvido en un segundo de tiempo donde coinciden casualidad y pericia. Con el paso de los años, los fotógrafos se fueron quejando de que ya no había esa espontaneidad en la gente, la sobreprotección de la imagen propia resta naturalidad a las composiciones y hay menos fotos que surjan del azar.

Isabel Muñoz “Sin título”, de la serie “Agua”, 2017.

Es cierto que los tiempos imponen nuevas pautas. La fotografía contemporánea avanza gracias a la sofisticación de los propios equipos y al uso de otras herramientas que permiten tomar imágenes jamás pensadas antes. Además de esto, la propia idea en torno a esta disciplina ha cambiado, y comienzan a distinguirse subgéneros. Algunos de ellos tienen una vocación claramente artística mientras que otros buscan un mensaje distinto, más orientado al documental o al reportaje. No es por eso extraño que algunos artistas aborden proyectos fotográficos con dos fases de creación, y que produzcan primero sus propios escenarios de los que luego toman la imagen. La hibridación con las técnicas digitales también es muy común, si bien se suele distinguir entre la auténtica fotografía, tomada tal cual, y la composición digital, cuando está más intervenida. Es difícil predecir qué derroteros seguirá la fotografía en los próximos años, pero una cosa que jamás ha cambiado es la curiosidad que el ser humano siente por sus congéneres y el poder que una mirada sincera tiene en nosotros mismos. Eso nunca cambiará.