Alberto García-Alix y Sombras del Viento en MUSAC

 

 

Este octubre llega al MUSAC (Museo del Arte Contemporáneo de Castilla y León) la exposición individual del fotógrafo leonés Alberto García-Alix, comisariada por Nicolás Combarro. La muestra titulada “Sombras del viento”, girará en torno a dos de sus temáticas más recurrentes: la moto y el retrato. La inauguración tendrá lugar el 3 de octubre y con este proyecto el MUSAC celebra su décimo aniversario, construyendo un puente entre el presente y el pasado, basándose en dos fotolibros que García-Alix publicó en 1993: Bikers y los Malheridos, Los bien amados y Los traidores.

 

 

 

Alberto García-Alix (León, 1956), Premio Nacional de Fotografía en 1999, amante del retrato social y de la motocicleta, es una figura clave dentro de la conocida “Movida madrileña”, movimiento cultural en el que retrató a un centenar de personalidades, amigos y familiares.

En la exposición podrá verse la evolución de García-Alix en la técnica fotográfica y el tratamiento de estos dos elementos que han sido una constante en su vida artística. En sus obras más recientes, podemos ver el paso del tiempo y una evolución de la forma hacia la abstracción y la alegoría.

 

 

 

 

 

La obra de Alberto García-Alix ha estado en algunas exposiciones del MUSAC. Con la muestra “Emergencias” se inauguró el museo el 1 de abril de 2005 y hace tres años los leoneses pudieron disfrutar de las “biografías” de las fotografías pertenecientes al fondo del museo.

El artista, que lleva casi 40 años dedicado a la fotografía, piensa que “el retrato exige una gran capacidad de comprensión, lo cual obliga a comprenderse a uno mismo. Retratar equivale a prestar atención a lo que te rodea, a las otras personas, a ti mismo. Muchas veces he sentido deseos de ponerme a llorar enfrente de la cámara, de intentar expresar, sólo con los ojos, el sentimiento del paso del tiempo”.

 

 

 

A través de las fotografías el espectador podrá inmiscuirse en el universo de García-Alix y hacer un recorrido por las metáforas, ausencias y presencias del autor.

 


 

Todos conocemos la famosa frase “una imagen vale más que mil palabras”. Y así es en muchas ocasiones. Nuestra realidad se alimenta de multitud de imágenes que consumimos a diario en la era de la sobreinformación. Según datos recopilados en 2017, cada minuto se suben 65.000 fotos a Instagram, 400 horas de vídeo a Youtube y 243.000 imágenes a Facebook. Las estadísticas habrán variado un poco en estos dos años, pero siempre al alza. Precisamente por ello, a veces cuesta poner en valor la fotografía como disciplina artística, ya que existe la noción, comúnmente extendida, de que obtener una buena imagen está al alcance de todos. Por eso nos preguntamos ¿cuál es el futuro de la fotografía en el siglo XXI?

Primera imagen de la historia con una persona, de Louis Daguerre, 1838

Repasando la historia de la fotografía, no debemos olvidar que en sus inicios no era considerada propiamente una disciplina artística. A mediados del siglo XIX, la captura de la imagen se veía como un alarde técnico que permitía congelar un instante del tiempo para el recuerdo, con una finalidad más bien documental y de registro histórico que como una creación genuina. Esta técnica carecía de las cualidades atribuidas tradicionalmente a las obras de arte: no había una factura manual, no era necesaria formación previa, no se producía nada nuevo y se limitaba a reproducir la realidad.

Robert Doisneau, “La Dame Indignée”, 1948 (imagen de 1stdibs.com)

La expansión de la fotografía para hacer retratos, y la progresiva sustitución de la pintura para estos fines, coincidió en el tiempo con el movimiento naturalista, que abogaba por una representación objetiva de la realidad desprovista de las composiciones rebuscadas y la permanente búsqueda de los cánones de belleza tradicionales. La fotografía se adaptaba tan bien a este movimiento que supuso de hecho un gran impulso para su expansión. A esto se sumaron algunos avances técnicos del momento que contribuyeron a la popularización de esta disciplina, cada vez más accesible y portátil, con cámaras más pequeñas y fáciles de mover fuera de los cuartos oscuros de los fotógrafos de retratos.

Jeff Wall, “Invisible man”, 1999-2000 (imagen de MoMA)

Actualmente, nadie pone en duda que la fotografía sea arte. El problema radica en mantener la integridad de una disciplina con unos contornos tan imprecisos entre lo que el artista puede hacer y lo que está al alcance de todo aquel que tenga, no ya una cámara, sino un teléfono móvil. Incluso cuando la fotografía se hizo enormemente popular, a partir de la década de los 50 del siglo pasado, las imágenes mantenían el encanto de la captura espontánea, de los retazos de vida auténtica robados a sus protagonistas, de la magia de lo que se salva del olvido en un segundo de tiempo donde coinciden casualidad y pericia. Con el paso de los años, los fotógrafos se fueron quejando de que ya no había esa espontaneidad en la gente, la sobreprotección de la imagen propia resta naturalidad a las composiciones y hay menos fotos que surjan del azar.

Isabel Muñoz “Sin título”, de la serie “Agua”, 2017.

Es cierto que los tiempos imponen nuevas pautas. La fotografía contemporánea avanza gracias a la sofisticación de los propios equipos y al uso de otras herramientas que permiten tomar imágenes jamás pensadas antes. Además de esto, la propia idea en torno a esta disciplina ha cambiado, y comienzan a distinguirse subgéneros. Algunos de ellos tienen una vocación claramente artística mientras que otros buscan un mensaje distinto, más orientado al documental o al reportaje. No es por eso extraño que algunos artistas aborden proyectos fotográficos con dos fases de creación, y que produzcan primero sus propios escenarios de los que luego toman la imagen. La hibridación con las técnicas digitales también es muy común, si bien se suele distinguir entre la auténtica fotografía, tomada tal cual, y la composición digital, cuando está más intervenida. Es difícil predecir qué derroteros seguirá la fotografía en los próximos años, pero una cosa que jamás ha cambiado es la curiosidad que el ser humano siente por sus congéneres y el poder que una mirada sincera tiene en nosotros mismos. Eso nunca cambiará.