Fernando Bellver en Tabacalera Madrid

 

 

80 obras - entre grabados, aguafuertes, óleos, esculturas, cajas de luz (lentegrafías) - en 9 secciones recorren 30 años de trabajo dedicados a la obra gráfica con una constante, el sentido del humor. Como reza el texto desarrollado para la exposición, Bellver “rechaza la fábula de la creatividad del artista e ironiza sobre el mito del artista creador, lo que le sirve para conformar su propia leyenda, su propio personaje. Defiende que el arte es algo sin trascendencia, una burla capaz de alejarnos de la seriedad de la vida”.

 

 

 

 

El Premio Nacional de gráfica en 2008 ha inventado y reinventado su arte copiando, mezclando y contrastando el arte de otros, hasta dar forma a un universo particular lleno de referencias a la cultura pop, a la filosofía dadaísta, al cine… “En cada ocasión he buscado un lenguaje más acorde con lo que quería decir. Mi estilo es bastante técnico y abigarrado. No dejo grandes espacios, ni grandes vacíos, siempre lleno todo el espacio de la obra. Ese creo que es realmente el estilo. Lo demás son lenguajes”, asegura el artista.

 

 

 

 

 

 

Hasta el 28 de agosto, Bellver. Vida pasajera, comisariada por Felipe Hernández Cava, y organizada por la Subdirección General de Promoción de las Bellas ArtesMinisterio de Educación, Cultura y Deporte, en la sala La Principal de Tabacalera Promoción del Arte, nos permite conocer un poco más el universo iconográfico de un artista tachado en muchas ocasiones de impersonal y, quizá por eso, absolutamente abocado a la creación en total libertad: “Es divertido usar lenguajes distintos. Ser una persona distinta cada vez que vas al estudio y no repetirte de una manera obsesiva para que la gente te reconozca. Que me reconozcan a través de mi obra me importa un pito”.

 

 

 

 

Dentro de los perfiles profesionales especializados que se pueden encontrar en el sector cultural, y más concretamente, en el ámbito de las artes visuales, una de las ocupaciones más recientes es la del comisario. Si la década de los 80 fue el auge del rol del artista, con su carácter innovador y la puesta en valor de su figura como articulador esencial de las propuestas creativas, el final de siglo trasladó el interés hacia los propios centros expositivos y su labor como custodios de la producción actual y como espacios para dar cabida a todas las propuestas. El cambio de milenio introdujo con fuerza en este panorama el rol del comisario. Quizás unido a una crisis de identidad social, quizás a la complejidad que está adquiriendo actualmente los proyectos contemporáneos, la necesidad de construir, articular y ahondar en los discursos artísticos se hizo evidente.

Aunque las funciones encomendadas a esta profesión no son nuevas en su totalidad, pues antes habían sido asumidas por conservadores, críticos o expertos según las temáticas, el rol ha adquirido solidez porque aúna todas estas finalidades al tiempo que permite la especialización de otros profesionales en sus respectivos ámbitos de competencia. Ahora bien, como algunos comisarios mismos señalan, no debe olvidarse el espíritu genuino de esta figura, que ha nacido para facilitar el entendimiento del discurso, crear narrativas dentro de un contexto en ocasiones caótico y disperso, mediar entre las obras y el espectador y crear puentes entre el arte contemporáneo y la sociedad.

El arte de nuestros días plantea multitud de incógnitas para el visitante que debe enfrentarse a propuestas muchas veces alejadas de los cánones estéticos pautados, lo que da paso a la incertidumbre y el desconcierto; pero, a su vez, estas obras emplean un lenguaje más cercano, unos materiales y hasta composiciones desprendidas de la sofisticación y el alarde técnico de antaño, algo que, lejos de favorecer la proximidad con el mensaje, genera cierto distanciamiento. Lo que acabamos de describir es parte de la esencia misma del arte actual. El cuestionamiento de las pautas formalistas y el recurso a elementos tangibles más utilitarios que embellecedores son los nuevos criterios de la creación, donde, por encima de todo prima el mensaje que se quiere transmitir.

Asimismo, otra característica intrínseca de la obra de nuestro tiempo es la preocupación de los artistas por temáticas más inmediatas, por cuestiones de carácter social, político y económico que buscar crear un revulsivo narrativo y conceptual, dejando atrás la prioridad estética o, mejor dicho, haciendo del discurso su propia estética. En este contexto, por extraño que pueda parecer, la creación contemporánea se encuentra con una barrera lingüística dificultando el entendimiento del espectador. Y a esta circunstancia se suma la abundante producción actual, abarcando un amplio abanico de temáticas que no son sino trasunto de nuestra sociedad diversa y globalizada.

El comisario contribuye a facilitar esa comprensión articulando un discurso coherente que permita la agrupación de ideas conexas para cohesionar el mensaje. Esto exige tener un profundo conocimiento del estado actual del arte, de las líneas de trabajo de los creadores, de las propuestas estéticas más recientes y de las demandas reales de la sociedad para tender un puente al diálogo y permitir el acercamiento al arte. Si el arte se ocupa de los mismos asuntos que nos preocupan a todos, ¿cómo no vamos a compartir sus postulados? La mediación cultural requiere del trabajo de los comisarios para abrir una pequeña ventana a la reflexión y para posibilitar un espacio de intercambio y de generación de ideas. Compartimos el pensamiento que José Guirao expresó en una entrevista reciente: “El comisario es alguien que desvela algo nuevo y sería un error que los comisarios se conviertan en gestores”.

Entendido así el papel del comisario, muchas instituciones se han subido al carro de crear convocatorias específicas para que los nuevos profesionales puedan dar salida a sus propuestas. Recordemos a modo de ejemplo la convocatoria “Inéditos” de La Casa Encendida, “Se busca comisario”, de la Comunidad de Madrid, o la convocatoria de Comisariado de La Caixa.