Alex Katz vuelve al Guggenheim Bilbao con This Is Now

 

 

Retratos de mujer y paisaje, son los géneros favoritos del artista Alex Katz (Brooklyn, 1927), el artista neoyorkino que visitó Bilbao por última vez en 2012 con la exposición “Sonrisas”. Ahora, bajo el título “Alex Katz: This is Now”, una exposición monográfica recoge la manera de entender el paisaje de uno de los pintores contemporáneos más singulares del arte estadounidense.

 

 

 

This is Now, Esto es Ahora, son 35 obras de gran tamaño con las que Katz quiere representar las cosas, los espacios, tal como son, tal como él los ve y los siente . “Más que representar imágenes de una manera fiel, a Katz le interesa capturar el instante de la percepción en la pintura. Este momento, que es como un flash explosivo antes de que la imagen se enfoque, es lo que denomina ‘el tiempo presente’", han explicado desde el museo.

 

 

 

La exposición muestra las diferentes etapas (abarcan los últimos 25 años del pintor) en las que el artista ha cultivado el género del paisaje, desde creaciones de los años ochenta hasta sus últimas pinturas de paisajes monumentales, realizadas en la actualidad. Pinturas de masas de color poderosas, cargadas de poesía, obras que nos invitan a reflexionar sobre la percepción y la conciencia, “sobre la relación entre arte y naturaleza, y la noción de lo sublime en nuestro momento”, explican en el Guggenheim.

 

 

 

 

Los paisajes recientes de Katz constituyen la cumbre de un estilo depurado, de poca profundidad y líneas descriptivas y limpias, en el que se encarna el potencial del arte contemporáneo para capturar la grandeza en el presente. Sus paisajes hablan de la condición del ser en un entorno de circulación y confluencia constante de imágenes, de la incapacidad de enfocar la atención en la vida y sus circunstancias y buscan delimitar un espacio pictórico que nos obligue a percibir el detalle, la relación entre arte y naturaleza.

 

 

Organizada por el High Museum of Art de Atlanta, “Alex Katz: This is Now” se podrá disfrutar hasta el 7 de febrero de 2016.

 

 

Todos conocemos la famosa frase “una imagen vale más que mil palabras”. Y así es en muchas ocasiones. Nuestra realidad se alimenta de multitud de imágenes que consumimos a diario en la era de la sobreinformación. Según datos recopilados en 2017, cada minuto se suben 65.000 fotos a Instagram, 400 horas de vídeo a Youtube y 243.000 imágenes a Facebook. Las estadísticas habrán variado un poco en estos dos años, pero siempre al alza. Precisamente por ello, a veces cuesta poner en valor la fotografía como disciplina artística, ya que existe la noción, comúnmente extendida, de que obtener una buena imagen está al alcance de todos. Por eso nos preguntamos ¿cuál es el futuro de la fotografía en el siglo XXI?

Primera imagen de la historia con una persona, de Louis Daguerre, 1838

Repasando la historia de la fotografía, no debemos olvidar que en sus inicios no era considerada propiamente una disciplina artística. A mediados del siglo XIX, la captura de la imagen se veía como un alarde técnico que permitía congelar un instante del tiempo para el recuerdo, con una finalidad más bien documental y de registro histórico que como una creación genuina. Esta técnica carecía de las cualidades atribuidas tradicionalmente a las obras de arte: no había una factura manual, no era necesaria formación previa, no se producía nada nuevo y se limitaba a reproducir la realidad.

Robert Doisneau, “La Dame Indignée”, 1948 (imagen de 1stdibs.com)

La expansión de la fotografía para hacer retratos, y la progresiva sustitución de la pintura para estos fines, coincidió en el tiempo con el movimiento naturalista, que abogaba por una representación objetiva de la realidad desprovista de las composiciones rebuscadas y la permanente búsqueda de los cánones de belleza tradicionales. La fotografía se adaptaba tan bien a este movimiento que supuso de hecho un gran impulso para su expansión. A esto se sumaron algunos avances técnicos del momento que contribuyeron a la popularización de esta disciplina, cada vez más accesible y portátil, con cámaras más pequeñas y fáciles de mover fuera de los cuartos oscuros de los fotógrafos de retratos.

Jeff Wall, “Invisible man”, 1999-2000 (imagen de MoMA)

Actualmente, nadie pone en duda que la fotografía sea arte. El problema radica en mantener la integridad de una disciplina con unos contornos tan imprecisos entre lo que el artista puede hacer y lo que está al alcance de todo aquel que tenga, no ya una cámara, sino un teléfono móvil. Incluso cuando la fotografía se hizo enormemente popular, a partir de la década de los 50 del siglo pasado, las imágenes mantenían el encanto de la captura espontánea, de los retazos de vida auténtica robados a sus protagonistas, de la magia de lo que se salva del olvido en un segundo de tiempo donde coinciden casualidad y pericia. Con el paso de los años, los fotógrafos se fueron quejando de que ya no había esa espontaneidad en la gente, la sobreprotección de la imagen propia resta naturalidad a las composiciones y hay menos fotos que surjan del azar.

Isabel Muñoz “Sin título”, de la serie “Agua”, 2017.

Es cierto que los tiempos imponen nuevas pautas. La fotografía contemporánea avanza gracias a la sofisticación de los propios equipos y al uso de otras herramientas que permiten tomar imágenes jamás pensadas antes. Además de esto, la propia idea en torno a esta disciplina ha cambiado, y comienzan a distinguirse subgéneros. Algunos de ellos tienen una vocación claramente artística mientras que otros buscan un mensaje distinto, más orientado al documental o al reportaje. No es por eso extraño que algunos artistas aborden proyectos fotográficos con dos fases de creación, y que produzcan primero sus propios escenarios de los que luego toman la imagen. La hibridación con las técnicas digitales también es muy común, si bien se suele distinguir entre la auténtica fotografía, tomada tal cual, y la composición digital, cuando está más intervenida. Es difícil predecir qué derroteros seguirá la fotografía en los próximos años, pero una cosa que jamás ha cambiado es la curiosidad que el ser humano siente por sus congéneres y el poder que una mirada sincera tiene en nosotros mismos. Eso nunca cambiará.