La puesta en valor de la ilustración española

Alfredo González, Ilustración para Seis barbas de besugo, Media Vaca. 2007

 

 

 

La Ilustración parece una de las disciplinas que menos atención merece dentro de las arte visuales, considerada un género menos destacado y más popular, en comparación a técnicas más reputadas como la pintura al óleo o el grabado. Por fortuna, en los últimos años la ilustración ha recuperado gran aprecio y la oferta de libros ilustrados en el mercado, para niños y adultos, se ha disparado. Ya no buscamos un libro de bolsillo de cuentos infantiles con dibujos hechos en serie, sino pequeñas obras de arte hechas con mimo y esmero en las que, en ocasiones, el texto queda relegado a un segundo plano.

 

 

 

Alfredo González, “De Moscú a Nueva York”, 1989

 

 

 

El Premio Nacional de Ilustración se concede desde 1978, si bien durante los primeros 30 años el objetivo era premiar un trabajo de ilustración que fuera inédito en España, recogido en una publicación infantil o juvenil. Desde 2008 la línea de este galardón ha cambiado, y ahora se premia el conjunto de la trayectoria artística del autor, como ilustrador, en el ámbito de las letras españolas.

 

 

 

Alfredo González, “Teoría de Madrid”, 1980

 

 

 

Este año el premio ha recaído en Alfredo González “por su dilatada trayectoria, que le ha llevado a trabajar en distintos puntos de España y del mundo, por su cultivo de distintos aspectos de la ilustración y por su magisterio e influencia en sucesivas generaciones”, como ha declarado el Ministerio. Este autor, licenciado en Filosofía y Teología, trabajó durante años en el mundo de la publicidad, profesión que le llevó a vivir en numerosos países antes de regresar a España.

 

 

 

Alfredo González. “Nueva York”, 1995

 

 

 

Alfredo ha consagrado a la ilustración 65 años de su vida. Colaboró asiduamente en medios como EL PAÍS, La Codorniz, El Jueves, El Papus, Muy Sr. Mío, Cambio 16, La Calle y El Mundo. También ilustró trabajos en cooperación con escritores como Francisco Umbral, en la obra Teoría de Madrid, o Ignacio Carrión, en De Moscú a Nueva York. El premio le llega a sus 84 años, en un momento perfecto, como él mismo confiesa “Se me esponja el alma con este premio, es el mejor de todos los que he recibido y llegó en el momento ideal”.

 

Inconfundible y personal, la obra de Tamara Łempicka condensa toda una corriente estética que hizo furor en el primer tercio del siglo pasado al tiempo que consiguió autodefinirse y marcar un estilo propio que hoy todos reconocemos. Los motivos y las composiciones que la artista escogía para sus piezas encajaban a la perfección con el Art Decó. Sus volúmenes envolventes, sus figuras redondeadas y un claro contraste de colores marcaron su trayectoria, lejos de los recursos florales y de las siluetas más esbeltas de desarrollo vertical que tanto definían este movimiento.

Tamara Łempicka, “Las jóvenes”, ca. 1930

Precisamente el triunfo de Tamara, ya en sus primeros años, y el hecho de que fuese una artista mujer abriéndose camino en un sector hasta el momento aún dominado por los hombres, encierra un halo de misterio y glamour que sigue despertando nuestra curiosidad. La vida de esta pintora nacida en Varsovia en 1898 representa el espíritu bohemio que habitualmente se atribuye a los artistas de principios de siglo, con una producción muy demandada y una larga lista de espera para encargar un retrato.

Su vida, en efecto, es el relato de un viaje sin tregua que comenzó con sus estudios en un internado en Suiza y con las vacaciones de familia por Italia. La Revolución Bolchevique supuso un cambio en su vida, cuando, ya casada, se convirtió en refugiada pasando por Copenhague, Londres y París, donde se estableció en 1923. En este contexto de huida y cambio, Tamara no abandonó la pintura, en la que se había iniciado en la adolescencia, y dejó que el influjo de las corrientes artísticas de la capital francesa penetrasen en su obra. Por eso, en ocasiones, sus pinturas se han calificado como de un “cubismo suave”, estilo en el que muchos artistas de la época estaban despuntando. En 1925 inauguró su primera gran exposición en Milán, y en 1927 obtiene su primer premio con la obra “Kizette en el balcón” en la Exposición Internacional de Burdeos. En los años siguientes da el salto a Nueva York, lugar donde su carrera llega a la cumbre.

Tamara Łempicka, “La durmiente”, 1932

La obra de Łempicka es enigmática y única, como ella misma, cuando abiertamente reconocía su bisexualidad en un contexto de prohibiciones sociales. Su estilo ha calado hondo, más allá incluso de la época en que la pintora alcanzó su mayor reconocimiento en vida, y ha influido en otros creadores posteriores que admiten la admiración que sus piezas despiertan. Hoy, su trabajo visita Madrid en el Palacio de Gaviria, 86 años después de que la propia Tamara pasase por nuestro país en uno de sus numerosas viajes por Europa.