Art Madrid\'14 Javier Rubio Nomblot

Supongo que es lógico interrogarse periódicamente sobre la utilidad del arte cuando uno se dedica en exclusiva a él. He observado que las respuestas no varían mucho; tampoco suele ser demasiado el tiempo que se tarda en encontrar una respuesta útil, es decir, adaptada a las circunstancias. Este vértigo, por lo demás, no es muy distinto de lo que hoy llamaríamos el síndrome del lienzo en blanco.

Lo obvio e inútil –“el arte no sirve absolutamente para nada” (Bloom)- no es una respuesta, sino más bien la pregunta; porque evidentemente, desde esa perspectiva maximalista, nada sirve absolutamente para nada –empezando por la existencia del hombre y del cosmos- así que, superado el síndrome de la máxima, el trabajo podría consistir, por ejemplo, en detectar señales mínimas, pequeños destellos. Esto no es muy difícil: es un hecho que el arte aporta cosas y cualquiera que dedique una tarde a recorrer unas cuantas galerías sabrá sin lugar a dudas que su forma de comprender el mundo ha cambiado imperceptiblemente.Habitualmente, para resolver el problema, empleo este sistema: es el más económico.

Si bien este tipo de estrategia permite seguir –la vida y la maquinaria productiva le conceden al ciudadano común un tiempo limitado para resolver sus pequeñas crisis cíclicas; si uno quiere dedicarse por entero a ellas debe hacerse nini, diríamos hoy-, deja casi todas las preguntas sin responder, por lo que las “crisis” se reproducen. La lectura, la acumulación de datos y argumentos, las hace mutar: se vuelven más resistentes; acaso más frecuentes, porque las preguntas son cada vez más numerosas e insistentes. A medida que las lecturas y las obras se vuelven más exigentes, los problemas que plantean los autores son más complejos. De nuevo: los cambios que producen en el espectador son más perceptibles.

Cuando di mi primer paseo por Art Madrid´14, recién terminado el montaje, me pregunté si el arte que estaba contemplando me ayudaba a ver y comprender el neomundo en el que creo vivir desde hace unos cinco años. La primera respuesta fue que no. No es tanto que la “crisis económica” en la que al parecer estamos inmersos alimente estrategias conservadoras e incluso, en el “arte emergente” de otras ferias, “vueltas al dibujo” o actitudes de austeridad extrema como el “chinchetismo” más lánguido y amanerado, cuanto que no hay preguntas acerca de la utilidad del arte en el neomundo y, consecuentemente, acerca de la razón de ser de la propia estructura –uno de los llamados “sistemas del arte” (Dickie). Por eso pensé, de inmediato: faltan las razones por las que el coleccionista debería comprar arte.

En una feria como ARCO, este tipo de discurso en gran medida huelga: el arte de la razón cínica (Foster) postwarholiano, que a lo largo de más de dos décadas ha ahondado de forma eficaz y sistemática en las relaciones entre historia, arte y mercado, no solo posee hace mucho su épica propia y sus paradigmas espectaculares –“la subasta de Hirst”, etc..- sino que, al coincidir en el tiempo con el nacimiento súbito –e inesperado- del neomundo “global”, pero también con la práctica universal de la “magia financiera”, con la apoteosis de los “fenómenos especulativos” y, finalmente, con la “crisis económica” europea y norteamericana, ha sentado las bases para una total racionalización del mercado del arte, al convertir a la obra de arte en un activo más, destinado a formar parte de cualquier fondo de inversión que se precie, adecuadamente regulado, equilibrado y diversificado. Hasta tal punto que, a raíz de la “crisis hipotecaria” norteamericana –e instantáneamente mundial-, el arte se ha convertido en un activo interesante (además de interesante). Este fenómeno, tan sugestivo, ha dado lugar a noticias y a una abundante bibliografía básica (Thompson, Thornton, Lindemann, etc..) conocida ya a nivel popular. ARCO –desde luego debemos felicitarnos por ello- forma parte de ese circuito del gran coleccionismo internacional dominado por cada vez más numerosos milmillonarios en el que los precios de las obras pueden llegar a ser realmente elevados.

Y en este contexto, en este nuevo mundo globalizado. ¿qué es del “pequeño coleccionista” y del “mercado local”? Ambos necesitan otra cosa.

Decir que “el arte no sirve para nada” es una barbaridad. Por ejemplo: no hace falta ser una feminista radical, basta con ser una mujer, para comprender que La Creación de Adán de Miguel Ángel, en la que un colosal barbudo blanco heterosexual –y no la famosa “mujer negra lesbiana” de Haraway- le infunde la “humanidad” a un hermoso joven blanco heterosexual –y no a una mujer negra lesbiana-, el cual por lo demás es perfectamente incompatible con lo que muestran las impresionantes recreaciones a tamaño natural de los primeros homínidos inteligentes conocidos que se exponen en el Museo de Atapuerca de Burgos, para comprender que “el arte”, por recurrir una vez más a la famosa expresión de Goodman, “ha hecho el mundo”, esta vez sí, a su imagen y semejanza. También, ya puestos, se comprende por qué la posmodernidad –definitivamente estructuralista y científica- deshizo el mundo, el por qué de la “crisis-de-los-grandes-relatos-que-dieron-origen-a-la-modernidad” en expresión, ya de uso común, de Lyotard, por qué el “nihilismo contemporáneo negador de la sabiduría que proporciona la belleza” (Zecchi”), por qué “el hombre, el autor de ese cosmos llamado historia” (Haraway) como cosa a erradicar de forma prioritaria... Por eso, de nuevo: ¿está “haciendo el mundo” el arte que contemplo?

La respuesta, finalmente, es que sí. Pero no porque genere la imagen del mundo –eso sería imposible en una época en la que el cine, la televisión, la cartelería, las revistas, los ordenadores, las videoconsolas, saturan a diario la mirada del ciudadano-, sino porque desmonta ese torrente de imágenes y porque obliga a realizar un esfuerzo.

No hace falta leer El procedimiento silencio (Virilio) para entender que el cine de acción hollywoodiense, basado en el ritmo vertiginoso de las imágenes y los sonidos atronadores, imposibilita cualquier actividad mental, al igual que lo hacen “la publicidad”, los “informativos”, los “programas del corazón”, los “videojuegos”, etc.. El modo ortodoxo de entender el mundo, el relato, que ofrecen estos medios es radicalmente distinto, por ejemplo, del que impone una obra maestra como Copia Certificada de Kiarostami: el relato de la vida del espectador, e incluso su percepción del tiempo y del espacio, son alterados para siempre por la película, simplemente porque la estructura del relato ha sido alterada por el artista. Hace mundo. Un mundo distinto del de la ortodoxia, un mundo al que no tiene acceso aquel que necesita fabricar productos visuales de consumo fácil, de digestión instantánea, que exijan del consumidor un esfuerzo intelectual nulo. El de Kiarostami es un mundo que debe ser enteramente reconstruido por el espectador, un mundo que no existe sin su esfuerzo intelectual, sin su capacidad para descifrar los símbolos, para valorar los pequeños detalles…

La respuesta, por supuesto, es sí. Aunque no se aluda al triunfo inapelable de la tecnociencia que, desde su posición neutral y objetiva, toma incluso el timón de la moral; aunque no se celebren la redistribución de las inversiones a nivel planetario y el surgimiento de nuevas potencias donde no había nada; aunque no se aluda al cumplimiento de la distopía orweliana, a las 100 cámaras que filman a un ciudadano cada día, a los programas de espionaje informático global, a las redes sociales como antídoto contra la revolución (Gladwell), al ocaso industrial de Europa, al agotamiento del petróleo, a los inminentes movimientos turísticos masivos, a la sustitución del modelo jerárquico por el rizomático, cumpliéndose la profecía de Deleuze...

Ese neomundo en el que creo vivir, tan distinto a veces del que configura el relato ortodoxo de lo real, el mundo de un perturbado, procede de las perturbaciones que las obras de arte producen en el relato. Éstas están por toda la feria pero, por ceñirme al programa One Project, las hallaremos en José Luis Serzo, inventor de peripecias vitales; y en Anna Taratiel, que desmonta y ensambla de otra manera todo lo que ve, igual que Rubén Fuentes; y que Yolanda Tabanera en sus esculturas sagradas, tan profanas como los mandalas de plástico de Laura Ramis… Una heterodoxia que, a fin de cuentas, no es más que la condena del artista a hacer lo que debe (Houellebecq), ya caiga él –lo cual suele suceder-, ya alguna otra cosa, como proclaman en sus piezas ideológicamente diáfanas Curra Rueda, Manuel Barbero y Javier Ayarza.

 

Javier Rubio Nomblot

 

Galerías Yiri Arts, Oda Gallery, Collage Habana, O-Art Project y Lola & Unicorn

 

La decimocuarta edición de Art Madrid destaca por su marcado carácter internacional. De hecho, las procedencias de las galerías participantes traspasan océanos y van mucho más allá del continente europeo. Dentro del Programa General, son los casos de la taiwanesa Yiri Arts (Taipei), la sudafricana ODA Gallery (Franschhoek), la cubana Collage Habana (La Habana), el colectivo artístico peruano O-Art Project (Lima) y la norteamericana Lola & Unicorn (Nueva York). A estas galerías se suman algunas de las que forman el programa One Project: Flux Zone (Ciudad de México, México), Granada Gallery (Comuna, Argentina) y RV Cultura e Arte (Salvador de Bahía, Brasil), de las que hablaremos en detalle en próximos artículos.

Chen Yun, "The past is like the dust on the plants I collected before", acrílico sobre lienzo, 2018. Yiri Arts.

Desde Taiwán llegan las propuestas de los artistas de Yiri Arts, tan intimistas como vitalistas. Chen Yun, el más misterioso de todos, presenta algunas de sus últimas pinturas: composiciones organizadas en formato de dípticos o trípticos en las que se revelan estados de los mundos interiores. Tanto las figuras humanas, la mayoría de ellas en actitudes meditativas, como los símbolos o los objetos que las acompañan, reflejan narraciones veladas. En estas historias se expresa mucho más sin contar todo, se siente la tensión implícita que después nos confirman títulos como “Companion. Smeared faces comforting one another, leaning upon each other” (2017) o “The past is like the dust on the plants I collected before” (2018).

Guim Tió Zarraluki, "Campament", óleo sobre lino, 2018. Yiri Arts.

En cambio, las tensiones más extremas se hacen totalmente explícitas en los trabajos de Lai Wei-Yu, como evidencian las figuras furiosas y monstruosas enlazadas en torbellinos de afanosas peleas. El contraste vuelve a aparecer en estas obras mediante la introducción de vívidos y casi lúdicos colores, especialmente en obras como “The Fight” (2018) o “My Family” (2018), donde una especie de confeti enmascara los rastros de la violencia. Yiri cierra su propuesta para Art Madrid con el trabajo de Guim Tió Zarraluki, pinturas de grandes manchas de colores planos que nos ofrecen un lugar donde parar a reflexionar, un espacio donde limpiar nuestra visión corrupta por la tiranía visual que nos imponen los medios de masas.

Andy Llanes Bultó, "Serie Cuerpo Celeste (II)", óleo sobre lienzo, 2018. Collage Habana.

Las propuestas de los artistas de Collage Habana suelen destacar por el dominio de las técnicas pictóricas, por el dominio del dibujo frente al color. Basta contemplar los tondos que forman las series “Cuerpo Celeste” o “Levitaciones” (2018) de Andy Llanes Bultó, íntimos ejercicios de anatomía; los dibujos a carboncillo de ciudades infinitas, siempre exponenciales, siempre distópicas, de Daniel R. Collazo; los retratos femeninos, provocadores e idealizados, de Roldán Lauzán Eiras; o las investigaciones híbridas, más maduras, de Ernesto Rancaño, juegos de luces y sombras, sueños y pesadillas, que dejan cierta sensación de recelo o sospecha al contemplar sus detalles.

Alessandra Rebagliati, "Donut Wheel", fotografía, 2018. O-Art Project.

En esta edición participa por primera vez el interesante colectivo peruano O-Art Project, un proyecto gestionado por Alessandra Rebagliati, Jessica Schneider, Carolina Bazo y Gianna Pollarolo. Las cuatro artistas llevan más de dos décadas realizando proyectos con los que visibilizar las diferentes prácticas y los variados discursos que existen en la escena artística peruana, logrando trascenderla y difundiendo “sus raíces desde una perspectiva globalizada y contemporánea”. Junto con tres artistas más, presentan en Art Madrid una sugestiva selección de obras, con imaginarios y preocupaciones bien diferentes pero bajo una visión colectiva. Los trabajos de estas artistas destacan por su carácter híbrido y reivindicativo, como se aprecia en las obras Carolina Bazo o Alessandra Rebagliati, centradas en la reconfiguración de los estereotipos asociados a la mujer o el poder que ejerce el patriarcado y la lógica capitalista en nuestro quehacer diario.

Rocío Gómez, "Extrañamiento", óleo, collage y fotografía sobre cartulina, 2017. O-Art Project.

También veremos las instalaciones de fibras metálicas y las transparencias de Cristina Colichón; los atrayentes trabajos de Jessica Schneider, con sus misteriosas cápsulas a la deriva; o las distorsiones fotográficas de Jacques Custer. Por su parte, Gianna Pollarolo trabaja en torno a conceptos como la energía, el misticismo o los orígenes del imaginario colectivo; mientras que Rocío Gómez está más interesada en cuestiones semióticas, como demuestra el empleo de la polivisión en sus impactantes trabajos audiovisuales o los enigmáticos montajes de pintura, collage y fotografía, como vemos en “Extrañamiento” (2017).

Samson Mnisi, "Sin Título", óleo sobre papel, 2018. ODA Gallery.

También por vez primera participa en Art Madrid ODA Gallery, espacio que nos permitirá adentrarnos en una singular escena artística del continente africano. Cabe destacar los óleos sobre papel de Samson Mnisi (Lesotho), creador de un lenguaje de patrones, líneas, símbolos y colores tan personal como inspirador; las revisiones, y actualizaciones, de las formas e iconos locales realizadas por Jean-Baptiste Djeka (Costa de Marfil), en las que combina pintura, collage y fotomontaje; y las más críticas lecturas del estado sociopolítico del ciudadano africano por Layziehound Coka (Sudáfrica).

Layziehound Coka, "Back to the Power", técnica mixta sobre lienzo, 2018. ODA Gallery.

ODA Gallery también presentará las más tradicionales y mágicas pinturas de Silas Adelanke Adeoye (Nigeria), figuras geométricas, planas y coloridas, cuyas máscaras nos pueden llevar a esa fascinación que sintieron tantos artistas de las Vanguardias por el arte antiguo africano.

Por último, desde el corazón de Nueva York, llega la amplia selección de Lola & Unicorn. En su espacio se podrán disfrutar las exploraciones abstractas de tres artistas: Bosco Sodi, un gran conocedor del muralismo mexicano, en cuyas pinturas se reflejan las conexiones entre las cualidades de la materia, las texturas y sus ecos en la espiritualidad; y los últimos trabajos de los sevillanos Isabelita Valdecasas y Fernando Daza, más matérico y textural en las pinturas de la primera, más geométrico y sutil en las telas del segundo.

Fernando Daza, "Círculo naranja", papel rasgado a mano y pegado sobre tela, 2018. Lola & Unicorn.

La galería también expondrá obras recientes de uno de los grandes pintores españoles, Juan Genovés -también presente en el espacio de Aurora Vigil Escalera. Desde su característica figuración, tan próxima asimismo a la abstracción expresionista más gestual, y empleando sus habituales perspectivas cenitales, se podrán disfrutar las infinitas escenas en multitud que tanto obsesionan al infatigable pintor. Además, la selección de Lola & Unicorn incluirá las fotografías esceneficadas de Miguel Vallinas, retratos con marcado carácter surrealista en los que reflexiona sobre la identidad contemporánea: “lo que el hombre quiere ser, lo que cree ser, lo que los demás creen de él y lo que realmente somos”.