Art Madrid'26 – ARTE INSTALATIVO, ¿LA EVOLUCIÓN DE LA ESCULTURA?

Cuando hablamos de arte efímero pensamos en obras que se producen en un momento y lugar determinados, por eso, tendemos a identificar ese calificativo con la performance o el happening. Los acontecimientos artísticos son una faceta muy interesante de la nueva contemporaneidad en la que los artistas se adentran con afán. Se quiere superar la visión tradicional del arte estático, plasmado en un soporte tangible, para transformarlo en una experiencia. A esta misma idea responde el arte instalativo. Se asemeja más a una escultura fija, pero suele incorporar elementos que añaden movimiento, imagen o sonido a la pieza, además de que está concebida para durar un tiempo determinado. Con estas premisas, las instalaciones se abren paso en las salas de los museos, las galerías, los centros culturales y el espacio urbano, donde es más fácil acceder porque su ocupación es solo temporal.

Dan Flavin, instalación lumínica “Supernatural Breakdancer”, Colección Menil, 1996

El arte instalativo es una manifestación que comenzó a abrirse paso en los años cincuenta del siglo pasado, aunque en las últimas décadas ha cobrado un protagonismo insospechado gracias a algunas intervenciones gigantescas de artistas conocidos mundialmente. Su propósito enlaza con los objetivos propios del arte conceptual, paradigma de la expresión contemporánea desde que se la llama así. Por esta razón, las instalaciones suelen estar pensadas para un espacio concreto, se elaboran a partir del entorno para que el discurso que pretenden transmitir, se entienda. También por este motivo son difíciles de trasladar y reproducir, ya que siempre requerirán un ajuste al nuevo espacio.

Anish Kapoor, “Shooting into the Corner II”, 2008-2009 © Fotografía: Dave Morgan

Por otro lado, la instalación, al igual que otras manifestaciones propias del arte efímero, busca la interacción con el espectador. Así, como decíamos, no se trata de crear una pieza escultórica expandida que ocupe la superficie de exposición, sino de crear una obra peculiar, pensada para motivar un diálogo, en la que muchas veces se incorporan elementos ajenos al mundo del arte, o se añaden aportaciones desde otras disciplinas, como el vídeo, el sonido, la tecnología… El objetivo es ahondar en ese mensaje que se quiere transmitir.

Eugenio Ampudia, “Sostener el infinito en la palma de la mano”, Sala Alcalá 31, 2019

La definición parece amplia, sin embargo, cualquier contacto con una instalación nos hace apreciar fácilmente la diferencia con la escultura. Esta está pensada desde una concepción más clásica de objeto estático y perdurable, por mucho que la temática y la estética resulten novedosas. La instalación es precisamente lo contrario: busca lo momentáneo, el impacto del discurso a partir de la disposición de elementos tangibles y conexiones conceptuales que luego desaparecerán. En ese sentido, está conectada al arte experiencial y al arte experimental, contexto en el que nacieron muchos movimientos artísticos que incorporan el movimiento y el concepto en su esencia.

Olafur Eliasson instaló en diferentes zonas de Londres bloques de hielo traídos de Groenlandia para concienciar sobre el calentamiento global

La versatilidad del arte instalativo es prácticamente infinita. Los medios actuales permiten darle a estas obras una dimensión desconocida con anterioridad, bien por la integración de aspectos ligados a la técnica y la programación que disipan los contornos entre arte instalativo o tecnológico, bien por el empleo de materiales que permiten trabajar a otra escala. Asimismo, las instalaciones del nuevo milenio pueden buscar un objetivo más efectista que discursivo, o, por el contrario, servir para canalizar muchas de las preocupaciones que hoy nos asolan como sociedad, algo que es propio del arte contemporáneo en sus múltiples manifestaciones.

Kaws, instalación en el puerto de Hong Kong, Foto: PH Yang

Lo que está claro es que la instalación, y sobre todo la que apuesta por grandes dimensiones, es una tendencia al alza en el mundo de la creación contemporánea actual. Algunos artistas reconocidos apuestan por esta disciplina cuando diseñan sus exposiciones, y para ello buscan la complicidad de los grandes museos y salas de exposición, o de las propias ciudades. Es el mejor método para difundir su mensaje, y para lograr el impacto pretendido, muchas veces se ha de llamar la atención del público a lo grande.

 


El círculo como dispositivo crítico y el marcador como catalizador contemporáneo


POSCA, marca japonesa de marcadores de pintura a base de agua, se ha consolidado desde los años 80 como un instrumento central en las prácticas artísticas contemporáneas vinculadas al arte urbano, la ilustración, el diseño gráfico y la experimentación interdisciplinar. Su fórmula opaca, cromáticamente intensa y de secado rápido, compatible con soportes tan diversos como el papel, la madera, el metal, el vidrio o el textil, ha favorecido una expansión técnica que trasciende el estudio tradicional y dialoga con el espacio público, el objeto y la instalación.



En este contexto, POSCA más allá de ser una herramienta de trabajo, opera como infraestructura material de la creación contemporánea; un dispositivo técnico que facilita la inmediatez del gesto sin renunciar a la densidad cromática ni a la precisión formal. Su versatilidad ha contribuido a democratizar el acceso a lenguajes tradicionalmente asociados a la pintura, posibilitando una circulación más horizontal entre prácticas profesionales y amateur.

Esta dimensión expandida del medio encuentra un marco conceptual particularmente pertinente en The Rolling Collection, exposición itinerante comisariada por ADDA Gallery. El proyecto propone una investigación colectiva en torno al formato circular entendido no sólo como contenedor formal, sino como estructura simbólica y campo de tensión espacial.



Históricamente, el círculo ha operado como figura de totalidad, continuidad y retorno. En el contexto de The Rolling Collection, el formato circular se desplaza de su carga simbólica clásica hacia una dimensión experimental y se convierte en un soporte que cuestiona la frontalidad rectangular hegemónica en la tradición pictórica occidental. La ausencia de ángulos obliga a replantear la composición, el equilibrio y la direccionalidad del trazo.

Lejos de ser una mera restricción formal, esta condición genera una economía específica de decisiones plásticas. El borde curvo tensiona la relación entre centro y periferia, diluye jerarquías internas y promueve dinámicas visuales centrífugas y centrípetas. El resultado es un conjunto de obras que interroga los modos de construcción de la imagen.



Tras su recorrido en 2025 por Barcelona, Ibiza, París, Londres y Tokio, una selección de la muestra se presenta en Art Madrid, reforzando su vocación internacional y su capacidad de adaptación a distintos contextos culturales. La propuesta para Art Madrid’26 reúne a artistas cuyas trayectorias se sitúan en la intersección entre arte urbano, ilustración contemporánea y prácticas híbridas: Honet, Yu Maeda, Nicolas Villamizar, Fafi, Yoshi y Cachetejack.

Aunque sus lenguajes son heterogéneos, desde aproximaciones más gráficas y narrativas hasta exploraciones cromáticas de fuerte carga gestual, la curaduría establece un eje común. Una actitud libre, experimental y marcadamente colorista. En este sentido, el color actúa como estructura conceptual que articula las obras y las conecta con la materialidad específica de POSCA.



La intensidad cromática propia del marcador dialoga con la contundencia formal del círculo, generando superficies donde la saturación y el contraste adquieren protagonismo. La herramienta se integra así en el discurso expositivo, siendo un elemento coherente con las estéticas de los artistas participantes

Uno de los aspectos más importantes del proyecto es la incorporación activa del público. En el espacio expositivo, que ocupará la acción de POSCA durante Art Madrid’26, los visitantes podrán intervenir círculos dispuestos en la pared, utilizando marcadores POSCA, integrándose de esta manera simbólica a The Rolling Collection durante su paso por Madrid.



Esta estrategia introduce una dimensión relacional que desestabiliza la noción de obra cerrada. De esta manera la autoría se descentraliza y el espacio expositivo se transforma en superficie dinámica de acumulación de gestos. Desde una perspectiva teórica, podría leerse como una aproximación a prácticas participativas que, sin renunciar a la calidad formal del conjunto, abren el dispositivo artístico a la contingencia y a la multiplicidad de voces.

La elección de POSCA como herramienta para esta intervención colectiva no es casual. Su facilidad de uso, control del trazo y compatibilidad con múltiples superficies garantizan una experiencia accesible sin comprometer la potencia visual del resultado. El marcador funciona de esta forma, como mediador entre el ámbito profesional y la experimentación espontánea, borrando las jerarquías técnicas.



El propio título, The Rolling Collection, sugiere una colección en movimiento, no fijada a un único espacio ni a una configuración definitiva. El carácter itinerante, sumado a la incorporación de intervenciones locales, convierte la acción en un organismo en constante transformación. En este marco, POSCA se posiciona como catalizador material de una comunidad creativa transnacional. La marca, históricamente vinculada a escenas urbanas y prácticas emergentes, refuerza su identidad como aliada de procesos abiertos, experimentales y colaborativos.

POSCA x The Rolling Collection no debe leerse únicamente como una colaboración entre empresa y proyecto curatorial, es sobre todo, una convergencia estratégica entre herramienta, discurso y comunidad. La acción propone una reflexión sobre el formato, la circulación global del arte contemporáneo y la expansión de la autoría; POSCA aporta la infraestructura técnica que hace posible tanto la obra individual como la experiencia colectiva.