LA CENSURA DEL SIGLO XXI

Balthus, “Thérèse Dreaming”, 1938. ©Foto de Oliver Berg/dpa picture alliance archive/Alamy.

 

 

 

El Museo Metropolitano de Nueva York se ha enfrentado recientemente a la dura decisión de si ceder o no a la presión social para retirar de exposición una pintura de Balthus considerada “sexualmente sugerente”. Se trata de la obra “Thérèse Dreaming”, concluida en 1938, en la que se retrata a esta joven a sus 12 o 13 años en una postura que para los ojos críticos de la neoyorkina Mia Merrill era totalmente inapropiada. Esto originó una campaña online que reunió más de 8.600 firmas solicitando su retirada, cuando la misma obra había sido expuesta previamente en Museum Ludwig en Colonia sin ningún contratiempo.

 

 

 

Bia Leita, "Travesti da lambada e deusa das águas", 2013.

 

 

 

Otro caso reciente se produjo este verano en Centro Cultural de Santander de Porto Alegre, Brasil. La exposición titulada “Queermuseu” reunía más de 230 obras de 85 artistas brasileños en torno a un proyecto que exploraba la comunicación y representación artística de la homosexualidad y la sexualidad no ortodoxa. La polémica saltó a los pocos días de la inauguración, y la presión social ejercida por un grupo de manifestantes de ultraderecha y evangelistas llevó a la Fundación Santander a clausurar la muestra. El caso se llevó después ante las autoridades quienes, después de examinar detenidamente todas las obras, llegaron a la conclusión unánime de que ninguna de ellas tenía trazas de pedofilia.

 

 

 

Detalle de “Reclining Nude” de Modigliani en Bloomberg TV y The Financial Times.

 

 

 

En noviembre de 2015 se subastaba en Christie’s Nueva York la obra “Reclining Nude” de Amadeo Modigliani, siendo en aquel momento la segunda obra más cara del mundo. El coleccionista chino Liu Yiqian compró la pintura por 170,4 millones de dólares. Lo curioso de esta situación es que algunos medios aplicaron a la difusión de la noticia una censura flagrante que ocultaba o difuminaba las partes más sensuales de la pintura, quizás para hacer alarde de un decoro y recatamiento adaptado al sentir general de sus suscriptores.

 

 

 

Dread Scott Tyler, “What is the Proper Way to Display the US Flag?”, 1989.

 

 

 

Sin olvidar el caso de las cantantes rusas Pussy Riot que grabaron su hit contra Putin en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú, y acabaron en la cárcel, o la decisión del MACBA de cancelar la exposición “La bestia y el soberano” en la que una de las piezas centrales era la propuesta del artista austríaca Ines Doujak, en la que aparecía un Rey Juan Carlos sodomizado; la censura de visos políticos tampoco se queda atrás. Otro ejemplo es el de la instalación del artista Dread Scott Tyler sobre cuál es la forma apropiada de mostrar la bandera estadounidense. En la obra, una bandera de EE.UU. tendida en el suelo estaba situada de tal manera que para leer un manual de protocolo había que pisarla necesariamente. Esto llevó al arresto de varios visitantes por ultraje y al del propio artista por atentar contra la ley de protección de la bandera de 1989.

 

Dentro de los perfiles profesionales especializados que se pueden encontrar en el sector cultural, y más concretamente, en el ámbito de las artes visuales, una de las ocupaciones más recientes es la del comisario. Si la década de los 80 fue el auge del rol del artista, con su carácter innovador y la puesta en valor de su figura como articulador esencial de las propuestas creativas, el final de siglo trasladó el interés hacia los propios centros expositivos y su labor como custodios de la producción actual y como espacios para dar cabida a todas las propuestas. El cambio de milenio introdujo con fuerza en este panorama el rol del comisario. Quizás unido a una crisis de identidad social, quizás a la complejidad que está adquiriendo actualmente los proyectos contemporáneos, la necesidad de construir, articular y ahondar en los discursos artísticos se hizo evidente.

Aunque las funciones encomendadas a esta profesión no son nuevas en su totalidad, pues antes habían sido asumidas por conservadores, críticos o expertos según las temáticas, el rol ha adquirido solidez porque aúna todas estas finalidades al tiempo que permite la especialización de otros profesionales en sus respectivos ámbitos de competencia. Ahora bien, como algunos comisarios mismos señalan, no debe olvidarse el espíritu genuino de esta figura, que ha nacido para facilitar el entendimiento del discurso, crear narrativas dentro de un contexto en ocasiones caótico y disperso, mediar entre las obras y el espectador y crear puentes entre el arte contemporáneo y la sociedad.

El arte de nuestros días plantea multitud de incógnitas para el visitante que debe enfrentarse a propuestas muchas veces alejadas de los cánones estéticos pautados, lo que da paso a la incertidumbre y el desconcierto; pero, a su vez, estas obras emplean un lenguaje más cercano, unos materiales y hasta composiciones desprendidas de la sofisticación y el alarde técnico de antaño, algo que, lejos de favorecer la proximidad con el mensaje, genera cierto distanciamiento. Lo que acabamos de describir es parte de la esencia misma del arte actual. El cuestionamiento de las pautas formalistas y el recurso a elementos tangibles más utilitarios que embellecedores son los nuevos criterios de la creación, donde, por encima de todo prima el mensaje que se quiere transmitir.

Asimismo, otra característica intrínseca de la obra de nuestro tiempo es la preocupación de los artistas por temáticas más inmediatas, por cuestiones de carácter social, político y económico que buscar crear un revulsivo narrativo y conceptual, dejando atrás la prioridad estética o, mejor dicho, haciendo del discurso su propia estética. En este contexto, por extraño que pueda parecer, la creación contemporánea se encuentra con una barrera lingüística dificultando el entendimiento del espectador. Y a esta circunstancia se suma la abundante producción actual, abarcando un amplio abanico de temáticas que no son sino trasunto de nuestra sociedad diversa y globalizada.

El comisario contribuye a facilitar esa comprensión articulando un discurso coherente que permita la agrupación de ideas conexas para cohesionar el mensaje. Esto exige tener un profundo conocimiento del estado actual del arte, de las líneas de trabajo de los creadores, de las propuestas estéticas más recientes y de las demandas reales de la sociedad para tender un puente al diálogo y permitir el acercamiento al arte. Si el arte se ocupa de los mismos asuntos que nos preocupan a todos, ¿cómo no vamos a compartir sus postulados? La mediación cultural requiere del trabajo de los comisarios para abrir una pequeña ventana a la reflexión y para posibilitar un espacio de intercambio y de generación de ideas. Compartimos el pensamiento que José Guirao expresó en una entrevista reciente: “El comisario es alguien que desvela algo nuevo y sería un error que los comisarios se conviertan en gestores”.

Entendido así el papel del comisario, muchas instituciones se han subido al carro de crear convocatorias específicas para que los nuevos profesionales puedan dar salida a sus propuestas. Recordemos a modo de ejemplo la convocatoria “Inéditos” de La Casa Encendida, “Se busca comisario”, de la Comunidad de Madrid, o la convocatoria de Comisariado de La Caixa.