Fotografías que desvelan una naturaleza oculta

Finalista 2017, Jóvenes Fotógrafos del Año, 11-14 años 'Bear hug'. Ashleigh Scully.

 

 

 

Este concurso convocado desde 1964 por el Natural History Museum de Londres se supera cada año por el número de participantes y la calidad de sus fotografías. En la 53ª edición han concursado más de 50.000 fotógrafos profesionales y aficionados de un total de 92 países. De todas las obras presentadas a competición, se hace una selección de las mejores para montar una exposición abierta al público. Este año, Madrid es la primera ciudad donde aterriza esta muestra itinerante.

 

 

 

 

Finalista 2017, Comportamiento: Aves 'Resplendent delivery'. Tyohar Kastiel.

 

 

 

La naturaleza no deja de sorprendernos. A pesar de que el hombre moderno se ha habituado a vivir en el mundo de asfalto, rodeado de edificios, cemento, ladrillos y cristal, nuestra esencia nos indica que todo esto es artificial y que pertenecemos a otro entorno.

 

 

 

 

Finalista 2017, Retrato de Animales 'The power of the matriarch'. David Lloyd.

 

 

 

El entorno natural nos transmite paz, nos maravilla, nos acoge. De la naturaleza obtenemos todo, vivimos de ella, con ella, por ella. No debemos dejarnos llevar por la sensación equivocada de que lo controlamos todo, de que somos la especie dominante que tiene todo bajo su control y que los elementos se doblegarán ante nuestra superioridad.

 

 

 

Foto ganadora del Wildlife Photographer of the Year 2017. Brent Stirton.

 

 

 

 

Uno esperaría encontrarse con impresionantes imágenes de paisajes únicos, vertiginosos acantilados a contraluz, animales salvajes en plena caza o pájaros alzando el vuelo entre una espesa vegetación. Obviamente eso también está. Pero entre los finalistas de este año, destacan las imágenes más crudas de las consecuencias de la conducta del hombre sobre el entorno.

 

 

 

Finalista 2017, Imagen Individual 'Sewage surfer'. Justin Hofman.

 

 

 

Animales al borde de la extinción acosados por un ser humano depredador y ambicioso, mares plagados de plásticos y desechos que irresponsablemente no nos preocupamos en gestionar. Esta es la cruda realidad de nuestro impacto en la naturaleza. En esta ocasión, la imagen finalista del concurso nos quita la venta y ahonda en la necesidad de que tomemos consciencia de nuestros actos. La naturaleza es hermosa, pero debemos cuidarla.

 

Inconfundible y personal, la obra de Tamara Łempicka condensa toda una corriente estética que hizo furor en el primer tercio del siglo pasado al tiempo que consiguió autodefinirse y marcar un estilo propio que hoy todos reconocemos. Los motivos y las composiciones que la artista escogía para sus piezas encajaban a la perfección con el Art Decó. Sus volúmenes envolventes, sus figuras redondeadas y un claro contraste de colores marcaron su trayectoria, lejos de los recursos florales y de las siluetas más esbeltas de desarrollo vertical que tanto definían este movimiento.

Tamara Łempicka, “Las jóvenes”, ca. 1930

Precisamente el triunfo de Tamara, ya en sus primeros años, y el hecho de que fuese una artista mujer abriéndose camino en un sector hasta el momento aún dominado por los hombres, encierra un halo de misterio y glamour que sigue despertando nuestra curiosidad. La vida de esta pintora nacida en Varsovia en 1898 representa el espíritu bohemio que habitualmente se atribuye a los artistas de principios de siglo, con una producción muy demandada y una larga lista de espera para encargar un retrato.

Su vida, en efecto, es el relato de un viaje sin tregua que comenzó con sus estudios en un internado en Suiza y con las vacaciones de familia por Italia. La Revolución Bolchevique supuso un cambio en su vida, cuando, ya casada, se convirtió en refugiada pasando por Copenhague, Londres y París, donde se estableció en 1923. En este contexto de huida y cambio, Tamara no abandonó la pintura, en la que se había iniciado en la adolescencia, y dejó que el influjo de las corrientes artísticas de la capital francesa penetrasen en su obra. Por eso, en ocasiones, sus pinturas se han calificado como de un “cubismo suave”, estilo en el que muchos artistas de la época estaban despuntando. En 1925 inauguró su primera gran exposición en Milán, y en 1927 obtiene su primer premio con la obra “Kizette en el balcón” en la Exposición Internacional de Burdeos. En los años siguientes da el salto a Nueva York, lugar donde su carrera llega a la cumbre.

Tamara Łempicka, “La durmiente”, 1932

La obra de Łempicka es enigmática y única, como ella misma, cuando abiertamente reconocía su bisexualidad en un contexto de prohibiciones sociales. Su estilo ha calado hondo, más allá incluso de la época en que la pintora alcanzó su mayor reconocimiento en vida, y ha influido en otros creadores posteriores que admiten la admiración que sus piezas despiertan. Hoy, su trabajo visita Madrid en el Palacio de Gaviria, 86 años después de que la propia Tamara pasase por nuestro país en uno de sus numerosas viajes por Europa.