La galería Artur Ramon de Barcelona estará en Art Madrid15

Artur Ramón Art es una galería heredera de una larga tradición familiar de cuatro generaciones de galeristas y anticuarios. Este espacio, situado en la calle Palla de Barcelona, abre sus puertas en 2001 tras una meditada decisión en la que la familia optó por dedicar locales diferenciados a las distintas especialidades del sector, que hasta el momento habían compartido una trayectoria común. Como señala el propio Artur Ramón, quien asumió la dirección del espacio consagrado al arte contemporáneo, “el hecho de especializarnos, aunque parezca lo contrario, permitirá un mayor interés de los coleccionistas por ámbitos que no son específicamente los suyo (…). Podremos realizar exposiciones de un mismo tema, pero con un tratamiento diferenciado”.

 

Maqueta para posible tapiz. Pablo Palazuelo.

 

La galería está abierta a la participación de todos los artistas y formatos, si bien apuesta por la inversión de creadores de primer nivel, tanto nacionales como internacionales. Para esta cita en la capital, la galería ha presentado una propuesta basada en obra pictórica de los siguientes artistas: Miquel Barceló, Antoni Tàpies, Antonio Saura, Josep Guinovart, Julio Le Parc, Pablo Palazuelo, Josep y Pere Santilari Perarnau y Sean Scully.

 

Debemos destacar el trabajo de los hermanos Pere y Josep Santilari Perarnau . Ambos empezaron su andadura en el mundo del arte de la mano, compartiendo desde el inicio una misma pasión y una misma ambición hasta desarrollar una depuradísima técnica pictórica dentro del hiperrealismo. Juntos comparten el estudio e incluso los elementos de sus obras, como puede apreciarse en algunas de las piezas con las que estarán representados en Art Madrid’15 (vid. Vanitas G, de Josep, y Vanitas IV, de Pere).

 
 

Vanitas VI Aura Levis. Pere Santilari.

Vanitas. Josep Santilari. 

 

Especial atención merece Sean Scully , representado por vez primera en Art Madrid. La obra de este artista está a medio camino entre la abstracción geométrica y el empleo de color con valor simbólico. Reconocido desde hace más de dos décadas y actualmente afincado en Nueva York, sus obras integran algunas de las principales colecciones del mundo del arte, desde el Metropolitan Museum of Art al Museo Reina Sofía.

 
Yellow figure. Sean Scully.

 

Todos conocemos la famosa frase “una imagen vale más que mil palabras”. Y así es en muchas ocasiones. Nuestra realidad se alimenta de multitud de imágenes que consumimos a diario en la era de la sobreinformación. Según datos recopilados en 2017, cada minuto se suben 65.000 fotos a Instagram, 400 horas de vídeo a Youtube y 243.000 imágenes a Facebook. Las estadísticas habrán variado un poco en estos dos años, pero siempre al alza. Precisamente por ello, a veces cuesta poner en valor la fotografía como disciplina artística, ya que existe la noción, comúnmente extendida, de que obtener una buena imagen está al alcance de todos. Por eso nos preguntamos ¿cuál es el futuro de la fotografía en el siglo XXI?

Primera imagen de la historia con una persona, de Louis Daguerre, 1838

Repasando la historia de la fotografía, no debemos olvidar que en sus inicios no era considerada propiamente una disciplina artística. A mediados del siglo XIX, la captura de la imagen se veía como un alarde técnico que permitía congelar un instante del tiempo para el recuerdo, con una finalidad más bien documental y de registro histórico que como una creación genuina. Esta técnica carecía de las cualidades atribuidas tradicionalmente a las obras de arte: no había una factura manual, no era necesaria formación previa, no se producía nada nuevo y se limitaba a reproducir la realidad.

Robert Doisneau, “La Dame Indignée”, 1948 (imagen de 1stdibs.com)

La expansión de la fotografía para hacer retratos, y la progresiva sustitución de la pintura para estos fines, coincidió en el tiempo con el movimiento naturalista, que abogaba por una representación objetiva de la realidad desprovista de las composiciones rebuscadas y la permanente búsqueda de los cánones de belleza tradicionales. La fotografía se adaptaba tan bien a este movimiento que supuso de hecho un gran impulso para su expansión. A esto se sumaron algunos avances técnicos del momento que contribuyeron a la popularización de esta disciplina, cada vez más accesible y portátil, con cámaras más pequeñas y fáciles de mover fuera de los cuartos oscuros de los fotógrafos de retratos.

Jeff Wall, “Invisible man”, 1999-2000 (imagen de MoMA)

Actualmente, nadie pone en duda que la fotografía sea arte. El problema radica en mantener la integridad de una disciplina con unos contornos tan imprecisos entre lo que el artista puede hacer y lo que está al alcance de todo aquel que tenga, no ya una cámara, sino un teléfono móvil. Incluso cuando la fotografía se hizo enormemente popular, a partir de la década de los 50 del siglo pasado, las imágenes mantenían el encanto de la captura espontánea, de los retazos de vida auténtica robados a sus protagonistas, de la magia de lo que se salva del olvido en un segundo de tiempo donde coinciden casualidad y pericia. Con el paso de los años, los fotógrafos se fueron quejando de que ya no había esa espontaneidad en la gente, la sobreprotección de la imagen propia resta naturalidad a las composiciones y hay menos fotos que surjan del azar.

Isabel Muñoz “Sin título”, de la serie “Agua”, 2017.

Es cierto que los tiempos imponen nuevas pautas. La fotografía contemporánea avanza gracias a la sofisticación de los propios equipos y al uso de otras herramientas que permiten tomar imágenes jamás pensadas antes. Además de esto, la propia idea en torno a esta disciplina ha cambiado, y comienzan a distinguirse subgéneros. Algunos de ellos tienen una vocación claramente artística mientras que otros buscan un mensaje distinto, más orientado al documental o al reportaje. No es por eso extraño que algunos artistas aborden proyectos fotográficos con dos fases de creación, y que produzcan primero sus propios escenarios de los que luego toman la imagen. La hibridación con las técnicas digitales también es muy común, si bien se suele distinguir entre la auténtica fotografía, tomada tal cual, y la composición digital, cuando está más intervenida. Es difícil predecir qué derroteros seguirá la fotografía en los próximos años, pero una cosa que jamás ha cambiado es la curiosidad que el ser humano siente por sus congéneres y el poder que una mirada sincera tiene en nosotros mismos. Eso nunca cambiará.