RUBÉN RAMOS BALSA PASO A PASO

Icosaedro. Rubén Ramos Balsa

 

 

Rubén Ramos Balsa, Santiago de Compostela 1978. Es un artista, que trabaja entre España y Japón. Esta es la primera muestra a gran escala en una institución museística. Reúne obra creada a lo largo de toda su carrera, sin ninguna continuidad específica, sino que intenta que toda ella confluya con el sentido que el espectador quiera darle. Para Ramos, la tecnología y la integración en sus obras son la mezcla perfecta para escribir su discurso. A lo largo de su trayectoria, ha expuesto en varias galerías nacionales e internacionales, adquirió la fama tras participar en el Pabellón de españa en la Bienal de Venecia de 2007, su obra captó la atención de todos. 

 

 

El doble de la mitad. Rubén Ramos Balsa

 

 

“El doble de la mitad” es el nombre de la exposición, comisariada por Juan de Nieves. La muestra, no se articula de manera metódica sino que juega con la versatilidad de las obras para que ellas mismas se fundan en el discurso. La determinación del espacio y el tiempo hacen que la composición se articule frente a los ojos del visitante. La organización conceptual, hace que el artista haga y deshaga según el espacio en el que expone y así consigue esta puesta en escena tan dinámica y participativa.

 

 

Pequeño observatorio. Rubén Ramos Balsa

 

 

La exposición, cuenta con 60 obras que constatan momentos irrepetibles y detenidos que pueden ser interpretados como sencillos ejercicios de fisica y mecánica, que hacen cuestionarse el espacio visual. Las obras que componen dicha muestra son fotografías, videos, esculturas e instalaciones. Algunas de ellas, han sido modificadas para este espacio, siguiendo así la línea del artista. Con esto quiere relativizar el carácter de ellas de manera unitaria y conseguir estructuras abiertas y conectadas.

 

 

Obra de Rubén Ramos

 

 

El paisaje, remite a escenas diferentes investigaciones científicas, con esto adquiere un carácter didáctico y fresco que reclama la atención del espectador. Si estáis por la zona, no dudéis en acercaros y disfrutar de esta experiencia extrasensorial a la que Rubén Ramos os invita. Hasta el 30 de abril de 2017. 

 

 

 

Todos conocemos la famosa frase “una imagen vale más que mil palabras”. Y así es en muchas ocasiones. Nuestra realidad se alimenta de multitud de imágenes que consumimos a diario en la era de la sobreinformación. Según datos recopilados en 2017, cada minuto se suben 65.000 fotos a Instagram, 400 horas de vídeo a Youtube y 243.000 imágenes a Facebook. Las estadísticas habrán variado un poco en estos dos años, pero siempre al alza. Precisamente por ello, a veces cuesta poner en valor la fotografía como disciplina artística, ya que existe la noción, comúnmente extendida, de que obtener una buena imagen está al alcance de todos. Por eso nos preguntamos ¿cuál es el futuro de la fotografía en el siglo XXI?

Primera imagen de la historia con una persona, de Louis Daguerre, 1838

Repasando la historia de la fotografía, no debemos olvidar que en sus inicios no era considerada propiamente una disciplina artística. A mediados del siglo XIX, la captura de la imagen se veía como un alarde técnico que permitía congelar un instante del tiempo para el recuerdo, con una finalidad más bien documental y de registro histórico que como una creación genuina. Esta técnica carecía de las cualidades atribuidas tradicionalmente a las obras de arte: no había una factura manual, no era necesaria formación previa, no se producía nada nuevo y se limitaba a reproducir la realidad.

Robert Doisneau, “La Dame Indignée”, 1948 (imagen de 1stdibs.com)

La expansión de la fotografía para hacer retratos, y la progresiva sustitución de la pintura para estos fines, coincidió en el tiempo con el movimiento naturalista, que abogaba por una representación objetiva de la realidad desprovista de las composiciones rebuscadas y la permanente búsqueda de los cánones de belleza tradicionales. La fotografía se adaptaba tan bien a este movimiento que supuso de hecho un gran impulso para su expansión. A esto se sumaron algunos avances técnicos del momento que contribuyeron a la popularización de esta disciplina, cada vez más accesible y portátil, con cámaras más pequeñas y fáciles de mover fuera de los cuartos oscuros de los fotógrafos de retratos.

Jeff Wall, “Invisible man”, 1999-2000 (imagen de MoMA)

Actualmente, nadie pone en duda que la fotografía sea arte. El problema radica en mantener la integridad de una disciplina con unos contornos tan imprecisos entre lo que el artista puede hacer y lo que está al alcance de todo aquel que tenga, no ya una cámara, sino un teléfono móvil. Incluso cuando la fotografía se hizo enormemente popular, a partir de la década de los 50 del siglo pasado, las imágenes mantenían el encanto de la captura espontánea, de los retazos de vida auténtica robados a sus protagonistas, de la magia de lo que se salva del olvido en un segundo de tiempo donde coinciden casualidad y pericia. Con el paso de los años, los fotógrafos se fueron quejando de que ya no había esa espontaneidad en la gente, la sobreprotección de la imagen propia resta naturalidad a las composiciones y hay menos fotos que surjan del azar.

Isabel Muñoz “Sin título”, de la serie “Agua”, 2017.

Es cierto que los tiempos imponen nuevas pautas. La fotografía contemporánea avanza gracias a la sofisticación de los propios equipos y al uso de otras herramientas que permiten tomar imágenes jamás pensadas antes. Además de esto, la propia idea en torno a esta disciplina ha cambiado, y comienzan a distinguirse subgéneros. Algunos de ellos tienen una vocación claramente artística mientras que otros buscan un mensaje distinto, más orientado al documental o al reportaje. No es por eso extraño que algunos artistas aborden proyectos fotográficos con dos fases de creación, y que produzcan primero sus propios escenarios de los que luego toman la imagen. La hibridación con las técnicas digitales también es muy común, si bien se suele distinguir entre la auténtica fotografía, tomada tal cual, y la composición digital, cuando está más intervenida. Es difícil predecir qué derroteros seguirá la fotografía en los próximos años, pero una cosa que jamás ha cambiado es la curiosidad que el ser humano siente por sus congéneres y el poder que una mirada sincera tiene en nosotros mismos. Eso nunca cambiará.