Art Madrid'26 – RUBÉN RAMOS BALSA PASO A PASO

Icosaedro. Rubén Ramos Balsa

 

 

Rubén Ramos Balsa, Santiago de Compostela 1978. Es un artista, que trabaja entre España y Japón. Esta es la primera muestra a gran escala en una institución museística. Reúne obra creada a lo largo de toda su carrera, sin ninguna continuidad específica, sino que intenta que toda ella confluya con el sentido que el espectador quiera darle. Para Ramos, la tecnología y la integración en sus obras son la mezcla perfecta para escribir su discurso. A lo largo de su trayectoria, ha expuesto en varias galerías nacionales e internacionales, adquirió la fama tras participar en el Pabellón de españa en la Bienal de Venecia de 2007, su obra captó la atención de todos. 

 

 

El doble de la mitad. Rubén Ramos Balsa

 

 

“El doble de la mitad” es el nombre de la exposición, comisariada por Juan de Nieves. La muestra, no se articula de manera metódica sino que juega con la versatilidad de las obras para que ellas mismas se fundan en el discurso. La determinación del espacio y el tiempo hacen que la composición se articule frente a los ojos del visitante. La organización conceptual, hace que el artista haga y deshaga según el espacio en el que expone y así consigue esta puesta en escena tan dinámica y participativa.

 

 

Pequeño observatorio. Rubén Ramos Balsa

 

 

La exposición, cuenta con 60 obras que constatan momentos irrepetibles y detenidos que pueden ser interpretados como sencillos ejercicios de fisica y mecánica, que hacen cuestionarse el espacio visual. Las obras que componen dicha muestra son fotografías, videos, esculturas e instalaciones. Algunas de ellas, han sido modificadas para este espacio, siguiendo así la línea del artista. Con esto quiere relativizar el carácter de ellas de manera unitaria y conseguir estructuras abiertas y conectadas.

 

 

Obra de Rubén Ramos

 

 

El paisaje, remite a escenas diferentes investigaciones científicas, con esto adquiere un carácter didáctico y fresco que reclama la atención del espectador. Si estáis por la zona, no dudéis en acercaros y disfrutar de esta experiencia extrasensorial a la que Rubén Ramos os invita. Hasta el 30 de abril de 2017. 

 

 

 


CONVERSACIONES CON ADONAY BERMÚDEZ. PROGRAMA DE ENTREVISTAS. ART MADRID’26


La obra de Cedric Le Corf (Bühl, Alemania, 1985) se sitúa en un territorio de fricción donde el impulso arcaico de lo sagrado convive con una actitud crítica propia de la contemporaneidad. Su práctica parte de una comprensión antropológica del origen del arte como gesto fundacional: la huella, la marca, la necesidad de inscribir la vida frente a la conciencia de la muerte.

Le Corf establece un diálogo complejo con la tradición barroca española, no desde la mímesis estilística, sino desde la intensidad afectiva y material que atraviesa aquella estética. La teatralidad de la luz, la encarnación de la tragedia y la hibridez entre lo espiritual y lo carnal se traducen en su obra en una exploración formal donde la geometría subyacente y la materia incrustada tensionan la percepción.

En el trabajo de Le Corf, el umbral entre abstracción y figuración no es una oposición, sino un campo de desplazamiento. La construcción espacial y el color funcionan como dispositivos emocionales que desestabilizan lo reconocible. Este proceso se ve atravesado por una metodología abierta, donde la planificación convive con la pérdida deliberada de control, permitiendo que la obra emerja como un espacio de silencio, retirada y retorno, en el que el artista se confronta con su propia interioridad.


La caída. 2025. Óleo sobre lienzo. 195 × 150 cm.


En tu trabajo se percibe una tensión entre la devoción y la disidencia. ¿Cómo negocias el límite entre lo sagrado y lo profano?

En mi trabajo siento la necesidad de remitirme al arte rupestre, a las imágenes que llevo presentes. Desde que el hombre prehistórico tomó conciencia de la muerte, sintió la necesidad de dejar una huella, marcando con una plantilla en la pared una mano roja, símbolo de la sangre vital. El hombre paleolítico, cazador-recolector, experimenta un sentimiento místico frente al animal, una forma de magia espiritual y de ritos vinculados a la creación. De este modo, sacraliza la caverna mediante la representación abstracta de la muerte y la vida, la procreación, las Venus… Así, nace el arte. En mi interpretación, el arte es sagrado por esencia, porque revela al hombre como creador.


Entre perro y lobo II. 2025. Óleo sobre lienzo. 97 × 70 cm.


Se observan trazos de la tradición barroca española en tu trabajo. ¿Qué encuentras en ella que siga siendo contemporáneo?

Sí, se observan rasgos de la tradición barroca española en mi trabajo. En la historia del arte, por ejemplo, pienso en los mosaicos árabe-andalusíes, en los que para mí se encuentra una geometría de diseños profundamente contemporánea. Y en la pintura y la escultura barroca española, el tema que aparece con mucha frecuencia es la tragedia: la muerte y lo sagrado están intensamente encarnados, ya sea en temas religiosos o profanos, en Zurbarán, Ribera, El Greco, pero también en Velázquez. Pienso, por ejemplo, en la notable pintura ecuestre de Isabel de Francia, por su geometría y por un retrato cuya luz recuerda a la de un Matisse.

Cuando pienso en la escultura, vienen a mi mente las maravillosas esculturas policromadas de Alonso Cano, Juan de Juni o Pedro de Mena, donde los ojos verdes están incrustados, junto con dientes de marfil, uñas de cuerno y pestañas de cabello. Todo ello ha influido sin duda en mi trabajo escultórico, tanto morfológico como ecuestre. Personalmente, en mi obra incrusto elementos de porcelana en madera tallada o pintada.


Entre perro y lobo I. 2025. Óleo sobre lienzo. 97 × 70 cm.


¿Qué te interesa de ese umbral entre lo reconocible y lo abstracto?

Por mi parte, toda representación en pintura o en escultura es abstracta. Lo que la impone es la construcción arquitectónica del espacio, su geometría secreta, y la emoción que provoca el color. Es, en cierto modo, un desplazamiento de lo real para alcanzar esa sensación.


El ángel anatómico. 2013. Madera de fresno y porcelana. 90 × 15 × 160 cm.


Tu obra parece moverse entre el silencio, el abandono y el retorno. ¿Qué te llama hacia esos espacios intermedios?

Creo que es al renunciar a imitar la verdad exterior, a copiarla, como alcanzo la verdad, ya sea en la pintura o en la escultura. Es como si me mirara en mi propio sujeto para descubrir mejor mi secreto, quizá.


Justa. 2019. Madera de roble policromada. 240 × 190 × 140 cm.


¿Hasta qué punto planificas tus obras y cuánto espacio dejas para que ocurra lo inesperado?

Es cierto que, en ocasiones, olvido por completo la idea principal en mi pintura y en mi escultura. Aunque comienzo una obra con ideas muy claras —dibujos y bocetos previos, grabados preparatorios y una intención bien definida—, me doy cuenta de que, a veces, esa idea inicial se pierde. Y no se trata de un accidente. En algunos casos tiene que ver con dificultades técnicas, pero hoy en día también acepto partir de una idea muy concreta y, al enfrentarme a la escultura, a la madera o a la cerámica, tener que trabajar de otra manera. Y eso lo acepto.