La muestra presenta 15 de los cuadros más conocidos de la pintora flamenca Clara Peeters.

Clara Peeters, Retrato de una dama. Óleo sobre tabla, 37,2 x 50,2, c.1610. Colección particular

 

 

Clara Peeters (Amberes, 1594-La Haya, 1657), es considerada la precursora del bodegón en los Países Bajos. Sus obras se caracterizan por la representación del autorretrato, muchas veces oculto o reflejado entre los objetos de sus bodegones, y destacan por la meticulosidad en los detalles y por su habilidad en la representación de texturas. En el siglo XVII no era fácil para una mujer vivir del arte, las pocas que lo lograban eran de familia de pintores o de aristócratas, no obstante, Peeters supo hacer del arte su profesión. 

 

 

Clara Peeters, Bodegón con quesos, almendras y panecillos, óleo sobre tabla, c.1612-1615. Adquirido con el apoyo de Friends of the Mauritshuis Foundation, the Bank Giro Lottery, the Rembrandt Association and a private individual (2012)

 

 

La muestra, “El arte de Clara Peeters” fue exhibida anteriormente en el Museum Rockoxhuis de Amberes, y plantea un recorrido por quince de sus naturalezas muertas (cuatro de ellas propiedad del Museo del Prado). Muchos testimonios confirman que la artista desarrolló la mayor parte de su producción en Amberes, pero según apunta Alejandro Vergara, jefe de Conservación de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte y comisario de la muestra, “No sabemos mucho de Clara Peeters. Hay muchos datos contradictorios y nadie se ha encargado de perfilar su vida”.

 

 

Clara Peeters, Bodegón con flores, copa de plata dorada, almendras, frutos secos, dulces, panecillos, vino y jarra de peltre, óleo sobre tabla, c.1611. Propiedad del Museo Nacional del Prado

 

 

Las obras de la exposición proceden en su mayoría de colecciones privadas, instituciones del norte de Europa, Inglaterra, Estados Unidos y del propio Museo del Prado. En los lienzos pueden identificarse los rasgos más característicos de la sociedad pudiente de la época, a través de objetos que se asocian generalmente a la riqueza y a la cultura como dulces, vinos, frutas o pescados. Alejandro Vergara describe la obra de la artista como “un cuadro de lo que vemos”.

 

 

Clara Peeters, Detalle de la obra Mesa, 55 x 73 cm, c.1611. Museo Nacional del Prado. Procedencia: Col. de la Reina Isabel de Farnesio. 

 

 

Característica habitual en la obra de Clara Peeters es el reflejo de autorretratos en jarras y copas, herramienta que utilizaba para reafirmarse como pintora y como mujer. Fue una pintora valiente y meticulosa en el detalle. Pero poco se sabe de la historia de “la pintora de Amberes”, de los escasos documentos que existen se ha deducido que nació en Amberes entre 1588 y 1590, que era unos 10 años menor que Caravaggio y que tuvo éxito en la época, ya que sus obras fueron adquiridas por dos de los coleccionistas más importantes del siglo XVII.


En los años 60, una pareja de coleccionistas norteamericanos vieron la obra de Peeters en el Museo del Prado y ante la falta de información sobre la obra de ésta y de otras mujeres artistas, decidieron abrir el Museo Nacional de Mujeres Artistas. Hoy la obra de Clara Peeters reluce en el Museo Nacional del Prado, que abre una puerta más para la visibilidad de las mujeres artistas. La muestra puede verse en la Sala D del museo hasta el 19 de febrero.

 

 


 

Todos conocemos la famosa frase “una imagen vale más que mil palabras”. Y así es en muchas ocasiones. Nuestra realidad se alimenta de multitud de imágenes que consumimos a diario en la era de la sobreinformación. Según datos recopilados en 2017, cada minuto se suben 65.000 fotos a Instagram, 400 horas de vídeo a Youtube y 243.000 imágenes a Facebook. Las estadísticas habrán variado un poco en estos dos años, pero siempre al alza. Precisamente por ello, a veces cuesta poner en valor la fotografía como disciplina artística, ya que existe la noción, comúnmente extendida, de que obtener una buena imagen está al alcance de todos. Por eso nos preguntamos ¿cuál es el futuro de la fotografía en el siglo XXI?

Primera imagen de la historia con una persona, de Louis Daguerre, 1838

Repasando la historia de la fotografía, no debemos olvidar que en sus inicios no era considerada propiamente una disciplina artística. A mediados del siglo XIX, la captura de la imagen se veía como un alarde técnico que permitía congelar un instante del tiempo para el recuerdo, con una finalidad más bien documental y de registro histórico que como una creación genuina. Esta técnica carecía de las cualidades atribuidas tradicionalmente a las obras de arte: no había una factura manual, no era necesaria formación previa, no se producía nada nuevo y se limitaba a reproducir la realidad.

Robert Doisneau, “La Dame Indignée”, 1948 (imagen de 1stdibs.com)

La expansión de la fotografía para hacer retratos, y la progresiva sustitución de la pintura para estos fines, coincidió en el tiempo con el movimiento naturalista, que abogaba por una representación objetiva de la realidad desprovista de las composiciones rebuscadas y la permanente búsqueda de los cánones de belleza tradicionales. La fotografía se adaptaba tan bien a este movimiento que supuso de hecho un gran impulso para su expansión. A esto se sumaron algunos avances técnicos del momento que contribuyeron a la popularización de esta disciplina, cada vez más accesible y portátil, con cámaras más pequeñas y fáciles de mover fuera de los cuartos oscuros de los fotógrafos de retratos.

Jeff Wall, “Invisible man”, 1999-2000 (imagen de MoMA)

Actualmente, nadie pone en duda que la fotografía sea arte. El problema radica en mantener la integridad de una disciplina con unos contornos tan imprecisos entre lo que el artista puede hacer y lo que está al alcance de todo aquel que tenga, no ya una cámara, sino un teléfono móvil. Incluso cuando la fotografía se hizo enormemente popular, a partir de la década de los 50 del siglo pasado, las imágenes mantenían el encanto de la captura espontánea, de los retazos de vida auténtica robados a sus protagonistas, de la magia de lo que se salva del olvido en un segundo de tiempo donde coinciden casualidad y pericia. Con el paso de los años, los fotógrafos se fueron quejando de que ya no había esa espontaneidad en la gente, la sobreprotección de la imagen propia resta naturalidad a las composiciones y hay menos fotos que surjan del azar.

Isabel Muñoz “Sin título”, de la serie “Agua”, 2017.

Es cierto que los tiempos imponen nuevas pautas. La fotografía contemporánea avanza gracias a la sofisticación de los propios equipos y al uso de otras herramientas que permiten tomar imágenes jamás pensadas antes. Además de esto, la propia idea en torno a esta disciplina ha cambiado, y comienzan a distinguirse subgéneros. Algunos de ellos tienen una vocación claramente artística mientras que otros buscan un mensaje distinto, más orientado al documental o al reportaje. No es por eso extraño que algunos artistas aborden proyectos fotográficos con dos fases de creación, y que produzcan primero sus propios escenarios de los que luego toman la imagen. La hibridación con las técnicas digitales también es muy común, si bien se suele distinguir entre la auténtica fotografía, tomada tal cual, y la composición digital, cuando está más intervenida. Es difícil predecir qué derroteros seguirá la fotografía en los próximos años, pero una cosa que jamás ha cambiado es la curiosidad que el ser humano siente por sus congéneres y el poder que una mirada sincera tiene en nosotros mismos. Eso nunca cambiará.