Los Sueños de Grete Stern en el Circulo de Bellas Artes

 

 

Estudiante destacada en la Bauhaus, donde desarrolló un trabajo muy relacionado con la vanguardia artística post-expresionista, el surrealismo y el dadaísmo, la alemana Grete Stern, se formó en artes gráficas, tipografía y fotografía y trabajó varios años dedicada al diseño publicitario.

 

 

 

En 1935 se casa con el fotógrafo y cineasta argentino Horacio Coppola (del que el CBA también organizó una exposición en 2010, Los Viajes del Fotógrafo) y al año siguiente la pareja se traslada definitivamente a Buenos Aires donde Stern vivió hasta su muerte en 1999 y donde desarrolló una larga e interesante carrera como fotógrafa.


En plena efervescencia de su trabajo, Grete Stern empieza a trabajar con la revista femenina Idilio, que le encarga ilustrar los sueños de las lectoras en la sección-consultorio “El psicoanálisis te ayudará”, una oportunidad con la que la artista desarrolló el fotomontaje hasta hacer de esta técnica una de sus señas de identidad y con la que pudo representar temas como las pesadillas, las frustraciones, los deseos inconfesables,... de una generación de mujeres que todavía no reconocían su puesto en la sociedad, que todavía estaban lejos de las reivindicaciones feministas, y que Stern les brindó de una manera artística, sensible e ingeniosa.

 

 

 

 


La fotógrafa publicó más de 100 fotomontajes en los tres años que trabajó para Idilio, de 1948 a 1951. En ellos aparecen mujeres perseguidas, encerradas, desdobladas, inquietas, valientes, soñadoras, sumisas, siempre de una manera crítica, ingeniosa y revolucionaria. Mujeres que se enfrentaban por primera vez a la realidad de una identidad desdoblada que el psicoanálisis les mostraba desde las páginas de la revista.

 

 

 

 

 

 

De este centenar de trabajos, Stern guardó los negativos originales de 46 de ellos, piezas que se exponen en el Círculo de Bellas Artes en impresiones fotográficas de gelatina de plata realizadas por el que fue su esposo, Horacio Coppola. Como estaban destinados a una publicación, se trata de obras de pequeño formato pero de una intensidad y creativa más que destacable y con un mensaje unívoco: libertad y autonomía para las mujeres.

 

 

Todos conocemos la famosa frase “una imagen vale más que mil palabras”. Y así es en muchas ocasiones. Nuestra realidad se alimenta de multitud de imágenes que consumimos a diario en la era de la sobreinformación. Según datos recopilados en 2017, cada minuto se suben 65.000 fotos a Instagram, 400 horas de vídeo a Youtube y 243.000 imágenes a Facebook. Las estadísticas habrán variado un poco en estos dos años, pero siempre al alza. Precisamente por ello, a veces cuesta poner en valor la fotografía como disciplina artística, ya que existe la noción, comúnmente extendida, de que obtener una buena imagen está al alcance de todos. Por eso nos preguntamos ¿cuál es el futuro de la fotografía en el siglo XXI?

Primera imagen de la historia con una persona, de Louis Daguerre, 1838

Repasando la historia de la fotografía, no debemos olvidar que en sus inicios no era considerada propiamente una disciplina artística. A mediados del siglo XIX, la captura de la imagen se veía como un alarde técnico que permitía congelar un instante del tiempo para el recuerdo, con una finalidad más bien documental y de registro histórico que como una creación genuina. Esta técnica carecía de las cualidades atribuidas tradicionalmente a las obras de arte: no había una factura manual, no era necesaria formación previa, no se producía nada nuevo y se limitaba a reproducir la realidad.

Robert Doisneau, “La Dame Indignée”, 1948 (imagen de 1stdibs.com)

La expansión de la fotografía para hacer retratos, y la progresiva sustitución de la pintura para estos fines, coincidió en el tiempo con el movimiento naturalista, que abogaba por una representación objetiva de la realidad desprovista de las composiciones rebuscadas y la permanente búsqueda de los cánones de belleza tradicionales. La fotografía se adaptaba tan bien a este movimiento que supuso de hecho un gran impulso para su expansión. A esto se sumaron algunos avances técnicos del momento que contribuyeron a la popularización de esta disciplina, cada vez más accesible y portátil, con cámaras más pequeñas y fáciles de mover fuera de los cuartos oscuros de los fotógrafos de retratos.

Jeff Wall, “Invisible man”, 1999-2000 (imagen de MoMA)

Actualmente, nadie pone en duda que la fotografía sea arte. El problema radica en mantener la integridad de una disciplina con unos contornos tan imprecisos entre lo que el artista puede hacer y lo que está al alcance de todo aquel que tenga, no ya una cámara, sino un teléfono móvil. Incluso cuando la fotografía se hizo enormemente popular, a partir de la década de los 50 del siglo pasado, las imágenes mantenían el encanto de la captura espontánea, de los retazos de vida auténtica robados a sus protagonistas, de la magia de lo que se salva del olvido en un segundo de tiempo donde coinciden casualidad y pericia. Con el paso de los años, los fotógrafos se fueron quejando de que ya no había esa espontaneidad en la gente, la sobreprotección de la imagen propia resta naturalidad a las composiciones y hay menos fotos que surjan del azar.

Isabel Muñoz “Sin título”, de la serie “Agua”, 2017.

Es cierto que los tiempos imponen nuevas pautas. La fotografía contemporánea avanza gracias a la sofisticación de los propios equipos y al uso de otras herramientas que permiten tomar imágenes jamás pensadas antes. Además de esto, la propia idea en torno a esta disciplina ha cambiado, y comienzan a distinguirse subgéneros. Algunos de ellos tienen una vocación claramente artística mientras que otros buscan un mensaje distinto, más orientado al documental o al reportaje. No es por eso extraño que algunos artistas aborden proyectos fotográficos con dos fases de creación, y que produzcan primero sus propios escenarios de los que luego toman la imagen. La hibridación con las técnicas digitales también es muy común, si bien se suele distinguir entre la auténtica fotografía, tomada tal cual, y la composición digital, cuando está más intervenida. Es difícil predecir qué derroteros seguirá la fotografía en los próximos años, pero una cosa que jamás ha cambiado es la curiosidad que el ser humano siente por sus congéneres y el poder que una mirada sincera tiene en nosotros mismos. Eso nunca cambiará.