Joan Jonas en Fundación Botín Santander

 

 

Joan Jonas: caudal o río, vuelo o ruta, en la Fundación Botín de Santander del 25 de junio al 16 de octubre de 2016, es la primera exposición de la artista en España desde la retrospectiva que le dedicó el MACBA en 2007, y siempre es un buen momento para recuperar su obra, comprometida, valiente y absolutamente personal. “La performance es el medio del que me valgo para construir un objeto que existe tan sólo en el tiempo, el cual se plasma con cuerpos, con mi cuerpo. Para mí, la performance es poesía tridimensional creada en vivo en el espacio”, aseguraba la artista en una entrevista concedida a un medio especializado.

 

 

 

Joan Jonas (Nueva York 1936) es pionera en la performance, el cine experimental y la vídeo-instalación, y presenta en Santander una instalación multimedia concebida específicamente para el espacio de la Fundación Botín y en la que la artista reflexiona sobre la compleja relación del ser humano con la naturaleza y el medio ambiente, un tema constante en su trayectoria como la investigación de otras culturas y sus rituales (en concreto, Jonas es una estudiosa del teatro Kabuki y el teatro No japoneses). Para el desarrollo de esta instalación, Joan ha contado con la colaboración de quince jóvenes artistas internacionales (seleccionados por la propia Joan Jonas).

 

 

 

La exposición, comisariada por Benjamin Weil, director artístico del Centro Botín, incluye además una selección de videos que documentan cinco de las más relevantes performances de la artista: Lines in the Sand (2002); The Shape, The Scent, The Feel of Things (2004-2006);Reading Dante (2007-2010); Reanimation (2012); y They Come to Us without a Word (2015). Este conjunto de obras da al visitante una perspectiva única del universo creativo de esta figura fundamental de la vanguardia neoyorquina de finales de los años sesenta y comienzo de los setenta.

 

 

 

 

Ha participado seis veces en la Documenta de Kassel, representó a EE.UU. en la última Bienla de Venecia y ha recibido numerosos premios y reconocimientos en todo el mundo. Es profesora en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) desde 1998, emérita en el Programa MIT de Arte, Cultura y Tecnología, dentro de la School of Architecture and Planning. Un honor tenerla en España.

 

 


 

Todos conocemos la famosa frase “una imagen vale más que mil palabras”. Y así es en muchas ocasiones. Nuestra realidad se alimenta de multitud de imágenes que consumimos a diario en la era de la sobreinformación. Según datos recopilados en 2017, cada minuto se suben 65.000 fotos a Instagram, 400 horas de vídeo a Youtube y 243.000 imágenes a Facebook. Las estadísticas habrán variado un poco en estos dos años, pero siempre al alza. Precisamente por ello, a veces cuesta poner en valor la fotografía como disciplina artística, ya que existe la noción, comúnmente extendida, de que obtener una buena imagen está al alcance de todos. Por eso nos preguntamos ¿cuál es el futuro de la fotografía en el siglo XXI?

Primera imagen de la historia con una persona, de Louis Daguerre, 1838

Repasando la historia de la fotografía, no debemos olvidar que en sus inicios no era considerada propiamente una disciplina artística. A mediados del siglo XIX, la captura de la imagen se veía como un alarde técnico que permitía congelar un instante del tiempo para el recuerdo, con una finalidad más bien documental y de registro histórico que como una creación genuina. Esta técnica carecía de las cualidades atribuidas tradicionalmente a las obras de arte: no había una factura manual, no era necesaria formación previa, no se producía nada nuevo y se limitaba a reproducir la realidad.

Robert Doisneau, “La Dame Indignée”, 1948 (imagen de 1stdibs.com)

La expansión de la fotografía para hacer retratos, y la progresiva sustitución de la pintura para estos fines, coincidió en el tiempo con el movimiento naturalista, que abogaba por una representación objetiva de la realidad desprovista de las composiciones rebuscadas y la permanente búsqueda de los cánones de belleza tradicionales. La fotografía se adaptaba tan bien a este movimiento que supuso de hecho un gran impulso para su expansión. A esto se sumaron algunos avances técnicos del momento que contribuyeron a la popularización de esta disciplina, cada vez más accesible y portátil, con cámaras más pequeñas y fáciles de mover fuera de los cuartos oscuros de los fotógrafos de retratos.

Jeff Wall, “Invisible man”, 1999-2000 (imagen de MoMA)

Actualmente, nadie pone en duda que la fotografía sea arte. El problema radica en mantener la integridad de una disciplina con unos contornos tan imprecisos entre lo que el artista puede hacer y lo que está al alcance de todo aquel que tenga, no ya una cámara, sino un teléfono móvil. Incluso cuando la fotografía se hizo enormemente popular, a partir de la década de los 50 del siglo pasado, las imágenes mantenían el encanto de la captura espontánea, de los retazos de vida auténtica robados a sus protagonistas, de la magia de lo que se salva del olvido en un segundo de tiempo donde coinciden casualidad y pericia. Con el paso de los años, los fotógrafos se fueron quejando de que ya no había esa espontaneidad en la gente, la sobreprotección de la imagen propia resta naturalidad a las composiciones y hay menos fotos que surjan del azar.

Isabel Muñoz “Sin título”, de la serie “Agua”, 2017.

Es cierto que los tiempos imponen nuevas pautas. La fotografía contemporánea avanza gracias a la sofisticación de los propios equipos y al uso de otras herramientas que permiten tomar imágenes jamás pensadas antes. Además de esto, la propia idea en torno a esta disciplina ha cambiado, y comienzan a distinguirse subgéneros. Algunos de ellos tienen una vocación claramente artística mientras que otros buscan un mensaje distinto, más orientado al documental o al reportaje. No es por eso extraño que algunos artistas aborden proyectos fotográficos con dos fases de creación, y que produzcan primero sus propios escenarios de los que luego toman la imagen. La hibridación con las técnicas digitales también es muy común, si bien se suele distinguir entre la auténtica fotografía, tomada tal cual, y la composición digital, cuando está más intervenida. Es difícil predecir qué derroteros seguirá la fotografía en los próximos años, pero una cosa que jamás ha cambiado es la curiosidad que el ser humano siente por sus congéneres y el poder que una mirada sincera tiene en nosotros mismos. Eso nunca cambiará.