Art Madrid'26 – La Ilusión del lejano Oeste en el Museo Thyssen de Madrid

 

 

 

Era la tierra más salvaje, preciosa y mágica de aquel lado del Mississippi. Toro Sentado, Billy El Niño, llanuras polvorientas con manadas de búfalos, caballos salvajes escrutando un horizonte de cataratas y espesura paradisiaca…  La exposición “La Ilusión del Lejano Oeste” tiene tanto de mito y entusiasmo romántico, como de tópico y excusa colonizadora pero consigue pulsar la tecla adecuada para dejarnos, una vez más, con la boca abierta ante los paisajes de la tierra prometida, ante la dignidad de los indios salvajes, su comunión con la naturaleza más exuberante, su conexión con Dioses todo poderosos… y cómo aquellos descubrimientos de los pintores y artistas del S.XIX acabaron pasando por el filtro del mercado y el cine para hacer de aquellos “buenos salvajes” una parodia de la desdicha, en el relato de una desaparición anunciada.

 

 

 

 

La exposición, comisariada por el artista Miguel Ángel Blanco, reúne más de 200 piezas entre pinturas, fotografías, grabados, libros, tebeos, carteles de cine, piezas etnográficas… y recuerda así a un gabinete de curiosidades que mezcla piezas artísticas con objetos y “tesoros” de aquella naturaleza (piedras preciosas, armas, fósiles, caparazones de tortuga,...). Como ha explicado Guillermo Solana, director del museo, “en un momento en el que puede que los museos sean demasiado planos y previsibles, nos hemos querido remontar a ese momento en el que no había división entre Arte y Naturaleza y a partir de un tema en el que fantasía y realidad van de la mano. Se narra un momento en el que los territorios de los indios habían sido ya ocupados y la mayor parte de sus habitantes, exterminados junto a sus tradiciones culturales”.

 

 

 

 

Los primeros exploradores españoles, el primer contacto con las tribus nativas allá por el S.XVI, los paisajes y fotografías de artistas del XIX como Thomas Hill, Henry Lewis, Albert Bierstadt, Carleton E. Watkins, que marcaron un episodio apasionante en la historia del arte ya que fueron los ojos que registraron el exotismo y la grandiosidad de las nuevas tierras conquistadas y sus habitantes. Otra parte de la exposición es la dedicada a los jefes indios, con sus tocados, las pinturas corporales o los objetos de poder que portaba cada uno de ellos. Por primera vez en España se muestran los famosos retratos realizados por Karl Bodmer y George Catlin, ante los que los propios indios - Toro Sentado, Gerónimo o Joseph - se ofrecían para registrar su imagen y su poder. Edward S. Curtis fue el autor de la serie fotográfica y editorial El indio norteamericano, un controvertido y valiosísimo conjunto artístico y etnográfico, hoy en gran parte perdido, del que se han seleccionado varias imágenes. Curtis retrataba a los jefes indios cuando iban a la capital para intentar rescatar los derechos de sus pueblos.

 

 

 

 

 

 

Por último, el comisario de la exposición, presenta un conjunto de libros-caja de su Biblioteca del Bosque realizados con materiales procedentes de los territorios del Oeste americano. Hasta el 7 de febrero en el Museo Thyssen de Madrid podremos dar un paseo por la historia política, militar y estratégica de EE.UU, y hacer un recorrido por la construcción de su propia leyenda como nación. Leyenda que el resto del mundo hemos bebido en formato cinemascope: carteles de La diligencia, Comanche, La venganza de un hombre llamado Caballo…

 

 

 

 

Entre las actividades paralelas a la exposición se encuentra la visita "La muerte tenía un precio", este próximo sábado 14 de noviembre, a la Dehesa de Navalvillar de Colmenar Viejo, lugar de rodaje de westerns tan importantes como "El bueno, el feo y el malo" con Clint Eastwood, "La última aventura del General Custer" con Robert Shaw, "Tres forajidos y un pistolero" con Lee Marvin o "Django" con Franco Nero. Esta actividad está dirigida a estudiantes y licenciados en Bellas Artes, Historia del Arte, Museología, Filosofía, Ciencias de la Comunicación, prácticas interdisciplinares y artistas en activo.
 


CONVERSACIONES CON ADONAY BERMÚDEZ. PROGRAMA DE ENTREVISTAS. ART MADRID’26


La obra de Cedric Le Corf (Bühl, Alemania, 1985) se sitúa en un territorio de fricción donde el impulso arcaico de lo sagrado convive con una actitud crítica propia de la contemporaneidad. Su práctica parte de una comprensión antropológica del origen del arte como gesto fundacional: la huella, la marca, la necesidad de inscribir la vida frente a la conciencia de la muerte.

Le Corf establece un diálogo complejo con la tradición barroca española, no desde la mímesis estilística, sino desde la intensidad afectiva y material que atraviesa aquella estética. La teatralidad de la luz, la encarnación de la tragedia y la hibridez entre lo espiritual y lo carnal se traducen en su obra en una exploración formal donde la geometría subyacente y la materia incrustada tensionan la percepción.

En el trabajo de Le Corf, el umbral entre abstracción y figuración no es una oposición, sino un campo de desplazamiento. La construcción espacial y el color funcionan como dispositivos emocionales que desestabilizan lo reconocible. Este proceso se ve atravesado por una metodología abierta, donde la planificación convive con la pérdida deliberada de control, permitiendo que la obra emerja como un espacio de silencio, retirada y retorno, en el que el artista se confronta con su propia interioridad.


La caída. 2025. Óleo sobre lienzo. 195 × 150 cm.


En tu trabajo se percibe una tensión entre la devoción y la disidencia. ¿Cómo negocias el límite entre lo sagrado y lo profano?

En mi trabajo siento la necesidad de remitirme al arte rupestre, a las imágenes que llevo presentes. Desde que el hombre prehistórico tomó conciencia de la muerte, sintió la necesidad de dejar una huella, marcando con una plantilla en la pared una mano roja, símbolo de la sangre vital. El hombre paleolítico, cazador-recolector, experimenta un sentimiento místico frente al animal, una forma de magia espiritual y de ritos vinculados a la creación. De este modo, sacraliza la caverna mediante la representación abstracta de la muerte y la vida, la procreación, las Venus… Así, nace el arte. En mi interpretación, el arte es sagrado por esencia, porque revela al hombre como creador.


Entre perro y lobo II. 2025. Óleo sobre lienzo. 97 × 70 cm.


Se observan trazos de la tradición barroca española en tu trabajo. ¿Qué encuentras en ella que siga siendo contemporáneo?

Sí, se observan rasgos de la tradición barroca española en mi trabajo. En la historia del arte, por ejemplo, pienso en los mosaicos árabe-andalusíes, en los que para mí se encuentra una geometría de diseños profundamente contemporánea. Y en la pintura y la escultura barroca española, el tema que aparece con mucha frecuencia es la tragedia: la muerte y lo sagrado están intensamente encarnados, ya sea en temas religiosos o profanos, en Zurbarán, Ribera, El Greco, pero también en Velázquez. Pienso, por ejemplo, en la notable pintura ecuestre de Isabel de Francia, por su geometría y por un retrato cuya luz recuerda a la de un Matisse.

Cuando pienso en la escultura, vienen a mi mente las maravillosas esculturas policromadas de Alonso Cano, Juan de Juni o Pedro de Mena, donde los ojos verdes están incrustados, junto con dientes de marfil, uñas de cuerno y pestañas de cabello. Todo ello ha influido sin duda en mi trabajo escultórico, tanto morfológico como ecuestre. Personalmente, en mi obra incrusto elementos de porcelana en madera tallada o pintada.


Entre perro y lobo I. 2025. Óleo sobre lienzo. 97 × 70 cm.


¿Qué te interesa de ese umbral entre lo reconocible y lo abstracto?

Por mi parte, toda representación en pintura o en escultura es abstracta. Lo que la impone es la construcción arquitectónica del espacio, su geometría secreta, y la emoción que provoca el color. Es, en cierto modo, un desplazamiento de lo real para alcanzar esa sensación.


El ángel anatómico. 2013. Madera de fresno y porcelana. 90 × 15 × 160 cm.


Tu obra parece moverse entre el silencio, el abandono y el retorno. ¿Qué te llama hacia esos espacios intermedios?

Creo que es al renunciar a imitar la verdad exterior, a copiarla, como alcanzo la verdad, ya sea en la pintura o en la escultura. Es como si me mirara en mi propio sujeto para descubrir mejor mi secreto, quizá.


Justa. 2019. Madera de roble policromada. 240 × 190 × 140 cm.


¿Hasta qué punto planificas tus obras y cuánto espacio dejas para que ocurra lo inesperado?

Es cierto que, en ocasiones, olvido por completo la idea principal en mi pintura y en mi escultura. Aunque comienzo una obra con ideas muy claras —dibujos y bocetos previos, grabados preparatorios y una intención bien definida—, me doy cuenta de que, a veces, esa idea inicial se pierde. Y no se trata de un accidente. En algunos casos tiene que ver con dificultades técnicas, pero hoy en día también acepto partir de una idea muy concreta y, al enfrentarme a la escultura, a la madera o a la cerámica, tener que trabajar de otra manera. Y eso lo acepto.