Art Madrid'26 – La obra de Lewis Baltz llega a Madrid de la mano de la Fundación MAPFRE, en la Sala de exposiciones Bárbara de Braganza.

Obra de Lewis Baltz: “Piazza Pugliese”

 

 

Lewis Baltz (Newport Beach, California, 1945- París, 2014) fue un fotógrafo estadounidense que se dio a conocer por primera vez gracias al movimiento New topographics (Nueva topografía) junto a otros nombres tan conocidos como Robert Adams, Bern y Hilla Becher o Nicholas Nixon. Reconocido como uno de los fotógrafos más importantes del S.XX, supo imponer su idea de “paisaje” alejándose de los cánones idealizados con los que otros artistas trabajaban. Utilizó como medio de  expresión la línea cultural de los años 60 y 70. Fue un artista contemporáneo a los acontecimientos que le rodeaban. 

 

 

 

“Newport Beach” © Lewis Baltz

 

 

Baltz comenzó su trayectoria artística a la temprana edad de 12 años. Después de absorber todo el conocimiento de su mentor, William Current, tomó su propio camino captando las consecuencias de los ideales norteamericanos en el paisaje. La exposición, planteada a modo de antología del artista, reúne una visión de toda su carrera. La nueva era mediática y los acontecimientos que le rodeaban fueron su fuente de inspiración. El binomio entre hecho histórico y simulado hacen que la pérdida de acceso a la realidad se plasme en trabajos como “Rule without exception”. Como señala el comisario de la muestra “Lewis Baltz fue capaz de crear un lenguaje propio, de hacernos ver el paisaje urbanístico como un lugar ocupado”. 

 

 

 

Vista de la exposición Lewis Baltz en la Sala Bárbara de Braganza © Cortesía Fundación Mapfre

 

 

La exposición cuenta con más de 400 fotografías y está organizada cronológicamente, planteando un diálogo entre la primera y la última obra del fotógrafo. La retrospectiva incluye, además de sus primeras series en blanco y negro (realizadas en los años 60 y 70), su trabajo en color, con obras como “Ronde de Nuit”, “The Deaths in Newport” o “Venezia Marguera”. La exposición puede visitarse hasta el 4 de junio, y está comisariada por Urs Stahel. 

 

 

 

Lewis Baltz, "Continuous Fire Polar Circle no.1", de la serie "Continuous Fire Polar Circle", 1986. © The Lewis Baltz Trust, 1992

 

 

 

 


CONVERSACIONES CON ADONAY BERMÚDEZ. PROGRAMA DE ENTREVISTAS. ART MADRID’26


La obra de Cedric Le Corf (Bühl, Alemania, 1985) se sitúa en un territorio de fricción donde el impulso arcaico de lo sagrado convive con una actitud crítica propia de la contemporaneidad. Su práctica parte de una comprensión antropológica del origen del arte como gesto fundacional: la huella, la marca, la necesidad de inscribir la vida frente a la conciencia de la muerte.

Le Corf establece un diálogo complejo con la tradición barroca española, no desde la mímesis estilística, sino desde la intensidad afectiva y material que atraviesa aquella estética. La teatralidad de la luz, la encarnación de la tragedia y la hibridez entre lo espiritual y lo carnal se traducen en su obra en una exploración formal donde la geometría subyacente y la materia incrustada tensionan la percepción.

En el trabajo de Le Corf, el umbral entre abstracción y figuración no es una oposición, sino un campo de desplazamiento. La construcción espacial y el color funcionan como dispositivos emocionales que desestabilizan lo reconocible. Este proceso se ve atravesado por una metodología abierta, donde la planificación convive con la pérdida deliberada de control, permitiendo que la obra emerja como un espacio de silencio, retirada y retorno, en el que el artista se confronta con su propia interioridad.


La caída. 2025. Óleo sobre lienzo. 195 × 150 cm.


En tu trabajo se percibe una tensión entre la devoción y la disidencia. ¿Cómo negocias el límite entre lo sagrado y lo profano?

En mi trabajo siento la necesidad de remitirme al arte rupestre, a las imágenes que llevo presentes. Desde que el hombre prehistórico tomó conciencia de la muerte, sintió la necesidad de dejar una huella, marcando con una plantilla en la pared una mano roja, símbolo de la sangre vital. El hombre paleolítico, cazador-recolector, experimenta un sentimiento místico frente al animal, una forma de magia espiritual y de ritos vinculados a la creación. De este modo, sacraliza la caverna mediante la representación abstracta de la muerte y la vida, la procreación, las Venus… Así, nace el arte. En mi interpretación, el arte es sagrado por esencia, porque revela al hombre como creador.


Entre perro y lobo II. 2025. Óleo sobre lienzo. 97 × 70 cm.


Se observan trazos de la tradición barroca española en tu trabajo. ¿Qué encuentras en ella que siga siendo contemporáneo?

Sí, se observan rasgos de la tradición barroca española en mi trabajo. En la historia del arte, por ejemplo, pienso en los mosaicos árabe-andalusíes, en los que para mí se encuentra una geometría de diseños profundamente contemporánea. Y en la pintura y la escultura barroca española, el tema que aparece con mucha frecuencia es la tragedia: la muerte y lo sagrado están intensamente encarnados, ya sea en temas religiosos o profanos, en Zurbarán, Ribera, El Greco, pero también en Velázquez. Pienso, por ejemplo, en la notable pintura ecuestre de Isabel de Francia, por su geometría y por un retrato cuya luz recuerda a la de un Matisse.

Cuando pienso en la escultura, vienen a mi mente las maravillosas esculturas policromadas de Alonso Cano, Juan de Juni o Pedro de Mena, donde los ojos verdes están incrustados, junto con dientes de marfil, uñas de cuerno y pestañas de cabello. Todo ello ha influido sin duda en mi trabajo escultórico, tanto morfológico como ecuestre. Personalmente, en mi obra incrusto elementos de porcelana en madera tallada o pintada.


Entre perro y lobo I. 2025. Óleo sobre lienzo. 97 × 70 cm.


¿Qué te interesa de ese umbral entre lo reconocible y lo abstracto?

Por mi parte, toda representación en pintura o en escultura es abstracta. Lo que la impone es la construcción arquitectónica del espacio, su geometría secreta, y la emoción que provoca el color. Es, en cierto modo, un desplazamiento de lo real para alcanzar esa sensación.


El ángel anatómico. 2013. Madera de fresno y porcelana. 90 × 15 × 160 cm.


Tu obra parece moverse entre el silencio, el abandono y el retorno. ¿Qué te llama hacia esos espacios intermedios?

Creo que es al renunciar a imitar la verdad exterior, a copiarla, como alcanzo la verdad, ya sea en la pintura o en la escultura. Es como si me mirara en mi propio sujeto para descubrir mejor mi secreto, quizá.


Justa. 2019. Madera de roble policromada. 240 × 190 × 140 cm.


¿Hasta qué punto planificas tus obras y cuánto espacio dejas para que ocurra lo inesperado?

Es cierto que, en ocasiones, olvido por completo la idea principal en mi pintura y en mi escultura. Aunque comienzo una obra con ideas muy claras —dibujos y bocetos previos, grabados preparatorios y una intención bien definida—, me doy cuenta de que, a veces, esa idea inicial se pierde. Y no se trata de un accidente. En algunos casos tiene que ver con dificultades técnicas, pero hoy en día también acepto partir de una idea muy concreta y, al enfrentarme a la escultura, a la madera o a la cerámica, tener que trabajar de otra manera. Y eso lo acepto.