Art Madrid'26 – Artista conocido por su capacidad de transformar objetos cotidianos en auténticas obras de arte. La exposición, comisariada por Laurence Sillars ha sido organizada y expuesta previamente en el Baltic Center de Gateshead, Reino Unido

 

La exposición, comisariada por Laurence Sillars ha sido organizada y expuesta previamente en el Baltic Center de Gateshead, Reino Unido. B. Wurtz (Pasadena, California, 1948), actualmente vive y trabaja en Nueva York, se graduó en 1970 en el Instituto de Artes de la Universidad de California. Aquellas primeras obras realizadas a partir de cualquier tipo de objetos sencillos, encontrados, marcaron el inicio de su carrera, totalmente contraria a la ortodoxia que planteaban sus compañeros, configurando poco a poco su propio lenguaje artístico.

 

 

Su obra se basa en la recopilación y transformación de objetos cotidianos, principalmente utiliza aquellos que hacen referencia a las necesidades básicas del ser humano como es alimentarse, dormir o mantenerse a resguardo. Latas de conservas, botes y envases de plástico, envoltorios de comida, cordones, ropa, maderas, bolsas de basura o alambre, son algunos de los materiales que se pueden encontrar en su trabajo.

 

 

 

Estos objetos que tras haber cumplido su función, normalmente desecharíamos, Wurtz los transforma en indiscutibles obras de arte; lienzos bidimensionales, esculturas e instalaciones. Configura las obras a través de ensamblajes, y sin necesidad de esconder o disimular el material utilizado, logra que el espectador se fije únicamente en el resultado final de la obra, que pierda la visión por partes de los materiales, al mismo tiempo que lo lleva a reflexionar sobre las posibilidades y el uso consciente de los mismos materiales. Wurtz concede un nuevo significado a los objetos, además una dimensión estético-artística.

 

 

 

La crítica de arte Roberta Smith ha calificado a Wurtz como "un maestro en hacer obras de arte que no se asumirían en principio como arte”.

En el año 2000, la Universidad de Illinois en Chicago realizó una gran retrospectiva de su obra “70 + 30 = 2000”.  Su trabajo ha sido expuesto en museos como el MoMA de Nueva York o el Museo de Arte Contemporáneo de Lyon y está representado en galerías de todo el mundo. La exposición de La Casa Encendida propone un recorrido retrospectivo por la producción artística de los últimos 40 años, entre 1970 y 2016, época de plena creatividad artística. 

 

 


CONVERSACIONES CON ADONAY BERMÚDEZ. PROGRAMA DE ENTREVISTAS. ART MADRID’26


La obra de Cedric Le Corf (Bühl, Alemania, 1985) se sitúa en un territorio de fricción donde el impulso arcaico de lo sagrado convive con una actitud crítica propia de la contemporaneidad. Su práctica parte de una comprensión antropológica del origen del arte como gesto fundacional: la huella, la marca, la necesidad de inscribir la vida frente a la conciencia de la muerte.

Le Corf establece un diálogo complejo con la tradición barroca española, no desde la mímesis estilística, sino desde la intensidad afectiva y material que atraviesa aquella estética. La teatralidad de la luz, la encarnación de la tragedia y la hibridez entre lo espiritual y lo carnal se traducen en su obra en una exploración formal donde la geometría subyacente y la materia incrustada tensionan la percepción.

En el trabajo de Le Corf, el umbral entre abstracción y figuración no es una oposición, sino un campo de desplazamiento. La construcción espacial y el color funcionan como dispositivos emocionales que desestabilizan lo reconocible. Este proceso se ve atravesado por una metodología abierta, donde la planificación convive con la pérdida deliberada de control, permitiendo que la obra emerja como un espacio de silencio, retirada y retorno, en el que el artista se confronta con su propia interioridad.


La caída. 2025. Óleo sobre lienzo. 195 × 150 cm.


En tu trabajo se percibe una tensión entre la devoción y la disidencia. ¿Cómo negocias el límite entre lo sagrado y lo profano?

En mi trabajo siento la necesidad de remitirme al arte rupestre, a las imágenes que llevo presentes. Desde que el hombre prehistórico tomó conciencia de la muerte, sintió la necesidad de dejar una huella, marcando con una plantilla en la pared una mano roja, símbolo de la sangre vital. El hombre paleolítico, cazador-recolector, experimenta un sentimiento místico frente al animal, una forma de magia espiritual y de ritos vinculados a la creación. De este modo, sacraliza la caverna mediante la representación abstracta de la muerte y la vida, la procreación, las Venus… Así, nace el arte. En mi interpretación, el arte es sagrado por esencia, porque revela al hombre como creador.


Entre perro y lobo II. 2025. Óleo sobre lienzo. 97 × 70 cm.


Se observan trazos de la tradición barroca española en tu trabajo. ¿Qué encuentras en ella que siga siendo contemporáneo?

Sí, se observan rasgos de la tradición barroca española en mi trabajo. En la historia del arte, por ejemplo, pienso en los mosaicos árabe-andalusíes, en los que para mí se encuentra una geometría de diseños profundamente contemporánea. Y en la pintura y la escultura barroca española, el tema que aparece con mucha frecuencia es la tragedia: la muerte y lo sagrado están intensamente encarnados, ya sea en temas religiosos o profanos, en Zurbarán, Ribera, El Greco, pero también en Velázquez. Pienso, por ejemplo, en la notable pintura ecuestre de Isabel de Francia, por su geometría y por un retrato cuya luz recuerda a la de un Matisse.

Cuando pienso en la escultura, vienen a mi mente las maravillosas esculturas policromadas de Alonso Cano, Juan de Juni o Pedro de Mena, donde los ojos verdes están incrustados, junto con dientes de marfil, uñas de cuerno y pestañas de cabello. Todo ello ha influido sin duda en mi trabajo escultórico, tanto morfológico como ecuestre. Personalmente, en mi obra incrusto elementos de porcelana en madera tallada o pintada.


Entre perro y lobo I. 2025. Óleo sobre lienzo. 97 × 70 cm.


¿Qué te interesa de ese umbral entre lo reconocible y lo abstracto?

Por mi parte, toda representación en pintura o en escultura es abstracta. Lo que la impone es la construcción arquitectónica del espacio, su geometría secreta, y la emoción que provoca el color. Es, en cierto modo, un desplazamiento de lo real para alcanzar esa sensación.


El ángel anatómico. 2013. Madera de fresno y porcelana. 90 × 15 × 160 cm.


Tu obra parece moverse entre el silencio, el abandono y el retorno. ¿Qué te llama hacia esos espacios intermedios?

Creo que es al renunciar a imitar la verdad exterior, a copiarla, como alcanzo la verdad, ya sea en la pintura o en la escultura. Es como si me mirara en mi propio sujeto para descubrir mejor mi secreto, quizá.


Justa. 2019. Madera de roble policromada. 240 × 190 × 140 cm.


¿Hasta qué punto planificas tus obras y cuánto espacio dejas para que ocurra lo inesperado?

Es cierto que, en ocasiones, olvido por completo la idea principal en mi pintura y en mi escultura. Aunque comienzo una obra con ideas muy claras —dibujos y bocetos previos, grabados preparatorios y una intención bien definida—, me doy cuenta de que, a veces, esa idea inicial se pierde. Y no se trata de un accidente. En algunos casos tiene que ver con dificultades técnicas, pero hoy en día también acepto partir de una idea muy concreta y, al enfrentarme a la escultura, a la madera o a la cerámica, tener que trabajar de otra manera. Y eso lo acepto.