OTOÑO ALUCINADO Y SURREALISTA EN MADRID

  

 Urbanita solitario. Herbert Bayer,1932. Col.Dietmar Siegert

Sueño, escritura automática, liberación de la psique... El otoño en Madrid se deja llevar por los caminos del onirismo y el inconsciente, y dedica dos de sus grandes exposiciones al Surrealismo.

Cuando Guillaume Apollinaire, en 1917, subtituló su obra de teatro Las Tetas de Tiresias con la apreciación “drama surrealisa” se refería, como él mismo explicaba en el programa de mano, a la reproducción creativa de un objeto (sur=por encima, de la realidad), así “cuando el hombre quiso imitar la acción de andar, creó la rueda, que no se parece en nada a una pierna. Del mismo modo ha creado, inconscientemente, el surrealismo” que no tiene porque parecerse en nada a la Realidad. Apollinaire no sabía entonces que había bautizado uno de los movimientos artísticos y literarios más influyentes de los años venideros.

El poeta André Bretón culminaría la gestación del movimiento con la redacción del Manifiesto Surrealista en 1924, una evolución del Dadaísmo que, frente a la defensa de la violencia y la destrucción de éstos eternos enfants terribles, proponía como ellos la liberación de la psique pero con el fin de crear arte y vida.

El surrealismo provocó no pocos cambios en la sensibilidad contemporánea, mucho más abierta al diálogo con su yo interior, su alter-ego, su döppelganger, aquel que no sabe de normas sociales, el que nos complementa (también a nuestro pesar…) desde el inconsciente profundo. Lo surrealista se convirtió entonces en una actitud, en un modo de vida.

La Fundación Juan March, del 4 de octubre de 2013 al 12 de enero de 2014, dedicará una gran exposición a estas fórmulas creativas y a las que las hicieron posible bajo el título “Surrealistas antes del surrealismo. La fantasía y lo fantástico en la estampa, el dibujo y la fotografía”. Dibujos, fotografía, grabados, libros, revistas… 200 piezas para retratar la realidad más alucinada desde la Edad Media tardía hasta la explosión surrealista con obras de Martin Schongauer, Alberto Durero, Erhard Schön, Matthias Zündt, Wenzel Jamnitzer, Hendrick Goltzius, Jaques Callot, Giovanni Battista Piranesi, Francisco de Goya, Max Klinger, Alfred Kubin, Paul Klee, Hannah Höch, Pablo Picasso, Joan Miró, Salvador Dalí, Herbert Bayer, Hans Bellmer, André Masson, Brassaï y Maurice Tabard.

Esta exposición recoge el testigo de la histórica muestra “Fantastic Art, Dada, Surrealism” organizada hace 75 años en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y que, entonces, reunía obras contemporáneas con las de grandes maestros como El Bosco, Arcimboldo o Goya. En ambos casos, las exposiciones dibujan el amplio árbol genealógico del surrealismo.

El Museo Thyssen Bornemisza elige la escritura automática y los sueños como hilos conductores de su exposición “El Surrealismo y el sueño”. Del 8 de octubre de 2013 al 12 de enero de 2014 el Thyssen explora las distintas herramientas que los surrealistas utilizaban para evadirse de la razón dominante y acercarse a la realidad inconsciente, entre ellas el sueño, en la línea del psicoanalista Sigmud Freud.

La imagen aparecida en sueños, el sueño mismo será la inspiración para André Bretón, pero también para Salvador Dalí, Paul Delvaux, Paul Nougé, Max Ernst o André Masson entre otros artistas de los que conoceremos filias, fobias, traumas y deseos que quedaron atrapados en sus numerosos collages, textos, pinturas, fotografías y esculturas.

 

Dentro de los perfiles profesionales especializados que se pueden encontrar en el sector cultural, y más concretamente, en el ámbito de las artes visuales, una de las ocupaciones más recientes es la del comisario. Si la década de los 80 fue el auge del rol del artista, con su carácter innovador y la puesta en valor de su figura como articulador esencial de las propuestas creativas, el final de siglo trasladó el interés hacia los propios centros expositivos y su labor como custodios de la producción actual y como espacios para dar cabida a todas las propuestas. El cambio de milenio introdujo con fuerza en este panorama el rol del comisario. Quizás unido a una crisis de identidad social, quizás a la complejidad que está adquiriendo actualmente los proyectos contemporáneos, la necesidad de construir, articular y ahondar en los discursos artísticos se hizo evidente.

Aunque las funciones encomendadas a esta profesión no son nuevas en su totalidad, pues antes habían sido asumidas por conservadores, críticos o expertos según las temáticas, el rol ha adquirido solidez porque aúna todas estas finalidades al tiempo que permite la especialización de otros profesionales en sus respectivos ámbitos de competencia. Ahora bien, como algunos comisarios mismos señalan, no debe olvidarse el espíritu genuino de esta figura, que ha nacido para facilitar el entendimiento del discurso, crear narrativas dentro de un contexto en ocasiones caótico y disperso, mediar entre las obras y el espectador y crear puentes entre el arte contemporáneo y la sociedad.

El arte de nuestros días plantea multitud de incógnitas para el visitante que debe enfrentarse a propuestas muchas veces alejadas de los cánones estéticos pautados, lo que da paso a la incertidumbre y el desconcierto; pero, a su vez, estas obras emplean un lenguaje más cercano, unos materiales y hasta composiciones desprendidas de la sofisticación y el alarde técnico de antaño, algo que, lejos de favorecer la proximidad con el mensaje, genera cierto distanciamiento. Lo que acabamos de describir es parte de la esencia misma del arte actual. El cuestionamiento de las pautas formalistas y el recurso a elementos tangibles más utilitarios que embellecedores son los nuevos criterios de la creación, donde, por encima de todo prima el mensaje que se quiere transmitir.

Asimismo, otra característica intrínseca de la obra de nuestro tiempo es la preocupación de los artistas por temáticas más inmediatas, por cuestiones de carácter social, político y económico que buscar crear un revulsivo narrativo y conceptual, dejando atrás la prioridad estética o, mejor dicho, haciendo del discurso su propia estética. En este contexto, por extraño que pueda parecer, la creación contemporánea se encuentra con una barrera lingüística dificultando el entendimiento del espectador. Y a esta circunstancia se suma la abundante producción actual, abarcando un amplio abanico de temáticas que no son sino trasunto de nuestra sociedad diversa y globalizada.

El comisario contribuye a facilitar esa comprensión articulando un discurso coherente que permita la agrupación de ideas conexas para cohesionar el mensaje. Esto exige tener un profundo conocimiento del estado actual del arte, de las líneas de trabajo de los creadores, de las propuestas estéticas más recientes y de las demandas reales de la sociedad para tender un puente al diálogo y permitir el acercamiento al arte. Si el arte se ocupa de los mismos asuntos que nos preocupan a todos, ¿cómo no vamos a compartir sus postulados? La mediación cultural requiere del trabajo de los comisarios para abrir una pequeña ventana a la reflexión y para posibilitar un espacio de intercambio y de generación de ideas. Compartimos el pensamiento que José Guirao expresó en una entrevista reciente: “El comisario es alguien que desvela algo nuevo y sería un error que los comisarios se conviertan en gestores”.

Entendido así el papel del comisario, muchas instituciones se han subido al carro de crear convocatorias específicas para que los nuevos profesionales puedan dar salida a sus propuestas. Recordemos a modo de ejemplo la convocatoria “Inéditos” de La Casa Encendida, “Se busca comisario”, de la Comunidad de Madrid, o la convocatoria de Comisariado de La Caixa.