ARTE CON LIBROS Y LIBROS EN EL ARTE

Los libros son mucho más que un objeto. Su contenido es capaz de albergar infinitos universos, ser fuente inagotable de conocimiento y transportarnos a lugares reales e irreales donde reine la imaginación, de otro tiempo, de otra dimensión. Por los libros se ha vertido sangre, se ha prohido, censurado, reprimido y aniquilado. También con ellos se han abierto puertas a la libertad, el intercambio, la tolerancia y el saber. Tal es el poder de un libro, que se ha convertido en un objeto de culto. ¿Quién no ha abierto un libro nuevo en una librería y olido sus páginas? Nos gusta leerlos, verlos en nuestras estanterías, ordenarlos, dejarlos abiertos bocabajo, llevarlos en el bolso, leerlos en el metro, prestarlos, pedirlos, devolverlos, y darles una segunda vida. Y esta misma pasión es compartida por muchos artistas que hacen del libro su materia prima de trabajo.

El artista Schaduwlichtje es capaz de transformar las páginas impresas a base de dobleces y pliegues. De este modo consigue crear estas sorprendentes esculturas sin necesidad de tijeras. Este matemático holandés comenzó a trabajar sobre el papel al incorporarse como voluntario en la librería Books4life en 2013.

Otros autores se centran en aprovechar la parte exterior de los libros para sus composiciones. Este es el caso de Mike Stilkey, un artista que trabaja con ejemplares usados y desechados para crear enormes muros de libros apilados sobre los que aplica pintura para crear sus obras. En ocasiones, el propio color de la cubierta determina el tipo de pieza que va a dibujar. Sus composiciones son intrigantes y sobrecogedoras.

Por su parte, Jonathan Callan reaprovecha revistas, fancines y libros como elemento de trabajo principal. Sus obras reutilizan estos materiales eliminando las referencias a su uso original, de modo que doblas las hojas y curva las portadas hasta conseguir unas composiciones abstractas con formas que nos recuerdan las estructuras orgánicas del coral o la forma de crecer el liquen en la corteza de los árboles.

Es muy conocido el trabajo de Alicia Martín, que desde hace años utiliza los libros en esculturas de gran formato para crear propuestas de enorme impacto visual. En forma de cascada que se precipida desde una ventana o como una enorme espiral que imita un torbellino de agua, sus piezas sorprenden y enamoran por igual.

Mucho más sutil es la obra de Beatriz Díaz Ceballos. Su trabajo se basa en la palabra escrita, y emplea los libros como fuente infinita de textos impresos de los que las palabras brotan en cascadas. Sus propuestas semejan alegorías de cuentos que nos remiten a imágenes de fantasía y ensoñación.

 

Se habla muchas veces del mercado del arte como un sector separado de la realidad económica que se desarrollase de manera aislada del resto de áreas de negocio. Hay una parte de este planteamiento que es cierta: el arte no es un producto cualquiera porque, ya hablemos de antigüedades, ya de obras contemporáneas, todas ellas tienen unas características únicas, representan el espíritu de su creador, transmiten sensaciones al espectador, encierran emoción, pasión y una vocación crítica que no está presente en cualquier otro objeto cotidiano. Pero la otra parte de este enunciado no es correcta: el mercado del arte padece igualmente los avatares económicos que afectan al resto de esferas comerciales, quizás la diferencia radique en que, por la exclusividad de este sector, no resulta tan evidente para todos.

Visita a "Shark", obra de Damien Hirst, vía Skynews

Por tradición histórica y económica, a la que se suman otros factores como la menor restricción normativa o la celeridad de la burocracia, las principales plazas mundiales del mercado del arte se sitúan en Londres, Nueva York, París, Milán y Ginebra, y más recientemente, Hong Kong. La posición de España en el conjunto del sector no pasa de un escaso 1%, porcentaje que crece en un punto si nos ceñimos a Europa. A pesar de ello, no debemos subestimar la importancia del mercado nacional, que progresivamente fue incorporando más profesionales, absorbiendo a artistas, generando compradores y posicionando el arte contemporáneo español, con un crecimiento estimado del 42% entre 2009 y 2016. En esta evolución, algunos autores señalan que la nuestra es una democracia reciente, si la comparamos con otros países de nuestro entorno, y que antes de que se inaugurase el Museo Reina Sofía, no había ningún otro centro en el país dedicado al arte contemporáneo.

Pero justo cuando nos sentíamos en la cresta de la ola, a los pocos años de haber entrado en el nuevo milenio, estalla una profunda crisis económica que agita todos los cimientos del sistema. El arte y la cultura, por supuesto, son las primeras en sufrir los recortes. Se tambalea el castillo de la prosperidad, se cortan los flujos de capitales, adiós a la inversión, despedida lánguida al arte de compra institucional y a las colecciones de cajas y bancos. ¿Cómo se sobrepone a este embate un sector siempre resiliente?

Sin lugar a dudas, la crisis ha marcado un antes y un después en muchas áreas económicas. La paralización de las inversiones llevó a muchos negocios a reinventarse y resurgir de sus cenizas como el ave Fénix. Lo mismo puede decirse para el mercado del arte. Pero el resultado de este reajuste difiere bastante del esquema anterior, pues no solo hay que contar con una reducción de capitales, sino con la entrada en escena del mundo digital y un relevo generacional que ha supuesto un cambio en los hábitos de consumo y de la forma de acercarse al arte. Tras esos años de incertidumbre, un nuevo modelo aflora en el que la gente ya no visita las galerías, el arte se consulta por internet, los desplazamientos y recorridos se reservan para las grandes citas, concentradas en las ferias de arte, surgen nuevas propuestas satélite, con galerías virtuales, espacios minimalistas, venta online, y un repliegue de las propuestas.

"Tulipanes" de Jeff Koons

Lo paradójico de esta etapa iniciada en la segunda década de los 2000 es la distancia creada entre tipos de galerías. En un entorno digitalizado al máximo, los contornos entre los perfiles profesionales se difuminan. Ahora no es solo el galerista el que promociona al artista, sino el propio artista el que invierte esfuerzos por ganar presencia, lo que conduce a una debilitación de roles. Y en medio de este maremágnum de acontecimientos un fenómeno va ganando peso progresivamente: las grandes galerías, supervivientes airosas de la debacle, se expanden y crecen hasta asimilarse casi por completo a un museo. Desde esta posición triunfal, son las únicas que pueden hacer frente a los costes asociados al mantenimiento de grandes espacios, cubrir los gastos de producción de obra, participar en las ferias de mayor renombre y seguir abriendo sucursales en el extranjero. Con esta dinámica sucede que estas galerías tienen un irresistible poder de atracción sobre los artistas más prometedores, quizás descubiertos por una galería local ahora incapaz de garantizar la proyección a la que los creadores aspiran. Así, el mundo del arte pivota en un mar de sucesos, donde el gran tiburón blanco convive con diminutos peces, pero todos contribuyen a mantener el ecosistema.

Vemos, por tanto, que lo que sucede en el mercado del arte poco o nada dista de lo que acontece en otros sectores económicos. El influjo de la globalización y la tendencia irrefrenable a crear gigantes capaces de soportar los embistes futuros genera una red de pequeños negocios que sobreviven a la sombra de esos pocos elegidos. Esta circunstancia parece polarizar el sector en dos grandes planos: el de los artistas contemporáneos de precios astronómicos que han creado auténticas factorías del arte, producen a escala industrial y son representados por las galerías más célebres, y el de los artistas que son más conocidos a nivel local, pueden modestamente vivir de su obra y se reparten, cuando tienen presencia internacional, entre distintas galerías de pequeño tamaño. Y este patrón se replica en todas las áreas económicas. El tiburón y el banco de peces. Con esta ingenua metáfora retratamos una de las pautas más repetidas en nuestra sociedad capitalista y que se proyecta sobre toda la industria, hablemos de moda, coches o alimentación. Por eso la generación millenial ha comenzado a explorar modelos alternativos de galerías, con más atención en la calidad artística de los jóvenes talentos y menos peso en el espacio expositivo: galerías del siglo XXI que abren sus puertas al futuro.