Art Madrid'26 – ¿QUÉ TIENE EL ARTE QUE DECIR SOBRE EL DÍA DEL TRABAJO?

Nuestra vida está en gran medida marcada por el tiempo dedicado al trabajo. Gran parte de lo que somos y proyectamos a los demás viene determinado por nuestra profesión. El arte no es ajeno a este fenómeno, y de hecho algunos movimientos artísticos son en cierta medida deudores del influjo que los avances tecnológicos en el mundo laboral han establecido en los procesos de producción y en las grandes factorías. Como una suerte de segunda revolución industrial, la innovación de las pautas de producción y la modernización de la maquinaria, así como la especialización profesional, han generado una cultura del trabajo hoy casi indisociable de la idea de una sociedad avanzada y adaptada a los nuevos tiempos.

Fotograma de la película "Tiempos modernos", de Charles Chaplin

El impacto de estos cambios en los procesos de producción se hizo notar también en las artes. Es por todos conocida la parodia de la línea de montaje que Charles Chaplin realizó en su película “Tiempos modernos” (1936). Si bien el contexto de este largometraje se sitúa en la crisis surgida tras la Gran Depresión, las nefastas condiciones de trabajo del personal de las grandes factorías reflejadas en el film son extrapolables a cualquier otro lugar del mundo. Se plantea una paradoja entre la inclusión de la maquinaria que viene a sustituir la mano de obra humana y aliviarlos de los trabajos mecánicos, y una mayor exigencia para los trabajadores forzados a rendir cada vez más.

Fortunato Depero, 'Rascacielos y túneles' (Gratticieli e tunnel), 1930 (imagen de elpais.com)

Pero el arte también se ha hecho eco del efecto positivo de estos adelantos para el mundo laboral. El futurismo, movimiento artístico de principios del s. XX que precedió el cubismo y se expandió a nivel mundial, se basa esencialmente en la captura del movimiento, la velocidad, el dinamismo y el progeso. Por este motivo, muchas de las obras más representativas de esta corriente incluyen maquinaria y artificios tecnológicos que se asocian a la evolución de la sociedad y a la vertiginosidad con la que las cosas se suceden en los tiempos modernos. Los futuristas elaboraron también un manifiesto, difundido en 1909 por el artista italiano Filippo Tommaso Marinetti, donde se recogen algunas de sus ideas principales, siempre en torno al tratamiento de la velocidad y la belleza de la maquinaria como signo de una época marcada por los avances y la innovación.

Cartel soviético de los años 30. "Las juventudes comunistas, la brigada de emergencia del plan quinquenal" (imagen de magnet.xataka.com)

También es paradigmática la inclusión de referentes al mundo laboral en la cartelería propagandística soviética. Si bien el futurismo era un movimiento artístico libre iniciado en Italia, para la Unión Soviética la propaganda era una herramienta de difusión clave, que el régimen sabía utilizar hábilmente para expandir su mensaje y ganar adeptos. La comunicación de un discurso basado en el deber ciudadano de trabajar, en la dignificación del hombre con el esfuerzo, en los beneficios del compromiso colectivo y del sacrificio rural, dieron como resultado obras con numerosas escenas de trabajo que hoy configuran un estilo y una estética inconfundibles.

Antonio Berni, “Manifestación”, 1934 (imagen de prevenblog.com)

En la década de los años 30 otros artistas comenzaron también a retratar las penurias del trabajo y las demandas colectivas exigiendo mejores condiciones para los empleados. No olvidemos que la fecha elegida para conmemorar el día del trabajo, el 1 de mayo, es un homenage a los mártires de Chicago, sindicalistas anarquistas que fueron ejecutados por instigar y participar en varias revueltas para reivindicar una jornada laboral de 8 horas, en 1886. Medio siglo más tarde, las demandas de los trabajadores seguían originando movimientos de protesta, reflejados por los artistas del momento.

Mural Diego Rivera – Detroit Institute of Arts

Paradójicamente, fue también en esta época cuando las empresas trataron de difundir una imagen diferente del esfuerzo colectivo, para dignificar el papel de la clase trabajadora en torno a la idea del New Deal. Este intento por hacer una llamada a la contribución social para recuperar la economía, sobre todo tras la devacle de la Gran Depresión, llevó a algunas compañías a financiar murales de motivación que representaban a empleados en las fábricas norteamericanas. Así sucedió con algunos encargos hechos a a Diego de Rivera para factorías de Ford en Detroit.

 

Daniel Barrio. Artista invitado a la tercera edición de OPEN BOOTH. Cortesía del artista.


DESPIECE. PROTOCOLO DE MUTACIÓN


Como parte del Programa Paralelo de Art Madrid’26, presentamos la tercera edición de Open Booth, un espacio concebido como plataforma para la creación artística y la experimentación contemporánea. La iniciativa pone el foco en artistas que aún no cuentan con representación en el circuito galerístico, ofreciendo un contexto profesional de alta visibilidad en el que nuevas voces pueden desplegar su práctica, ensayar formas de relación con el público y consolidar su proyección en el panorama artístico actual. En esta ocasión, el proyecto está protagonizado por el artista Daniel Barrio (Cuba, 1988), quien presenta el site specific Despiece. Protocolo de mutación.

La práctica de Daniel Barrio se centra en la pintura como un espacio de experimentación desde el que analiza la mercantilización de lo social y la tiranía de la aprobación mediática. Para ello, trabaja con imágenes procedentes de la prensa y otros medios, que interviene pictóricamente con el objetivo de desactivar su significado original. Mediante este proceso, el artista propone nuevas lecturas y cuestiona los mecanismos de producción de sentido, concibiendo la pintura como un lugar de realización, terapia y catarsis.

Despiece. Protocolo de mutación se construye a partir de restos urbanos, materiales industriales y fragmentos de historia para interrogarnos sobre qué memorias heredamos, cuáles consumimos y cuáles somos capaces de construir. Suelo, paredes y volúmenes conforman un paisaje en tensión donde lo sagrado convive con lo cotidiano, y donde las grietas importan más que la perfección.

La evolución constante del arte exige un intercambio continuo entre artistas, instituciones y públicos. En esta 21ª edición, Art Madrid reafirma su voluntad de actuar como catalizador de ese diálogo, ampliando los límites tradicionales del contexto ferial y abriendo nuevas posibilidades de visibilidad para prácticas emergentes.



Este site specific surge de un impulso crítico y afectivo por desarmar, examinar y recomponer aquello que nos constituye cultural y personalmente. La obra se concibe como un todo indisoluble: un paisaje interior que opera como dispositivo de sospecha, donde suelo, paredes y volúmenes configuran un ecosistema de restos. Se propone una lectura de la historia no como una continuidad lineal, sino como un sistema de fuerzas en fricción permanente, articulando el espacio como un archivo adulterado; una superficie que se presenta como definitiva, pero que permanece en constante transformación.



La obra se configura como un paisaje construido a partir de residuos urbanos, donde suelo, paredes y objetos conforman un cuerpo unitario elaborado con mortero de cal, PVC de cartelería teatral, espuma industrial y cera de ofrendas. El núcleo del proyecto es una estructura en forma de “L” de 5 × 3 metros que reinterpreta la técnica del fresco sobre soporte industrial recuperado, aplicando el mortero en húmedo durante jornadas continuas, sin búsqueda de perfección, permitiendo que la materia evidencie su propio carácter. En torno a esta estructura gravitan fragmentos arquitectónicos: bloques de espuma que simulan hormigón, un torso del Belvedere impreso en 3D y deformado, y un elemento escultórico de cera en el que se incrustan lijas utilizadas por obreros y artistas anónimos, preservando el esfuerzo de esos cuerpos ajenos.

Un elemento escultórico de cera blanca funciona dentro del conjunto instalativo como un punto de concentración sensorial que desafía la mirada. En su interior confluyen la fe acumulada de las velas de ofrenda y los residuos industriales del taller, recordando que la pureza y la devoción conviven con la materialidad del mundo cotidiano. La experiencia del espectador trasciende así lo visual: inclinarse, oler y aproximarse a la vulnerabilidad transforma la percepción en un acto íntimo y corporal. En su densidad quedan incrustados tacos de lija usados por artistas, artesanos y obreros, recuperados de contextos ajenos, donde la lija actúa como huella del esfuerzo de otros cuerpos, respondiendo a un protocolo de registro sin intención autobiográfica.

Despiece. Protocolo de mutación nos interpela: ¿qué memoria valoramos?, ¿la que consumimos o la que construimos con rigor? El público abandona la posición contemplativa para integrarse en el sistema, y el esfuerzo de desplazar la materia, el rigor documental y la materialidad envolvente configuran un cuerpo de resistencia frente a una realidad mediada. El proyecto se consolida así como un paisaje interior donde suelo, superficie y volumen articulan una anatomía de residuos. La adulteración opera como metodología analítica aplicada a los estratos de la realidad urbana, interviniendo la historia a través de publicidades teatrales y callejeras, residuos arquitectónicos y protocolos administrativos, proponiendo que el arte puede restituir la capacidad de construir una memoria propia, aunque inevitablemente fragmentada.



SOBRE EL ARTISTA

DANIEL BARRIO. Cuba, 1988.

Daniel Barrio (Cienfuegos, Cuba, 1988) es un artista visual cuya práctica articula el espacio desde la pintura, entendiendo el entorno como un archivo adulterado susceptible de intervención crítica. Formado en la Academia de Bellas Artes de Cienfuegos (2004-2008) con especialidad en pintura, y posteriormente en la Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid - ECAM (2012-2015) en Dirección de Arte, su metodología integra el pensamiento plástico con la narrativa escenográfica. Su origen cubano constituye el fundamento analítico de su trabajo: la experiencia de observar cómo los monumentos y los ideales se revelan frágiles al tacto le ha dotado de una sensibilidad particular para detectar las fisuras en aquello que se presenta como definitivo, estableciendo la realidad como superficie bajo permanente interrogación.

Su trayectoria incluye exposiciones individuales como "La levedad en lo cotidiano" (Galería María Porto, Madrid, 2023), "Interiores ajenos" (PlusArtis, Madrid, 2022) y "Tribud" (Navel Art, Madrid, 2019), así como participaciones colectivas relevantes en "Space is the Landscape" (Estudio Show, Madrid, 2024), "Winterlinch" (Espacio Valverde Gallery, Madrid, 2024), "Hiberia" (Galería María Porto, Lisboa, 2023) y la itinerancia de la Exposición de Arte Joven de La Rioja (2022). Miembro del Colectivo Resiliencia, su obra no persigue la producción de objetos sino la articulación de dispositivos pictóricos que generan protocolos de resistencia frente al flujo de imágenes descartables. En un contexto saturado de datos inmediatos, su práctica produce huellas y archiva aquello que debe permanecer, cuestionando no el significado de la obra sino la memoria que el espectador construye al interactuar con ella, recuperando así la soberanía sobre la mirada y habitando las ruinas como método de comprensión del presente.