Art Madrid'26 – AURORA VIGIL-ESCALERA, 35 AÑOS EN EL MUNDO DEL ARTE

La galerista asturiana Aurora Vigil-Escalera celebra 35 años de trayectoria profesional. Aurora tuvo su primer contacto con el arte cuando tenía 17 años, ayudando a su madre en un apartamento de la calle Ezcurdia en Gijón. Allí, Aurora vivió grandes charlas sobre arte y vio pasar un sinfín de autores que hoy forman parte de la nómina de artistas de su galería. En 1984, Angelines Pérez, madre de Aurora, abre junto a su padre Alberto Vigil-Escalera la galería Van Dyck.

En 2015, la galería Van Dyck cierra sus puertas y comienza un nuevo ciclo para Aurora, quien inaugura en Gijón ese mismo año, la galería que lleva su nombre. Hoy Aurora Vigil celebra los 5 años de galería con la firme convicción de que vocación, dedicación y disfrute son las claves del éxito como galerista. Siguiendo estos parámetros, Aurora Vigil presenta en Art Madrid una cuidada selección de obras de ocho artistas multidisciplinares con planteamientos y líneas discursivas diferentes, todos ellos con carreras artísticas asentadas.

David Morago

Cacatúa, 2016

Acrílico sobre madera

100 x 100cm

El artista David Morago (Madrid, 1975) exhibirá sus conocidas pinturas con representaciones botánicas y animalísticas, imágenes que ya forman parte del universo particular y de la iconografía del artista. Como si de un gabinete de Historia Natural se tratase, Morago provoca con sus retratos de animales y plantas, un efecto en el espectador que le traslada directamente al gabinete de curiosidades y maravillas del artista.

Del figurativismo más puro, pasamos al universo onírico de Rafa Macarrón (Madrid,1981), artista incondicional de la galería con un estilo personal y un lenguaje único, representa en sus obras figuras de llamativos colores con hidrocefalia y extremidades filiformes, así como personajes insólitos y únicos que reclaman todo el protagonismo de la obra.

El plano tridimensional estará representado en el stand de Aurora Vigil por las obras de los artistas Herminio (La Caridad, Asturias, 1945) y Pablo Armesto (Schaffhausen, Suiza, 1979), utiliza herramientas tomadas de la ciencia y la tecnología para hacer confluir en su obra el aporte de luces y como contrapartida de las sombras generadas por ella, en un alarde de experimentación espacial . Herminio, cuya obra ha acompañado a Aurora en todas las ediciones de Art Madrid, plasma en sus leves y etéreas piezas escultóricas sus preocupaciones más importantes como artista: el equilibrio, el movimiento perpetuo y el electromagnetismo.

Pablo Armesto

Eclipse menguante, 2019

DMF lacado y aluminio, fibra óptica y LED

120 x 120cm

Herminio

R26, 2017

Técnica mixta y campos magnéticos

52 x 30cm

El color es el elemento principal que se condensa en las obras de Juan Genovés e Ismael Lagares. El artista valenciano Juan Genovés se adentra, a partir de la figuración y en este caso representando personas en cúmulos de multitud, en el estudio del ritmo visual. Manteniendo siempre su espíritu provocador. Ismael Lagares con una factura colorista y una pincelada vibrante y rápida, distorsiona la realidad jugando con las texturas y los volúmenes.

Gorka García (Cádiz,1982) es uno de los artistas más jóvenes y con mayor proyección de la galería. En sus pinturas dominan los paisajes deshabitados y la ruina, siendo estos dos elementos el germen principal de sus composiciones. La poética de la ruina y el análisis profundo de la composición y las formas en sus obras definen el discurso del artista.

Juan Genovés

Arpegio, 2019

Obra gráfica muy intervenida a mano por el artista. Ed de 10

74 x 60cm

A los paisajes deshabitados de Gorka García, se suma la propuesta del artista asturiano Dionisio González, quien se estrena en la Feria con una selección de sus “arquitecturas imaginadas”, montajes fotográficos en los que el artista habita con arquitecturas propias paisajes urbanos abandonados, en ruinas o arrasadas por desastres naturales.

Dionisio González

Buraco Quente 2, 2019

Impresión digital en papel de algodón sobre dibond y enmarcado en madera lacada en blanco

125 x 260cm

Dionisio González

Dauphin X, 2019

Fotografía

180 x 300cm

Entrevistamos al “artista arquitecto de los deseos” para que nos hablase de las principales ideas y conceptos que plantea en las piezas que expondrá en Art Madrid, y de cómo en sus obras es capaz de manipular la realidad para mejorarla:

La galería Aurora Vigil-Escalera presenta tu trabajo en Art Madrid por primera vez, ¿cómo piensas que encajarán tus obras en la feria?

Aurora lleva 35 años de formación en el mundo del arte. Su profesionalidad y la calidad de su programa son inobjetables. El ex/centrismo, al ser una galería periférica de una ciudad Gijón de poca densificación poblacional, hace que su labor sea aún más compleja. Cuando se dan estas cualidades, tanto humanas como profesionales, es fácil encajar el trabajo artístico y espero que así sea durante la duración de Art Madrid, donde presentamos “Dauphín Island” y “Cartografías para a RemoÇao”.

En tus obras reflexionas sobre conceptos como construcción y destrucción, ruina y habitabilidad, ¿qué elementos definen tus ruinas “distópicas”?

“Dauphin Island” maniobra sobre una isla, en el estado de Alabama, que ha sufrido numerosas catástrofes naturales y para la que he propuesto proyectos arquitectónicos “bunkerizados” que configuran nuevas estructuras habitativas de resistencia para aquellos espacios previamente devastados por huracanes como “El Katrina”. El trabajo sobre las favelas de Brasil está relacionado con el deseo no sólo de intervenir sino de interferir en una problemática extrema, ya sea como proyectista o como regulador social. O sea, establecer un rol social en defensa de estos asentamientos proponiendo no su erradicación sino su saneamiento, que no es sino la intervención a partir de la “cartografía” ya existente. La favela nos muestra cómo la arquitectura urbana puede ser un asunto que se resuelve mediante una lógica popular.

Hablan de ti como “el artista sanador de ciudades”, ¿te han propuesto llevar al plano real alguno de tus proyectos?

He tenido muchos ofrecimientos en este sentido, pues los planteamientos constructivos, que aparecen en mi trabajo visual, tienen tanto un planteamiento crítico o teórico como un planeamiento urbanístico y arquitectónico detrás. Es decir; pueden ser edificados o consolidados en la empiria. Pero, sólo me plantearía ejecutarlos si son propuestos para los espacios que denuncian y la ideología que los ha articulado que, casi siempre, operan desde la vulnerabilidad o la problematicidad social.


CONVERSACIONES CON ADONAY BERMÚDEZ. PROGRAMA DE ENTREVISTAS. ART MADRID’26


La obra de Cedric Le Corf (Bühl, Alemania, 1985) se sitúa en un territorio de fricción donde el impulso arcaico de lo sagrado convive con una actitud crítica propia de la contemporaneidad. Su práctica parte de una comprensión antropológica del origen del arte como gesto fundacional: la huella, la marca, la necesidad de inscribir la vida frente a la conciencia de la muerte.

Le Corf establece un diálogo complejo con la tradición barroca española, no desde la mímesis estilística, sino desde la intensidad afectiva y material que atraviesa aquella estética. La teatralidad de la luz, la encarnación de la tragedia y la hibridez entre lo espiritual y lo carnal se traducen en su obra en una exploración formal donde la geometría subyacente y la materia incrustada tensionan la percepción.

En el trabajo de Le Corf, el umbral entre abstracción y figuración no es una oposición, sino un campo de desplazamiento. La construcción espacial y el color funcionan como dispositivos emocionales que desestabilizan lo reconocible. Este proceso se ve atravesado por una metodología abierta, donde la planificación convive con la pérdida deliberada de control, permitiendo que la obra emerja como un espacio de silencio, retirada y retorno, en el que el artista se confronta con su propia interioridad.


La caída. 2025. Óleo sobre lienzo. 195 × 150 cm.


En tu trabajo se percibe una tensión entre la devoción y la disidencia. ¿Cómo negocias el límite entre lo sagrado y lo profano?

En mi trabajo siento la necesidad de remitirme al arte rupestre, a las imágenes que llevo presentes. Desde que el hombre prehistórico tomó conciencia de la muerte, sintió la necesidad de dejar una huella, marcando con una plantilla en la pared una mano roja, símbolo de la sangre vital. El hombre paleolítico, cazador-recolector, experimenta un sentimiento místico frente al animal, una forma de magia espiritual y de ritos vinculados a la creación. De este modo, sacraliza la caverna mediante la representación abstracta de la muerte y la vida, la procreación, las Venus… Así, nace el arte. En mi interpretación, el arte es sagrado por esencia, porque revela al hombre como creador.


Entre perro y lobo II. 2025. Óleo sobre lienzo. 97 × 70 cm.


Se observan trazos de la tradición barroca española en tu trabajo. ¿Qué encuentras en ella que siga siendo contemporáneo?

Sí, se observan rasgos de la tradición barroca española en mi trabajo. En la historia del arte, por ejemplo, pienso en los mosaicos árabe-andalusíes, en los que para mí se encuentra una geometría de diseños profundamente contemporánea. Y en la pintura y la escultura barroca española, el tema que aparece con mucha frecuencia es la tragedia: la muerte y lo sagrado están intensamente encarnados, ya sea en temas religiosos o profanos, en Zurbarán, Ribera, El Greco, pero también en Velázquez. Pienso, por ejemplo, en la notable pintura ecuestre de Isabel de Francia, por su geometría y por un retrato cuya luz recuerda a la de un Matisse.

Cuando pienso en la escultura, vienen a mi mente las maravillosas esculturas policromadas de Alonso Cano, Juan de Juni o Pedro de Mena, donde los ojos verdes están incrustados, junto con dientes de marfil, uñas de cuerno y pestañas de cabello. Todo ello ha influido sin duda en mi trabajo escultórico, tanto morfológico como ecuestre. Personalmente, en mi obra incrusto elementos de porcelana en madera tallada o pintada.


Entre perro y lobo I. 2025. Óleo sobre lienzo. 97 × 70 cm.


¿Qué te interesa de ese umbral entre lo reconocible y lo abstracto?

Por mi parte, toda representación en pintura o en escultura es abstracta. Lo que la impone es la construcción arquitectónica del espacio, su geometría secreta, y la emoción que provoca el color. Es, en cierto modo, un desplazamiento de lo real para alcanzar esa sensación.


El ángel anatómico. 2013. Madera de fresno y porcelana. 90 × 15 × 160 cm.


Tu obra parece moverse entre el silencio, el abandono y el retorno. ¿Qué te llama hacia esos espacios intermedios?

Creo que es al renunciar a imitar la verdad exterior, a copiarla, como alcanzo la verdad, ya sea en la pintura o en la escultura. Es como si me mirara en mi propio sujeto para descubrir mejor mi secreto, quizá.


Justa. 2019. Madera de roble policromada. 240 × 190 × 140 cm.


¿Hasta qué punto planificas tus obras y cuánto espacio dejas para que ocurra lo inesperado?

Es cierto que, en ocasiones, olvido por completo la idea principal en mi pintura y en mi escultura. Aunque comienzo una obra con ideas muy claras —dibujos y bocetos previos, grabados preparatorios y una intención bien definida—, me doy cuenta de que, a veces, esa idea inicial se pierde. Y no se trata de un accidente. En algunos casos tiene que ver con dificultades técnicas, pero hoy en día también acepto partir de una idea muy concreta y, al enfrentarme a la escultura, a la madera o a la cerámica, tener que trabajar de otra manera. Y eso lo acepto.