BRASSAÏ Y EL AMOR POR LA IMAGEN

La Sala Bárbara de Braganza de la Fundación Mapfre inaugura este jueves 31 de mayo su siguiente exposición dedicada a la obra de Brassaï, un fotógrafo húngaro que comenzó su andadura en el período de entreguerras y consiguió un amplio reconocimiento con su obra personal.

Esta es la segunda retrospectiva dedicada al artista en nuestro país desde aquella exposición organizada en la Fundación Antoni Tàpies en 1993. 25 años más tarde, la Fundación Mapfre propone este acercamiento a la figura de Brassaï gracias a la colaboración de numerosas instituciones que han hecho posible el montaje.

Brassaï. Vista desde el Pont Royal hacia el Pont Solférino, c. 1933

Nació en Brasov (en 1899, cuando aún pertenecía a Hungría). El itinerario europeo de este artista fue muy diverso y vivió en varias ciudades antes de desplazarse a Francia. Asimismo, su formación académica empezó en la Facultad de Bellas Artes de Budapest, aunque luego abandonó sus estudios para combatir en la Primera Guerra Mundial. Al final del conflicto, comenzó a trabajar como periodista en Berlín y más tarde en París, momento en el que dio un giro a su carrera. En la capital francesa experimentó una conexión inmediata con el lenguaje surrealista, y este interés le llevó a colaborar con Dalí, Picasso, Giacometti y Matisse, entre otros. Fruto de la alianza creativa con Dalí es la colección de imágenes “Esculturas involuntarias”, con la que inicia su senda personal con la fotografía.

Brassaï hizo acopio de numerosos elementos que encontraba en su vida cotidiana y que integraba en sus composiciones, muchas veces como mosaicos o como relatos secuenciales con los que deconstruir, reformar e interpretar la realidad, algo muy propio de la corriente artística en la que se movía. No obstante, su obra es difícil de encasillar. En su trabajo encontramos las imágenes de los grafitis urbanos del París de los barrios marginales, la exploración de la vida nocturna, con retratos “sin filtro” de los burdeles y las comisarías de distrito…

"Tanto si les gusta como si no, los pintores de la vida moderna son los fotógrafos", dijo Brassaï en 1949. Su fascinación por la capital francesa le llevó a recorrer todos sus rincones, a ir más allá de la belleza magnífica y monumental de sus calles, a buscar el pulso de su vida ajetreada y vertiginosa en la cumbre de los movimientos artísticos del primer tercio de siglo. Esta exposición abarca la amplia trayectoria de este artista y nos muestra su versatilidad en estado puro.

Inconfundible y personal, la obra de Tamara Łempicka condensa toda una corriente estética que hizo furor en el primer tercio del siglo pasado al tiempo que consiguió autodefinirse y marcar un estilo propio que hoy todos reconocemos. Los motivos y las composiciones que la artista escogía para sus piezas encajaban a la perfección con el Art Decó. Sus volúmenes envolventes, sus figuras redondeadas y un claro contraste de colores marcaron su trayectoria, lejos de los recursos florales y de las siluetas más esbeltas de desarrollo vertical que tanto definían este movimiento.

Tamara Łempicka, “Las jóvenes”, ca. 1930

Precisamente el triunfo de Tamara, ya en sus primeros años, y el hecho de que fuese una artista mujer abriéndose camino en un sector hasta el momento aún dominado por los hombres, encierra un halo de misterio y glamour que sigue despertando nuestra curiosidad. La vida de esta pintora nacida en Varsovia en 1898 representa el espíritu bohemio que habitualmente se atribuye a los artistas de principios de siglo, con una producción muy demandada y una larga lista de espera para encargar un retrato.

Su vida, en efecto, es el relato de un viaje sin tregua que comenzó con sus estudios en un internado en Suiza y con las vacaciones de familia por Italia. La Revolución Bolchevique supuso un cambio en su vida, cuando, ya casada, se convirtió en refugiada pasando por Copenhague, Londres y París, donde se estableció en 1923. En este contexto de huida y cambio, Tamara no abandonó la pintura, en la que se había iniciado en la adolescencia, y dejó que el influjo de las corrientes artísticas de la capital francesa penetrasen en su obra. Por eso, en ocasiones, sus pinturas se han calificado como de un “cubismo suave”, estilo en el que muchos artistas de la época estaban despuntando. En 1925 inauguró su primera gran exposición en Milán, y en 1927 obtiene su primer premio con la obra “Kizette en el balcón” en la Exposición Internacional de Burdeos. En los años siguientes da el salto a Nueva York, lugar donde su carrera llega a la cumbre.

Tamara Łempicka, “La durmiente”, 1932

La obra de Łempicka es enigmática y única, como ella misma, cuando abiertamente reconocía su bisexualidad en un contexto de prohibiciones sociales. Su estilo ha calado hondo, más allá incluso de la época en que la pintora alcanzó su mayor reconocimiento en vida, y ha influido en otros creadores posteriores que admiten la admiración que sus piezas despiertan. Hoy, su trabajo visita Madrid en el Palacio de Gaviria, 86 años después de que la propia Tamara pasase por nuestro país en uno de sus numerosas viajes por Europa.