Art Madrid'26 – BYE BYE WARHOL, WELCOME DIVERSIDAD

El sector del arte está tomando consciencia de que las instituciones culturales son generadores de discurso y deben desempeñar un papel en pro de la equidad y la igualdad de oportunidades. En cierta medida, conocemos el arte que da el salto a los grandes museos, a los artistas que protagonizan portadas de revistas, encabezan ránkings de ventas o compiten por los primeros puestos en la lista de los más demandados. Existe, no obstante, un arte desconocido, una producción extensa que se desarrolla al margen del mainstream de la creación contemporánea y que da voz a multitud de visiones sobre el mundo y la expresión plástica.

Wangechi Mutu. “Water Woman”, 2017. Obra adquirida por BMA.

En tiempos recientes, algunos centros han declarado su intención de abrir sus puertas a expresiones artísticas que están buscando su lugar en el amplio panorama del arte internacional. Ya sea de colectivos menos favorecidos o de países menos conocidos, la determinación de algunas instituciones para albergar estas formas de expresión está cristalizando en nuevas políticas aperturistas y omnicomprensivas.

Jack Whitten. “Cherrypicker,” 1990.

Un ejemplo práctico de esta línea de acción es la llevada a cabo por el Museo de Arte de Baltimore (BMA). Esta pinacoteca fundada en plena Gilded Age norteamericana, en 1914, acoge un fondo de 95.000 obras del siglo XIX hasta la actualidad, y alardea de poseer la mayor colección de piezas de Matisse del mundo (cerca de 1000). El museo también ostenta una de las mayores colecciones de arte africano del país y varias obras maestras de arte europeo.

Amy Sherald, “Planes, rockets, and the spaces in between”, 2018. Obra adquirida por BMA.

Pero lo paradigmático de esta institución es que ha decidido vender algunas de sus grandes piezas de arte contemporáneo para poder comprar obras de colectivos marginados del circuito del arte convencional, con especial atención a las mujeres artistas y al arte creado por afroamericanos. Como señala su director, Christopher Bedford, se trata de “corregir o reescribir el canon artístico de la posguerra”. En efecto, el pasado mayo el museo vendió en subasta cinco cuadros y está cerrando algunas ventas privadas para desprenderse de obras de Franz Kline, Kenneth Noland, Jules Olitski, Rauschenberg o Warhol con lo que alimentar un fondo para futuras adquisiciones.

Mary Reid Kelley y Patrick Kelley. “In The Body of the Sturgeon”, 2017. Obra adquirida por BMA.

Parte de ese dinero ya se ha reinvertido en obras de artistas surgidos de la diáspora africana como Wangechi Mutu, Isaac Julien, Njideka Akunyili Crosby o Lynette Yiadom-Boakye, y próximamente Amy Sherald, pintora afroamericana de Baltimore que comenzó a ser conocida después de que Michelle Obama le encargase su retrato oficial. En opinión de Bedford, nada de este debería despertar tanto interés y sorpresa. La responsabilidad de un centro de arte es estar al día y ofrecer una visión real de la creación que existe, no limitarse a mantener el sesgo canónico heredado.

 


CONVERSACIONES CON ADONAY BERMÚDEZ. PROGRAMA DE ENTREVISTAS. ART MADRID’26


La pintura de Daniel Bum (Villena, Alicante, 1994) se configura como un espacio de elaboración subjetiva donde la figura emerge no tanto como motivo representacional, sino como necesidad vital. La reiteración de ese personaje frontal y silencioso responde a un proceso íntimo: pintar deviene una estrategia para atravesar experiencias emocionales difíciles, un gesto insistente que acompaña y atenúa la sensación de soledad. En este sentido, la figura funciona como mediadora entre el artista y un estado afectivo complejo, vinculando la práctica pictórica con una reconexión con la infancia y con una dimensión vulnerable del yo.

La fuerte carga autobiográfica de su obra convive con una distancia formal que no obedece a una planificación consciente, sino que opera como mecanismo de protección. La contención visual, la aparente frialdad compositiva y la economía de recursos no neutralizan la emoción, sino que la encapsulan, evitando una exposición directa de lo traumático. De este modo, la tensión entre afecto y contención se instala como rasgo estructural de su lenguaje. Asimismo, lo ingenuo y lo inquietante coexisten en su pintura como polos inseparables, reflejo de una subjetividad atravesada por el misterio y por procesos inconscientes. Muchas imágenes surgen sin un significado claro previo y solo se revelan con el tiempo, cuando la distancia temporal permite reconocer los estados emocionales que las originaron.


La larga noche. Óleo, acrílico y carbón sobre lienzo. 160 x 200 cm. 2024


La figura humana aparece con frecuencia en tus obras: frontal, silenciosa, suspendida. ¿Qué te interesa de esa presencia que parece a la vez afirmativa y ausente?

No diría que me interesa nada en especial. Empecé a pintar esta figura porque había emociones que no lograba comprender y había un sentimiento que me era muy difícil de digerir. Este personaje surgió en un momento bastante complicado para mí, y el hecho de hacerlo y volver a hacerlo, repetirlo una y otra vez, hizo que durante el proceso no me sintiera tan solo. Al mismo tiempo me mantenía fresco y me conectaba con el niño interior que en ese momento estaba roto, y me hizo pasar el trago un poquito menos amargo.


Santito. Acrílico y óleo sobre lienzo. 81 x 65 cm. 2025


Hay en tu trabajo una dimensión afectiva muy fuerte, pero también una distancia calculada, una especie de frialdad formal. ¿Qué papel juega esa tensión entre emoción y contención?

No sabría decir exactamente qué papel juega esa tensión. Mi pintura parte de lo autobiográfico, de la memoria y de situaciones que he vivido y que han sido bastante traumáticas para mí. Quizá, como mecanismo de protección —para que no se pueda acceder directamente a esa vulnerabilidad o para que no resulte dañina— aparece esa distancia de manera inconsciente. No es algo planificado ni controlado; simplemente surge y está ahí.


Pintor de noche. Acrílico sobre lienzo. 35 x 27 cm. 2025


Tu lenguaje plástico oscila entre lo ingenuo y lo inquietante, lo próximo y lo extraño. ¿Cómo conviven para ti esas tensiones, y qué función cumplen dentro de tu búsqueda visual?

Pues creo que tal cual soy yo. No podría convivir lo uno sin lo otro. No podría existir lo ingenuo sin lo inquietante; para mí van necesariamente de la mano. Me atrae mucho lo misterioso y el acto de pintar cosas que ni yo mismo comprendo del todo. Muchas de las expresiones o de los retratos que realizo surgen del inconsciente, no están planificados. Es a posteriori cuando empiezo a entenderlos, y casi nunca de manera inmediata. Siempre pasa un tiempo considerable hasta que puedo reconocer cómo estaba yo en ese momento en el que los hice.


Qi. Acrílico sobre lienzo. 81 x 65 cm.2025


La sencillez formal de tus imágenes no parece una cuestión de economía, sino de concentración. ¿Qué tipo de verdad estética crees que puede alcanzar la pintura cuando se despoja de todo lo accesorio?

No sabría decir qué verdad estética hay detrás de esa sencillez. Lo que sí sé es que es algo que necesito para estar en calma. Me abruma cuando hay demasiadas cosas en el cuadro, y desde siempre me ha llamado la atención lo mínimo, cuando hay poco, cuando casi no hay nada. Creo que ese despojamiento me permite acercarme a la pintura desde otro estado, más concentrado, más silencioso. No sabría explicarlo del todo, pero es ahí donde siento que puedo trabajar con mayor claridad.


Crucifixión. Acrílico sobre lienzo. 41 x 33 cm. 2025


¿Hasta qué punto planificas tus obras y cuánto espacio dejas para que ocurra lo inesperado?

Normalmente me siento más cómodo dejando espacio a lo inesperado. Me interesa la incertidumbre; tenerlo todo bajo control me resulta bastante aburrido. Lo he intentado en algunas ocasiones, sobre todo cuando me he propuesto trabajar en series muy planificadas, con bocetos cerrados que luego quería trasladar a la pintura, pero no era algo con lo que me identificara. Sentía que desaparecía una parte fundamental del proceso: el juego, ese espacio en el que la pintura puede sorprenderme a mí mismo. Por eso no suelo planificar demasiado y, cuando lo hago, es de una manera muy sencilla: algunas líneas, algún plano de color. Prefiero que sea en el propio cuadro donde suceda todo.