BYE BYE WARHOL, WELCOME DIVERSIDAD

El sector del arte está tomando consciencia de que las instituciones culturales son generadores de discurso y deben desempeñar un papel en pro de la equidad y la igualdad de oportunidades. En cierta medida, conocemos el arte que da el salto a los grandes museos, a los artistas que protagonizan portadas de revistas, encabezan ránkings de ventas o compiten por los primeros puestos en la lista de los más demandados. Existe, no obstante, un arte desconocido, una producción extensa que se desarrolla al margen del mainstream de la creación contemporánea y que da voz a multitud de visiones sobre el mundo y la expresión plástica.

Wangechi Mutu. “Water Woman”, 2017. Obra adquirida por BMA.

En tiempos recientes, algunos centros han declarado su intención de abrir sus puertas a expresiones artísticas que están buscando su lugar en el amplio panorama del arte internacional. Ya sea de colectivos menos favorecidos o de países menos conocidos, la determinación de algunas instituciones para albergar estas formas de expresión está cristalizando en nuevas políticas aperturistas y omnicomprensivas.

Jack Whitten. “Cherrypicker,” 1990.

Un ejemplo práctico de esta línea de acción es la llevada a cabo por el Museo de Arte de Baltimore (BMA). Esta pinacoteca fundada en plena Gilded Age norteamericana, en 1914, acoge un fondo de 95.000 obras del siglo XIX hasta la actualidad, y alardea de poseer la mayor colección de piezas de Matisse del mundo (cerca de 1000). El museo también ostenta una de las mayores colecciones de arte africano del país y varias obras maestras de arte europeo.

Amy Sherald, “Planes, rockets, and the spaces in between”, 2018. Obra adquirida por BMA.

Pero lo paradigmático de esta institución es que ha decidido vender algunas de sus grandes piezas de arte contemporáneo para poder comprar obras de colectivos marginados del circuito del arte convencional, con especial atención a las mujeres artistas y al arte creado por afroamericanos. Como señala su director, Christopher Bedford, se trata de “corregir o reescribir el canon artístico de la posguerra”. En efecto, el pasado mayo el museo vendió en subasta cinco cuadros y está cerrando algunas ventas privadas para desprenderse de obras de Franz Kline, Kenneth Noland, Jules Olitski, Rauschenberg o Warhol con lo que alimentar un fondo para futuras adquisiciones.

Mary Reid Kelley y Patrick Kelley. “In The Body of the Sturgeon”, 2017. Obra adquirida por BMA.

Parte de ese dinero ya se ha reinvertido en obras de artistas surgidos de la diáspora africana como Wangechi Mutu, Isaac Julien, Njideka Akunyili Crosby o Lynette Yiadom-Boakye, y próximamente Amy Sherald, pintora afroamericana de Baltimore que comenzó a ser conocida después de que Michelle Obama le encargase su retrato oficial. En opinión de Bedford, nada de este debería despertar tanto interés y sorpresa. La responsabilidad de un centro de arte es estar al día y ofrecer una visión real de la creación que existe, no limitarse a mantener el sesgo canónico heredado.

 

Inconfundible y personal, la obra de Tamara Łempicka condensa toda una corriente estética que hizo furor en el primer tercio del siglo pasado al tiempo que consiguió autodefinirse y marcar un estilo propio que hoy todos reconocemos. Los motivos y las composiciones que la artista escogía para sus piezas encajaban a la perfección con el Art Decó. Sus volúmenes envolventes, sus figuras redondeadas y un claro contraste de colores marcaron su trayectoria, lejos de los recursos florales y de las siluetas más esbeltas de desarrollo vertical que tanto definían este movimiento.

Tamara Łempicka, “Las jóvenes”, ca. 1930

Precisamente el triunfo de Tamara, ya en sus primeros años, y el hecho de que fuese una artista mujer abriéndose camino en un sector hasta el momento aún dominado por los hombres, encierra un halo de misterio y glamour que sigue despertando nuestra curiosidad. La vida de esta pintora nacida en Varsovia en 1898 representa el espíritu bohemio que habitualmente se atribuye a los artistas de principios de siglo, con una producción muy demandada y una larga lista de espera para encargar un retrato.

Su vida, en efecto, es el relato de un viaje sin tregua que comenzó con sus estudios en un internado en Suiza y con las vacaciones de familia por Italia. La Revolución Bolchevique supuso un cambio en su vida, cuando, ya casada, se convirtió en refugiada pasando por Copenhague, Londres y París, donde se estableció en 1923. En este contexto de huida y cambio, Tamara no abandonó la pintura, en la que se había iniciado en la adolescencia, y dejó que el influjo de las corrientes artísticas de la capital francesa penetrasen en su obra. Por eso, en ocasiones, sus pinturas se han calificado como de un “cubismo suave”, estilo en el que muchos artistas de la época estaban despuntando. En 1925 inauguró su primera gran exposición en Milán, y en 1927 obtiene su primer premio con la obra “Kizette en el balcón” en la Exposición Internacional de Burdeos. En los años siguientes da el salto a Nueva York, lugar donde su carrera llega a la cumbre.

Tamara Łempicka, “La durmiente”, 1932

La obra de Łempicka es enigmática y única, como ella misma, cuando abiertamente reconocía su bisexualidad en un contexto de prohibiciones sociales. Su estilo ha calado hondo, más allá incluso de la época en que la pintora alcanzó su mayor reconocimiento en vida, y ha influido en otros creadores posteriores que admiten la admiración que sus piezas despiertan. Hoy, su trabajo visita Madrid en el Palacio de Gaviria, 86 años después de que la propia Tamara pasase por nuestro país en uno de sus numerosas viajes por Europa.