Art Madrid'26 – MORIR DE ÉXITO: CÓMO HACER SOSTENIBLES LOS MUSEOS EN EL SIGLO XXI

Hace apenas unos días se publicó el ranking de los museos más visitados del mundo en 2018. Una vez más, el Louvre ocupaba la primera posición, y también con gran satisfacción veíamos que el Reina Sofía se mantenía entre los 20 primeros un año más. En el panorama mundial, los museos europeos tienen un peso considerable, con 9 instituciones situadas en los primeros 20 puestos. En conjunto, las cifras reflejan un aumento del 15% en el número de visitantes, lo que demuestra el creciente interés del público por acceder a estas grandes colecciones.

Visitantes ante la "Mona lisa" en el Louvre en París. Foto: Pedro Fiuza/NurPhoto — Sipa, (vía Associated Press nytimes.com)

No obstante, estos datos no son tan halagüeños como pudiera parecer. A pesar de las dimensiones de estos enormes museos, el volumen de visitantes es tal que el disfrute de las obras se resiente y las labores de mantenimiento son cada vez más exigentes. El pasado 27 de mayo, el Louvre se vio obligado a cerrar sus puertas por una huelga convocada por los vigilantes de sala en protesta por la falta de recursos ante esta crecida de las visitas. Los pasillos se hacen intransitables y las obras se pierden tras un parapeto de brazos alzados, smartphone en mano, para sacarse la foto de recuerdo entre hordas de turistas. Este museo, en concreto, superó los 10 millones de visitantes el pasado año, lo que supuso un aumento del 25% con respecto al año anterior.

Este fenómeno no es ajeno al boom que está sufriendo el turismo en los últimos años. No solo viajar se ha hecho más asequible, sino que se ha convertido en un punto más en la lista de “cosas que hacer en la vida” para los que transitamos por el siglo XXI. El enorme abanico de posibilidades que nos brinda la actualidad choca con la necesidad de adoptar medidas de protección del patrimonio cultural y de la propia vida. Al mismo tiempo, es necesario luchar contra el poder de atracción de algunos lugares especialmente demandados, algo que repercute negativamente en la sostenibilidad de su estilo de vida y afecta al carácter estacionario de su economía. Se habla hoy mucho de turismo sostenible, y parece que se dice a la ligera, pero los desplazamientos de la gente y la expansión de los hábitos de consumo capitalista tienen un impacto directo en el medioambiente y en la conservación de los monumentos.

'Dalí', la exposición más visitada de Europa, por: Miguel Ángel García Vega (vía blogs.elpais.com)

No estamos ante un problema de solución fácil. El turismo es uno de los principales motores de la economía para muchos países. Algunas instituciones carecen de inyección de fondos públicos y deben mantenerse íntegramente con sus ingresos, obtenidos en muchas ocasiones de la venta de entradas. Algunos museos, como el Prado, tratan de establecer una política que permita seguir disfrutando del recorrido a los visitantes y tiene prohibido sacar fotografías con el móvil en las salas. Los motivos para tomar esta medida son múltiples, y para que nadie pueda quejarse (porque hay quienes se quejan), se ha procedido a la digitalización de las grandes obras de la colección con imágenes de alta definición accesibles en la página web oficial.

Estos datos ponen de manifiesto que el sector cultural no es ajeno a los grandes movimientos de tendencia que prescriben la obligatoriedad de visitar determinados centros, pasar por ciertos sitios y sacarse la foto de rigor para compartirla en las redes sociales. Es positivo que el arte pueda ser “trendy”, pero no lo es si esta moda conlleva el deterioro de la experiencia del museo, un falso conocimiento de lo que se está viendo, el secuestro de ciertas instituciones frente a otras del entorno próximo que siguen vacías, y la estandarización de los museos como consecuencia de la globalización. En el debate sobre el futuro de estas instituciones en el siglo XXI, que tuvo lugar en París en enero de 2018 y al que acudieron los directores de los principales museos del mundo, Bernard Blistène, director del Centro Pompidou, declaró: “un museo no debe tender hacia una colección ideal que no existe, sino construirse a partir de su singularidad. Sería ridículo ver cómo los museos se homogenizan para responder a una definición que, en realidad, deberíamos deconstruir: la del arte moderno. Tenemos que repensar el modelo inicial”.

Andy Stalman, “Louvre” (vía tendencias21.net)

Los retos del futuro para estos centros no pasan solo por la necesidad de hacer frente a su actividad con presupuestos cada vez más ajustados, sino también al cumplimiento de una misión social y cultural que afecta al conjunto de la sociedad mundial. Y en el trabajo hacia esos objetivos, cuestiones como la sostenibilidad y el equilibrio en el volumen de visitantes, son clave. Algunas voces apuntan que conviene fomentar la descentralización, abriendo filiales de los principales museos en otros lugares del mundo, como es el caso del Louvre, por mencionar un ejemplo cercano, que pronto inaugurará su centro de Abu Dabi. Pero estas soluciones son en realidad un ejemplo claro del impacto de la globalización y cómo alcanza también al sector del arte. El turismo de masas (y su consumo cultural) está tan íntimamente vinculado a este fenómeno que las estadísticas parecen arrojar resultados contradictorios.

Museo historia natural Londres. Foto: Son of Groucho (de Flickr, vía waitamoment.co.uk)

Volviendo al Prado, con sus casi constantes 3 millones de visitas en los últimos años, una encuesta lanzada a principios de este año para sondear los hábitos de los españoles indica que solo el 5,7% de los encuestados visitaron el museo en el último año, que un 37,5% no lo han visitado nunca y un 16% no tiene interés alguno en hacerlo. Sabemos que las estadísticas son eso, estadísticas, pero los datos nos aproximan a una realidad que parece pasar desapercibida. En este boom por acudir a los grandes museos, los visitantes nacionales son los menos interesados en disfrutar de estas instituciones. Y este puede ser el motivo que explique por qué las grandes pinacotecas están abarrotadas, y los museos más modestos, igualmente interesantes, se mantienen vacíos. Quizás una de las principales líneas de trabajo sea seguir educando en arte y cultura para despertar el interés de los ciudadanos por acercarse al arte que tienen más cerca y a su alcance, al tiempo que se canalizan otras formas de financiación para los museos que garanticen su sostenibilidad sin tener que depender tanto del volumen de visitas.

 


CONVERSACIONES CON ADONAY BERMÚDEZ. PROGRAMA DE ENTREVISTAS. ART MADRID’26


La pintura de Daniel Bum (Villena, Alicante, 1994) se configura como un espacio de elaboración subjetiva donde la figura emerge no tanto como motivo representacional, sino como necesidad vital. La reiteración de ese personaje frontal y silencioso responde a un proceso íntimo: pintar deviene una estrategia para atravesar experiencias emocionales difíciles, un gesto insistente que acompaña y atenúa la sensación de soledad. En este sentido, la figura funciona como mediadora entre el artista y un estado afectivo complejo, vinculando la práctica pictórica con una reconexión con la infancia y con una dimensión vulnerable del yo.

La fuerte carga autobiográfica de su obra convive con una distancia formal que no obedece a una planificación consciente, sino que opera como mecanismo de protección. La contención visual, la aparente frialdad compositiva y la economía de recursos no neutralizan la emoción, sino que la encapsulan, evitando una exposición directa de lo traumático. De este modo, la tensión entre afecto y contención se instala como rasgo estructural de su lenguaje. Asimismo, lo ingenuo y lo inquietante coexisten en su pintura como polos inseparables, reflejo de una subjetividad atravesada por el misterio y por procesos inconscientes. Muchas imágenes surgen sin un significado claro previo y solo se revelan con el tiempo, cuando la distancia temporal permite reconocer los estados emocionales que las originaron.


La larga noche. Óleo, acrílico y carbón sobre lienzo. 160 x 200 cm. 2024


La figura humana aparece con frecuencia en tus obras: frontal, silenciosa, suspendida. ¿Qué te interesa de esa presencia que parece a la vez afirmativa y ausente?

No diría que me interesa nada en especial. Empecé a pintar esta figura porque había emociones que no lograba comprender y había un sentimiento que me era muy difícil de digerir. Este personaje surgió en un momento bastante complicado para mí, y el hecho de hacerlo y volver a hacerlo, repetirlo una y otra vez, hizo que durante el proceso no me sintiera tan solo. Al mismo tiempo me mantenía fresco y me conectaba con el niño interior que en ese momento estaba roto, y me hizo pasar el trago un poquito menos amargo.


Santito. Acrílico y óleo sobre lienzo. 81 x 65 cm. 2025


Hay en tu trabajo una dimensión afectiva muy fuerte, pero también una distancia calculada, una especie de frialdad formal. ¿Qué papel juega esa tensión entre emoción y contención?

No sabría decir exactamente qué papel juega esa tensión. Mi pintura parte de lo autobiográfico, de la memoria y de situaciones que he vivido y que han sido bastante traumáticas para mí. Quizá, como mecanismo de protección —para que no se pueda acceder directamente a esa vulnerabilidad o para que no resulte dañina— aparece esa distancia de manera inconsciente. No es algo planificado ni controlado; simplemente surge y está ahí.


Pintor de noche. Acrílico sobre lienzo. 35 x 27 cm. 2025


Tu lenguaje plástico oscila entre lo ingenuo y lo inquietante, lo próximo y lo extraño. ¿Cómo conviven para ti esas tensiones, y qué función cumplen dentro de tu búsqueda visual?

Pues creo que tal cual soy yo. No podría convivir lo uno sin lo otro. No podría existir lo ingenuo sin lo inquietante; para mí van necesariamente de la mano. Me atrae mucho lo misterioso y el acto de pintar cosas que ni yo mismo comprendo del todo. Muchas de las expresiones o de los retratos que realizo surgen del inconsciente, no están planificados. Es a posteriori cuando empiezo a entenderlos, y casi nunca de manera inmediata. Siempre pasa un tiempo considerable hasta que puedo reconocer cómo estaba yo en ese momento en el que los hice.


Qi. Acrílico sobre lienzo. 81 x 65 cm.2025


La sencillez formal de tus imágenes no parece una cuestión de economía, sino de concentración. ¿Qué tipo de verdad estética crees que puede alcanzar la pintura cuando se despoja de todo lo accesorio?

No sabría decir qué verdad estética hay detrás de esa sencillez. Lo que sí sé es que es algo que necesito para estar en calma. Me abruma cuando hay demasiadas cosas en el cuadro, y desde siempre me ha llamado la atención lo mínimo, cuando hay poco, cuando casi no hay nada. Creo que ese despojamiento me permite acercarme a la pintura desde otro estado, más concentrado, más silencioso. No sabría explicarlo del todo, pero es ahí donde siento que puedo trabajar con mayor claridad.


Crucifixión. Acrílico sobre lienzo. 41 x 33 cm. 2025


¿Hasta qué punto planificas tus obras y cuánto espacio dejas para que ocurra lo inesperado?

Normalmente me siento más cómodo dejando espacio a lo inesperado. Me interesa la incertidumbre; tenerlo todo bajo control me resulta bastante aburrido. Lo he intentado en algunas ocasiones, sobre todo cuando me he propuesto trabajar en series muy planificadas, con bocetos cerrados que luego quería trasladar a la pintura, pero no era algo con lo que me identificara. Sentía que desaparecía una parte fundamental del proceso: el juego, ese espacio en el que la pintura puede sorprenderme a mí mismo. Por eso no suelo planificar demasiado y, cuando lo hago, es de una manera muy sencilla: algunas líneas, algún plano de color. Prefiero que sea en el propio cuadro donde suceda todo.