Art Madrid'26 – ACÉRCATE A DESCUBRIR LO QUE EL OJO NO VE

Ojos de araña saltarina. Ampliación aproximada 10x.
Javier Rupérez es un fotógrafo que se ha especializado en imágenes de insectos ayudándose de lámparas led pequeñas para iluminar a sus modelos de 8 patas.

 

 

 

La tecnología se ha puesto al servicio de la ciencia trabajando en mejores telescopios, mejores microscopios, lentes de mayor alcance… de las que siempre se pide una imagen como resultado, una instantánea que recoja por fin ese descubrimiento, ese momento único. Pero sin necesidad de traspasar los confines de nuestro planeta, el mundo bajo el microscopio ofrece infinidad de posibilidades.

 

 

 

Igor Siwanowicz. Pie delantero (tarso) de un escarabajo, aumentado x100.
5ª puesto en el concurso Small World de Nikon en 2016.

 

 

 

El uso de la fotografía macro comenzó a extenderse en el sector de la investigación biológica, pero pronto se puso de manifiesto el potencial artístico que encerraba. A medio camino entre la investigación y la composición fotográfica, algunas de estas imágenes parecen inverosímiles, o incluso podríamos creer que son cualquier cosa distinta de la que realmente son.

 

 

 

Alexey Kljatov se ha inspirado en su Rusia natal para descubrir la belleza de los copos de nieve.

 

 

 

La fotografía macro trabaja con imágenes de objetos pequeños cuyas dimensiones han de verse al menos al mismo tamaño que el suyo real. Muchas casas de fotografía se han volcado en crear objetivos con lentes especializadas para este tipo de trabajos con resultados sorprendentes.

 

 

 

Suren Manvelyan.

 

 

Suren Manvelyan fue profesor de matemáticas y astronomía antes de centrarse por completo en la fotografía. Hoy trabaja como fotógrafo para Yerevan Magazine y se ha especializado en fotografía macro.

 

Algunas de las capturas más impactantes son de objetos aumentados hasta 30 veces su tamaño, lo que desvela una realidad inaccesible al ojo humano, un universo de detalles invisibles que incluso, sacados de contexto, pierden la referencia de sus dimensiones y pueden aparentar construcciones monumentales.

 

 

 

Francis Sneyers, Alas de mariposa, aumentadas x10.
11º puesto en en el concurso Small World de Nikon en 2016.

 

 

Sharon Jhonstone es una fotógrafa inglesa que trabaja la macrofotografía artística. La elección del motivo, del color y de la luz no son en absoluto casuales en la búsqueda de la sintonía perfecta en sus composiciones aumentadas.

 

 

 

 

Sharon Jhonstone.


CONVERSACIONES CON ADONAY BERMÚDEZ. PROGRAMA DE ENTREVISTAS. ART MADRID’26


La práctica del colectivo DIMASLA (Diana + Álvaro), (Valencia, 2018), se sitúa en un cruce fértil entre arte contemporáneo, pensamiento ecológico y una filosofía de la experiencia que desplaza el énfasis de la producción hacia la atención. Frente a la aceleración visual y material del presente, su trabajo no propone una oposición frontal, sino una reconciliación sensible con el tiempo, entendido como duración vivida más que como medida. La obra emerge así como un ejercicio de detenimiento, una pedagogía de la percepción donde contemplar y escuchar devienen modos de conocimiento.

En sus trabajos, el territorio no funciona como marco, sino como agente. El paisaje participa activamente en el proceso, estableciendo una relación dialógica que recuerda a ciertas corrientes eco-críticas, en las que la subjetividad se descentra y se reconoce como parte de un entramado más amplio. Esta apertura implica una ética de la exposición: exponerse al clima, a la intemperie y a lo imprevisible supone aceptar la vulnerabilidad como condición epistemológica.

Los materiales -telas, pigmentos, huellas- operan como superficies de inscripción temporal, memorias donde el tiempo deja rastro. La planificación inicial se concibe como hipótesis abierta, permitiendo que el azar y el error actúen como fuerzas productivas. De este modo, la práctica artística de DIMASLA (Diana + Álvaro) articula una poética del cuidado y del estar-con, donde crear es, ante todo, una forma profunda de sentir y comprender la naturaleza.



En un momento histórico marcado por la velocidad y la sobreproducción de imágenes, vuestro trabajo parece reivindicar la lentitud y la escucha como formas de resistencia. ¿Podría decirse que vuestra práctica propone un modo de reaprender el tiempo desde la experiencia estética?

Diana: Sí, pero más que resistencia o reivindicación, es conciliación, es amor. Parece lentitud, pero es detenimiento, es reflexión. Ocupar el tiempo desde la contemplación o la escucha es una manera de sentir. La experiencia estética nos lleva a un camino de reflexión sobre lo que hay fuera y lo que hay dentro.


El territorio no aparece en vuestra obra como un fondo o un escenario, sino como un interlocutor. ¿Cómo se negocia esa conversación entre la voluntad del artista y la voz del lugar, cuando el paisaje mismo participa del proceso creativo?

Álvaro: Para nosotros el paisaje es como un compañero de vida o un amigo cómplice, y lógicamente es una relación íntima que se extiende a nuestra práctica. Vamos a visitarlo, a estar con él, a co-crear juntos. Entablamos una conversación que va más allá de la estética; son conversaciones llenas de acción, contemplación, comprensión y respeto.

Al final, de algún modo, él se expresa a través del material y nosotros respetamos todas sus cuestiones, valorando al mismo tiempo aquello que nos inquieta, nos produce y nos estimula en torno a esta relación.


La conquista de los conejos I & II. 2021. Proceso.


En vuestro modo de hacer se intuye una ética de la exposición: exponerse al entorno, al clima, al otro, a lo impredecible. ¿Hasta qué punto esa vulnerabilidad es también una forma de conocimiento?

Diana: Para nosotros esa vulnerabilidad nos enseña mucho, sobre todo humildad. Cuando estamos ahí fuera y sentimos el frío, la lluvia o el sol, nos damos cuenta de lo pequeños e insignificantes que somos en comparación a la grandeza y la fuerza de la naturaleza.

Entonces, sí; consideramos esa vulnerabilidad como una fuente profunda de conocimiento que nos ayuda, entre otras muchas cosas, a despojarnos del ego y a entender que solo somos una pequeña parte de un entramado mucho más complejo.


A veces las montañas también lloran. 2021. Desprendimiento de rocas caliza, sol, lluvia, viento, resina de pino sobre acrílico en tela de algodón natural, expuesta en manto de esparto y caliza durante dos meses. 195 cm x 130 cm x 3 cm.


Vuestras obras a menudo emergen de procesos prolongados de exposición al medio. ¿Podría pensarse que la materia -las telas, los pigmentos, los rastros del entorno- actúa como una memoria que el tiempo escribe sobre vosotros tanto como vosotros sobre ella?

Álvaro: Esto da para una conversación larga sentados en una piedra; sería bastante estimulante. A ver, si las experiencias moldean el interior de las personas y esto nos hace ser quienes somos en un momento presente, diría que sí, sobre todo a lo primero. Salir de nuestra zona de confort nos ha llevado a aprender de la perseverancia de las plantas, la calma geológica de las montañas, y con ello a reconciliarnos con el tiempo, el entorno, la naturaleza, con nosotros mismos e incluso con nuestra propia práctica. Igual que las telas guardan la memoria del lugar, nosotros reaprendimos a poner detenimiento y comprensión. Al final, es una manera de profundizar en el sentir.


El zorro y sus camelos.2022. Detalle.


¿Hasta qué punto planificáis vuestras obras y cuánto espacio dejáis para que ocurra lo inesperado o, incluso, al error?

Diana: Nuestra planificación se reduce a la hipótesis inicial. Elegimos los materiales, los colores, los lugares e incluso a veces la ubicación, pero dejamos todo el espacio posible para que ocurra lo inesperado. Al final se trata de eso, de que la naturaleza hable y que la vida suceda. Para nosotros, tanto lo inesperado como el error forman parte de la complejidad del mundo, y en ello encontramos una belleza natural.