DISNEY: LA FACTORÍA DE LA ILUSIÓN

CaixaForum Madrid inaugurará el 17 de julio una exposición dedicada a Disney, donde se reúnen multitud de obras de este grande del cine animado desde su fundación hasta nuestros días. Después de haber pasado por Barcelona, la colección llega a la capital acompañada de un programa de actividades pensadas para mayores y pequeños.

Con el título “El arte de contar historias”, la exposición rescata los orígenes de Disney, una empresa creada en torno a la pasión de su creador, Walter Elias Disney, quien comenzó a trabajar como dibujante a principios del s. XX. En 1920, él y su hermano decidieron establecerse en Hollywood para lanzar la primera gran factoría de dibujos animados del mundo. En esos inicios, el ratón Mickey era la estrella, pero todavía en blanco y negro.

Una de las grandes apuestas de Disney fue la innovación tecnológica. En 1928 su película “El Barco de vapor” era el primer producto animado en el que imagen y sonido estaban perfectamente sincronizados. El technicolor llegó en 1932, con el corto “Flores y árboles”. El siguiente hito fue un largometraje completo de dibujos animados, “Blancanieves y los siete enanitos”, que vio la luz apenas cinco años después, en 1937.

La infancia de muchos de nosotros no habría sido lo mismo sin las historias de Disney. Si bien en los últimos años, la empresa se ha convertido en un gigante de la industria del cine con capacidad para adquirir las producción de otros grandes sellos, como Marvel, los orígenes estaban claramente orientados a un público infantil ávido de diversión y entretenimiento. Tampoco podemos olvidar el impacto de Disney en nuestra forma de entender ahora muchos cuentos clásicos que se han visto por completo transformados para adaptarse a los gustos y la ideología de la empresa. La factoría era también (no lo olvidemos) un producto de su tiempo, surgida en pleno auge económico norteamericano, en un período de postguerra muy sensible a los finales trágicos y dramáticos que optó por ofrecer una relectura de las historias hasta convertirlas en el paradigma de la felicidad que hoy son.

Si algo hay que reconocerle a Disney es su capacidad de crear mitos. Sus propuestas han ido mucho más allá de los dibujos con que creció la empresa, ha trascendido fronteras más allá de lo imaginable, y ha creado un imperio próximo a cumplir su primer siglo de trayectoria. Y como broche final está su propio fundador, fallecido en 1966, en torno al que surgió una de las leyendas urbanas más extendidas de nuestros tiempo: la de que su cuerpo estaba crioconservado en espera de nuevos avances tecnológicos para revivirlo. Una forma de hacer eterna la ilusión y la fantasía.

 

Dentro de los perfiles profesionales especializados que se pueden encontrar en el sector cultural, y más concretamente, en el ámbito de las artes visuales, una de las ocupaciones más recientes es la del comisario. Si la década de los 80 fue el auge del rol del artista, con su carácter innovador y la puesta en valor de su figura como articulador esencial de las propuestas creativas, el final de siglo trasladó el interés hacia los propios centros expositivos y su labor como custodios de la producción actual y como espacios para dar cabida a todas las propuestas. El cambio de milenio introdujo con fuerza en este panorama el rol del comisario. Quizás unido a una crisis de identidad social, quizás a la complejidad que está adquiriendo actualmente los proyectos contemporáneos, la necesidad de construir, articular y ahondar en los discursos artísticos se hizo evidente.

Aunque las funciones encomendadas a esta profesión no son nuevas en su totalidad, pues antes habían sido asumidas por conservadores, críticos o expertos según las temáticas, el rol ha adquirido solidez porque aúna todas estas finalidades al tiempo que permite la especialización de otros profesionales en sus respectivos ámbitos de competencia. Ahora bien, como algunos comisarios mismos señalan, no debe olvidarse el espíritu genuino de esta figura, que ha nacido para facilitar el entendimiento del discurso, crear narrativas dentro de un contexto en ocasiones caótico y disperso, mediar entre las obras y el espectador y crear puentes entre el arte contemporáneo y la sociedad.

El arte de nuestros días plantea multitud de incógnitas para el visitante que debe enfrentarse a propuestas muchas veces alejadas de los cánones estéticos pautados, lo que da paso a la incertidumbre y el desconcierto; pero, a su vez, estas obras emplean un lenguaje más cercano, unos materiales y hasta composiciones desprendidas de la sofisticación y el alarde técnico de antaño, algo que, lejos de favorecer la proximidad con el mensaje, genera cierto distanciamiento. Lo que acabamos de describir es parte de la esencia misma del arte actual. El cuestionamiento de las pautas formalistas y el recurso a elementos tangibles más utilitarios que embellecedores son los nuevos criterios de la creación, donde, por encima de todo prima el mensaje que se quiere transmitir.

Asimismo, otra característica intrínseca de la obra de nuestro tiempo es la preocupación de los artistas por temáticas más inmediatas, por cuestiones de carácter social, político y económico que buscar crear un revulsivo narrativo y conceptual, dejando atrás la prioridad estética o, mejor dicho, haciendo del discurso su propia estética. En este contexto, por extraño que pueda parecer, la creación contemporánea se encuentra con una barrera lingüística dificultando el entendimiento del espectador. Y a esta circunstancia se suma la abundante producción actual, abarcando un amplio abanico de temáticas que no son sino trasunto de nuestra sociedad diversa y globalizada.

El comisario contribuye a facilitar esa comprensión articulando un discurso coherente que permita la agrupación de ideas conexas para cohesionar el mensaje. Esto exige tener un profundo conocimiento del estado actual del arte, de las líneas de trabajo de los creadores, de las propuestas estéticas más recientes y de las demandas reales de la sociedad para tender un puente al diálogo y permitir el acercamiento al arte. Si el arte se ocupa de los mismos asuntos que nos preocupan a todos, ¿cómo no vamos a compartir sus postulados? La mediación cultural requiere del trabajo de los comisarios para abrir una pequeña ventana a la reflexión y para posibilitar un espacio de intercambio y de generación de ideas. Compartimos el pensamiento que José Guirao expresó en una entrevista reciente: “El comisario es alguien que desvela algo nuevo y sería un error que los comisarios se conviertan en gestores”.

Entendido así el papel del comisario, muchas instituciones se han subido al carro de crear convocatorias específicas para que los nuevos profesionales puedan dar salida a sus propuestas. Recordemos a modo de ejemplo la convocatoria “Inéditos” de La Casa Encendida, “Se busca comisario”, de la Comunidad de Madrid, o la convocatoria de Comisariado de La Caixa.