EL PAISAJE EVOCADOR

Parece que el arte contemporáneo ha dado en reflexionar sobre la relación del individuo con el entorno poniendo el punto de mira en la modificación del medio natural, la invasión, la ocupación, la apropiación y el acotamiento. La construcción de muros, el levantamiento de edificios, la urbanización de la escena… son temáticas hoy íntimamente conectadas con otras grandes preocupaciones de nuestro tiempo como el calentamiento global o la sobreexplotación de recursos. En esta tendencia se advierte una adaptación del lenguaje artístico a los dictados tecnológicos de nuestro tiempo, y un uso recurrente de materiales, disciplinas y técnicas que incorporan una gran carga visual al tiempo que ahondan en un mensaje de denuncia, que va más allá de las imposiciones estéticas.

Wilbur Streech, “Hidden Lagoon”

La priorización del discurso ha desplazado la tradicionalmente reinante composición. Estamos en la era de que el formalismo ha perdido vigencia, y la atención se traslada al eclecticismo, la reutilización y el valor de la narrativa. La mayoría del arte contemporáneo se define como un medio que canaliza la crítica de nuestro tiempo, que condensa la preocupación de las nuevas generaciones, la visión pesimista e incoformista ante un futuro incierto y el cuestionamiento de los valores de una sociedad acomodada y consumista.

Hiroko Otake, “Memory of red rose”, 2008

A pesar de ello, algunos autores siguen recurriendo a elementos más tradicionales para condensar sus deseos expresivos. El destierro de la belleza como motivo y fin en el arte ha dado paso a creaciones que, si bien incorporan tecnologías al alcance de todos y emplean un lenguaje más cercano, no tienen la estética entre sus prioridades discursivas. Sin embargo, la apuesta por escenas y composiciones más clásicas suponen una rara avis que renueva el legado pictórico heredado y supone una forma de recuperar un acercamiento menos intervenido al entorno. Al mismo tiempo, la vuelta al paisaje sirve para poner en valor la naturaleza y generar un sentido de responsabilidad sobre su cuidado y conservación.

Wilbur Streech, “August Sun”, 1980

Así es el trabajo de Wilbur Streech (Fullerton, California, 1914) e Hiroko Otake (Tokio, 1980). Si bien para esta última la influencia del arte tradicional japonés resulta algo esperable, también se aprecian reminiscencias niponas en la obra de Streech. En ambos casos, el paisaje y la flora se convierten en motivos principales de unas propuestas artísticas que buscan la serenidad y el quilibrio de espíritu a través de la contemplación natural. El predominio de veladuras, la superposición de capas y las tonalidades suaves crean una atmósfera de ensoñación y misticismo. Su trabajo nos invita a disfrutar del contacto directo con el medio, de la experiencia pura de la observación y el silencio.

Hiroko Otake, “The form of beginning”, 2016

 

Emprendemos un viaje que cruza nuestro país de punta a punta, que atraviesa la capital como paso obligado, como quien enhebra un hilo en la aguja y tensa sus extremos hacia las esquinas de nuestro territorio para ir a morir al mar. De la costa al centro neurálgico de este vasto espacio recorremos caminos de asfalto y tierra, senderos transformados en carreteras que atestiguan el paso del tiempo y el devenir de nuestra historia. Pasamos por poblados que fueron otrora cuna de los grandes acontecimientos de un relato común. Reconocemos los nombres de lugares que estudiamos como enclaves esenciales de nuestro legado. Otros despiertan más bien sorpresa y perplejidad, por curiosos, extraños y rimbombantes, pero ya desprovistos de un sentido genuino como población.

José Manuel Navia, La Alcarria de Cuenca, parada coche de línea en Olmedilla de Eliz, “Alma tierra”, 2019

Los parajes desolados de un éxodo rural progresivo e imparable resisten el olvido gracias a los carteles de carretera y a una taberna aislada que continúa abierta para saciar la sed del viajero. Los kilómetros y el tiempo se rinden a nuestro paso y en todo el recorrido constatamos una realidad amarga: la despoblación afecta hoy al 80% del territorio, mientras que las grandes ciudades atraen cada vez a más gente y concentran al 80% de toda la población. La imagen tiene ciertas similitudes con la metáfora de “la nada” de La Historia Interminable, donde el vacío iba engullendo el reino de Fantasía porque nos niños no leían ni dejaban volar su imaginación, que es la que alimenta los relatos de los cuentos. En la vida real, estos mismos relatos se pierden en los dominios del olvido, confinados en un pasado que semeja remoto y obsoleto, subyugado a las imposiciones del progreso y a la vida urbana.

José Manuel Navia, Angelines en Susín, Sobrepuerto (Huesca), “Alma tierra”, 2019

Sin embargo, conviene tener presente que el lugar en el que estamos hoy es deudor de nuestros pueblos. El devenir de los acontecimientos no se explica sin una historia compartida jalonada de hitos sucedidos a lo largo y ancho de nuestra tierra. Enfrentamos, además, un grave problema social que debe dar respuesta a la necesidad de reconquistar nuestros espacios, conservar nuestra cultura tradicional y aprovechar los recursos que nuestra tierra ofrece.

Con el deseo de poner en valor esta inmensa riqueza, desconocida y desamparada, Acción Cultural Española AC/E ha puesto en marcha el proyecto Alma Tierra. Este viaje fotográfico a través de la obra de José Manuel Navia nos ofrece una amplia panorámica de paisajes, situaciones y entornos donde siempre hay espacio para el sentimiento, la nostalgia y la esperanza de futuro.

José Manuel Navia, Belén, ganadera del valle del Corneja (Ávila), “Alma tierra”, 2019

“Estos pueblos murieron para que nosotros podamos vivir y de su desgracia proviene nuestra suerte. Los ricos se apañan de otro modo, los pobres siempre somos culpables”. Luis Mateo Díez, “El espíritu del páramo”, 1996.

El proyecto agrupa un total de 158 obras, reunidas en un libro con textos de Julio Llamazares, quien explica que la iniciativa es “una elegía, un alegato contra la marginación de unos españoles por parte del resto y una llamada a la reflexión”. Una exposición en la Diputación de Huesca recoge una selección de fotografías y nos regala algunas de las imágenes más poéticas de la España interior.