ESCULTURA CONTEMPORÁNEA INSÓLITA

El espacio urbano se presenta como un inmenso lienzo en blanco que ofrece multitud de opciones para albergar propuestas sorprendentes, ingeniosas y, sobre todo, grandes. La fuerza visual de estas piezas es capaz de modificar el entorno y generar una gran atracción, además de dinamizar la actividad del lugar y servir como vía para canalizar mensajes globales que busquen un cambio directo en la comunidad. Ante este panorama, la escultura urbana se revela como la gran triunfadora. Las obras más arriesgadas y voluminosas reivindican su cuota de protagonismo al convivir con otras disciplinas que también se abren camino en las ciudades. Os traemos algunas de las obras más curiosas concebidas para el espacio público.

Richard Jackson, “Bad Dog”, 2013 (vía publicdelivery.org)

Richard Jackson realizó esta escultura temporal en los exteriores del Orange County Museum of Art, en Santa Ana, California, con ocasión de la retrospectiva que el centro le dedicó en 2013. El autor quería abrir el debate sobre el papel del humor en el arte, y desde luego que lo consiguió. “Bad Dog” logró una gran repercusión. El trabajo de este artista está muy centrado en los dobles sentidos, la ironía y la lucha contra los estereotipos en el arte. El resultado es una obra ecléctica y difícil de definir que rompe moldes.

Ugo Rondinone, “Seven Magic Mountains”, Las Vegas, Nevada, 2016 (foto de Gianfranco Gorgoni)

Otros autores prefieren trasladar sus propuestas a espacios naturales donde el asfalto y el cemento queden lejos. Así es el trabajo de Ugo Rondinone, que apuesta por emplear elementos propios del entorno como las piedras, y darles una capa de color para crear sus composiciones. A modo de piezas ensambladas de enorme formato, sus columnas de rocas pintadas se alzan como seres de otro mundo y nos recuerdan a los tótems indígenas que evocan a los espítirus de los antepasados. Su obra se encuadra entre el landart y el popart llevado a parajes desolados y diáfanos, como ocurre con su célebre “Seven Magic Mountains”, ubicada en el desierto de Nevada.

Eduardo Catalano, “Floralis Genérica”, 2002 (vía www.craiglotter.co.za)

Las obras urbanas también son vehículo para valores simbólicos. “Floralis Genérica” es una enorme escultura en forma de flor hecha de aluminio, acero inoxidable y hormigón. El arquitecto Eduardo Catalano la donó a la ciudad de Buenos Aires en 2002, y desde entonces está instalada en la Plaza de Naciones Unidas, en el centro de un lago artificial. Gracias a un mecanismo eléctrico, la flor abre cada mañana sus pétalos de 23 metros y se cierra al anochecer. Con este sencillo gesto, esta obra representa la esperanza de cada nuevo día y el renacer de la vida, y hoy es ya un símbolo de la ciudad.

Costas Varotsos, “Dromeas”, 1994

En una revisión del movimiento futurista que triunfó en las primeras décadas del siglo XX, la obra Dromeas (“El corredor”) es una escultura de 12 metros de alto hecha íntegramente de láminas de cristal verde superpuestas. El griego Costas Varotsos quiso representar la fuerza, el ímpetu y la velocidad de los corredores de competición y hacer un homenaje al inicio de los juegos olímpicos, donde el atletismo era una de las primeras disciplinas en consolidarse. En pleno camino del Maratón, en Atenas, esta obra parece ganar velocidad y borrar sus contornos al viento.

Charles Robb, “Charles La Trobe”, 2007

Y en este listado no podemos olvidar la escultura de Charles La Trobe realizada por Charles Robb en 2007 que podemos ver en Melbourne. Charles Joseph La Trobe fue un personaje público de la colonia australiana de Victoria impulsor de varios proyectos culturales entre 1839 y 1854, período en el que se fundaron El Real Jardín Botánico, la Biblioteca del Estado, el Museo Victoria, La Galería Nacional de Victoria y la Universidad de Melbourne. La decisión de Robb de crear una pieza presentando la figura boca abajo era una forma de cuestionar el sentido y propósito de los monumentos contemporáneos dedicados a celebridades o personas de interés público. Hoy esta obra hecha de plástico y fibra de vidrio puede verse en La Trobe University en Bundoora.

 

La difícil tarea de definir el trabajo de Eduardo Balanza se hace más sencilla cuando compartes con él una experiencia en directo. La visita a su taller que pudimos disfrutar el sábado 22 de febrero, dentro del programa de acciones “Art Madrid-Proyector’20”, fue la ocasión perfecta de acercarnos a conocer su trabajo y su personalidad, y entender las claras conexiones que existen entre sus diversas obras. Entre ecléctico, versátil, tecnológico, experimental, audiovisual, editorial… y otro muchos calificativos aplicables al trabajo de este autor, el encuentro con Eduardo nos sirvió para descubrir a un artista generoso, preocupado sobre todo por cuestiones sociopolíticas y medioambientales, que aplica la tecnología de una manera muy racional a sus proyectos y que no se conforma con una lectura simple de sus piezas.

Foto de Txema Alcega

Eduardo Balanza (Murcia, 1971) se graduó en Medios Audiovisuales, estudió cine documental y guión cinematográfico en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de La Habana, así como en la Escuela de Artes Visuales de Nueva York. Lleva la necesidad de viajar en la sangre, y durante varios años estuvo en itinerancia entre Berlín y España al tiempo que trabajaba en compañías de teatro como escenógrafo. Como artista plástico, ha desarrollado una obra multidisciplinar tomando el sonido y la música como punto de partida sobre el que investigar y construir piezas, instalaciones y representaciones. Sin embargo, incluso estos intentos por explicar su trayectoria se quedan cortos, ya que, si bien es evidente la influencia del vídeo en muchos de sus trabajos, en otros la construcción de artefactos o la emergencia de un discurso conceptual a través de una publicación periódica son la esencia de la pieza. Como él mismo admite: “Cierto es que estudié fotografía, serigrafía, 3D, trabajé en cine, en moda como fotógrafo, publicidad y campañas, teatro… Lo multidisciplinar supone actitud e inquietud creativa”. En efecto, Eduardo es actitud e inquietud.

Foto de Melisa Medina

Lo que está claro es que Eduardo Balanza demuestra una gran humildad y transparencia en todo su trabajo. La transformación de cada experiencia vital en un aprendizaje pone de manifiesto la complejidad de nuestro mundo, la diversidad que lo puebla, los diferentes modos de entender que existen y la necesidad de amoldarnos que tenemos, más allá de la pura supervivencia. En una entrevista reciente, Eduardo explicaba: “Vivir se ha convertido también en resistir un poco. Vivir requiere adaptarse, como en una glaciación”. Y una parte de esa adaptación consiste en admitir los errores, saber rectificar, porque nada es lineal y la sociedad actual nos impone una obligación dictatorial de permanente éxito totalmente impostado sin margen a la equivocación. Sobre esto, el artista comenta:

A veces el fracaso es placentero. Hay que perder batallas, verse tirado en el barro y tener que levantarte. No hay que tener miedo a empezar de cero; de los fracasos se aprende mucho. Nos frustramos muy rápidamente, no tenemos ningún aguante.

Foto de Txema Alcega

Este enfoque humanista de su propia trayectoria vital ha hecho de la identidad, la música y la guerra sus tres ejes principales de trabajo. La música como factor de unión, y la guerra, de separación, y en el fondo de estas fuerzas encontradas, que a veces colisionan y otras apuntan en la misma dirección, está la identidad colectiva. La exploración artística de estas realidades intangibles, pero impulsoras de muchos movimientos sociales actuales, se transforma en una infinidad de proyectos que este autor elabora desde la experiencia personal, queriendo trasladar a sus obras toda la crudeza, aridez y armonía que el mundo real nos ofrece. Eduardo explica que:

Donde no llega la cultura, llega la barbarie. (...) Se nota una clara ausencia de muchos valores. La música, la identidad, la identidad colectiva, los movimientos de grupo son tendencia y lo más interesante ahora mismo es el collage. Guerra, música e identidad son mis temas, al final todo el mundo habla de lo mismo.

Durante la visita en su taller en Madrid, Eduardo nos presentó la obra “B71”, un instrumento electroacústico inspirado en los órganos barrocos que aúna sonido y tecnología con un impresionante resultado. El órgano B71 es un instrumento que funciona activado por altavoces vibradores sobre planchas capaz de conectarse a webs de datos meteorológicos, según las coordenadas introducidas en el sistema para generar música envolvente basada en loops. B71 trabaja tanto en modo manual como automático, generando por sí mismo sonidos propios. Los visitantes pudimos entender bien su funcionamiento y probar el órgano mientras Eduardo nos explicaba todas las implicaciones técnicas de esta obra instalativa.

Fotograma de "La fragilidad de habitar", 2019, Eduardo Balanza

Además de esto, y de conocer algunas de sus piezas editoriales en el proyecto FEU: Frente Electrónico Unido, también pudimos disfrutar de su trabajo en vídeo. En el garaje de su taller, que hace las veces de sala de proyección, nos adentramos en su última propuesta: “La fragilidad de habitar”, una obra de videoarte documental que muestra la situación de extrema necesidad de los asentamientos de chabolas de temporeros en Níjar (Almería). Esta pieza, de 2019, creada en su mayoría creada a partir de planos cenitales, saca a la luz una realidad muchas veces ignorada y evidencia unos modos de vida basados en la más absoluta subsistencia. Hoy la obra está en exposición en la Fundación Cepaim, en Madrid.

Y mientras, Eduardo sigue trabajando. En la actualidad está desarrollando una investigación en video sobre los complejos hidroeléctricos en Noruega, la “Transformación del Paisaje” y la generación de sonidos en esos espacios naturales, apoyado por la Skien Komune de Telemark.

Desde aquí le damos las gracias por habernos abierto la puerta de su estudio y haber compartido con nosotros una excelente mañana de sábado mientras aprendíamos un poco más sobre su trabajo.