Art Madrid'26 – ESPACIOS ÍNTIMOS. REFLEXIONES PERSONALES

Dentro de la exposición online “Espacios íntimos. Reflexiones personales” conviven ocho artistas cuyas obras están conectadas por la búsqueda del espacio íntimo. Las imágenes de Xurxo Gómez-Chao, Alfonso Zubiaga, Carlos Regueira, Soledad Córdoba, Rocío Verdejo, Andy Sotiriou, Ely Sánchez y José Quintanilla capturan estampas serenos y solitarios, espacios vacíos, cuartos diáfanos con los que invitan a la reflexión personal. La selección de imágenes de esta exposición se articula en torno a dos esferas: la de los espacios interiores y la de los paisajes naturales.

El individuo se haya inmerso en una vorágine que lo sitúa cada día en una disyuntiva vital. Gran parte de nuestras decisiones son el fruto del devenir de las cosas, la imposición de unas pautas estandarizadas que nos imbuyen en rutinas de modernidad, en el curso de la sociedad de nuestro tiempo. No obstante, la necesidad de recuperar la esencia del ser humano se impone muchas veces a esta inercia. El retorno a la espiritualidad, al equilibrio interior, reclama su lugar.

Con la serie “La Salita” el fotógrafo Xurxo Gómez-Chao logra dotar de alma a paredes y a espacios en los que el único elemento destacado es una butaca. Crea de este modo ambientes oníricos dentro de esos paisajes de interior donde la ausencia de más elementos confiere un significado más intangible.

Xurxo Gómez-Chao

Hotel Earle. Red room, 2016

Fotografía sobre papel Ilford

100 x 80cm

Xurxo Gómez-Chao

Hotel Earle. Golden room, 2016

Fotografía sobre papel Ilford

75 x 60cm

Por su parte, los escenarios líricos de la serie “Limbo” de Soledad Córdoba parten de realidades experimentadas y ensoñadas. Sus imágenes crean poemas visuales, donde el silencio, la belleza, el dolor, el miedo o la incomunicación están presentes y unidas por un frágil hilo conductor. Rocío Verdejo, al igual que Soledad, introduce figuras humanas en sus composiciones para desentrañar esa maraña de sentimientos y emociones que supone la violencia de género. Su trabajo “Crashroom” es una metáfora visual que logra expresar ese “no existir por dentro”.

Rocío Verdejo

Crashroom, 2014

Impresión con tintas pigmentadas sobre papel Hahnemühle sobre dibond

70 x 50cm

Los entornos naturales ofrecen también multitud de posibilidades para transmitir esas sensaciones aunque no haya muros, ni paredes, ni fronteras, ni limitaciones. Encontramos así paisajes desnudos sin intervención que logran transmitir un profundo equilibrio como los de Andy Sotiriou, cuya serie “Snowscapes” captura campos nevados surcados por las líneas azarosas de la vegetación, o Alfonso Zubiaga, que interpreta la relación entre la tierra y el mar con imágenes de alto contraste y gran serenidad en su trabajo “Binario”. También así José Quintanilla recurre a estampas de terrenos labrados en las que emerge, de pronto, una construcción baldía, anónima y deslavada. Su proyecto “Mi casa, mi árbol” transmite una profunda nostalgia con fotografías de estética retro y tonalidades ocre-pastel.

Andy Sotiriou

Snowscape 29, 2014

Fotografía, pigmentos minerales sobre papel

60 x 60cm

Alfonso Zubiaga

Binario 1, 2017

Fotografía

55 x 74cm

José Quintanilla

Mi casa, mi árbol 15, 2015

Tintas pigmentadas sobre papel algodón Hahnemühle montado sobre cartón museo

21 x 31cm

Desde una perspectiva más onírica, Carlos Regueira ofrece una visión más dramática de parajes boscosos. Sus “Paisajes pervertidos” reflejan una belleza mórbida, quizá amenazadora, pero que al mismo tiempo revela serenidad formal y equilibrio. Son imágenes que surgen de entre la bruma de la memoria e interpelan al espectador. En una línea similar evoluciona la obra de Ely Sánchez. En su serie “Heridos” busca desvelar que todo lo que vemos es un artificio, una imagen traducida, verosímil pero no real. Por otro lado, en “Sueños geométricos” el artista se centra en la belleza del sueño lúcido para experimentar lo que en la vida real no es factible, logrando así liberar su identidad más íntima.

Carlos Regueira

Malaysia, 2014

Fotografía

52 x 70cm

Ely Sánchez

Serie Heridos 1, 2014

Impresión digital

53 x 80cm

|354:150


CONVERSACIONES CON ADONAY BERMÚDEZ. PROGRAMA DE ENTREVISTAS. ART MADRID’26


La pintura de Daniel Bum (Villena, Alicante, 1994) se configura como un espacio de elaboración subjetiva donde la figura emerge no tanto como motivo representacional, sino como necesidad vital. La reiteración de ese personaje frontal y silencioso responde a un proceso íntimo: pintar deviene una estrategia para atravesar experiencias emocionales difíciles, un gesto insistente que acompaña y atenúa la sensación de soledad. En este sentido, la figura funciona como mediadora entre el artista y un estado afectivo complejo, vinculando la práctica pictórica con una reconexión con la infancia y con una dimensión vulnerable del yo.

La fuerte carga autobiográfica de su obra convive con una distancia formal que no obedece a una planificación consciente, sino que opera como mecanismo de protección. La contención visual, la aparente frialdad compositiva y la economía de recursos no neutralizan la emoción, sino que la encapsulan, evitando una exposición directa de lo traumático. De este modo, la tensión entre afecto y contención se instala como rasgo estructural de su lenguaje. Asimismo, lo ingenuo y lo inquietante coexisten en su pintura como polos inseparables, reflejo de una subjetividad atravesada por el misterio y por procesos inconscientes. Muchas imágenes surgen sin un significado claro previo y solo se revelan con el tiempo, cuando la distancia temporal permite reconocer los estados emocionales que las originaron.


La larga noche. Óleo, acrílico y carbón sobre lienzo. 160 x 200 cm. 2024


La figura humana aparece con frecuencia en tus obras: frontal, silenciosa, suspendida. ¿Qué te interesa de esa presencia que parece a la vez afirmativa y ausente?

No diría que me interesa nada en especial. Empecé a pintar esta figura porque había emociones que no lograba comprender y había un sentimiento que me era muy difícil de digerir. Este personaje surgió en un momento bastante complicado para mí, y el hecho de hacerlo y volver a hacerlo, repetirlo una y otra vez, hizo que durante el proceso no me sintiera tan solo. Al mismo tiempo me mantenía fresco y me conectaba con el niño interior que en ese momento estaba roto, y me hizo pasar el trago un poquito menos amargo.


Santito. Acrílico y óleo sobre lienzo. 81 x 65 cm. 2025


Hay en tu trabajo una dimensión afectiva muy fuerte, pero también una distancia calculada, una especie de frialdad formal. ¿Qué papel juega esa tensión entre emoción y contención?

No sabría decir exactamente qué papel juega esa tensión. Mi pintura parte de lo autobiográfico, de la memoria y de situaciones que he vivido y que han sido bastante traumáticas para mí. Quizá, como mecanismo de protección —para que no se pueda acceder directamente a esa vulnerabilidad o para que no resulte dañina— aparece esa distancia de manera inconsciente. No es algo planificado ni controlado; simplemente surge y está ahí.


Pintor de noche. Acrílico sobre lienzo. 35 x 27 cm. 2025


Tu lenguaje plástico oscila entre lo ingenuo y lo inquietante, lo próximo y lo extraño. ¿Cómo conviven para ti esas tensiones, y qué función cumplen dentro de tu búsqueda visual?

Pues creo que tal cual soy yo. No podría convivir lo uno sin lo otro. No podría existir lo ingenuo sin lo inquietante; para mí van necesariamente de la mano. Me atrae mucho lo misterioso y el acto de pintar cosas que ni yo mismo comprendo del todo. Muchas de las expresiones o de los retratos que realizo surgen del inconsciente, no están planificados. Es a posteriori cuando empiezo a entenderlos, y casi nunca de manera inmediata. Siempre pasa un tiempo considerable hasta que puedo reconocer cómo estaba yo en ese momento en el que los hice.


Qi. Acrílico sobre lienzo. 81 x 65 cm.2025


La sencillez formal de tus imágenes no parece una cuestión de economía, sino de concentración. ¿Qué tipo de verdad estética crees que puede alcanzar la pintura cuando se despoja de todo lo accesorio?

No sabría decir qué verdad estética hay detrás de esa sencillez. Lo que sí sé es que es algo que necesito para estar en calma. Me abruma cuando hay demasiadas cosas en el cuadro, y desde siempre me ha llamado la atención lo mínimo, cuando hay poco, cuando casi no hay nada. Creo que ese despojamiento me permite acercarme a la pintura desde otro estado, más concentrado, más silencioso. No sabría explicarlo del todo, pero es ahí donde siento que puedo trabajar con mayor claridad.


Crucifixión. Acrílico sobre lienzo. 41 x 33 cm. 2025


¿Hasta qué punto planificas tus obras y cuánto espacio dejas para que ocurra lo inesperado?

Normalmente me siento más cómodo dejando espacio a lo inesperado. Me interesa la incertidumbre; tenerlo todo bajo control me resulta bastante aburrido. Lo he intentado en algunas ocasiones, sobre todo cuando me he propuesto trabajar en series muy planificadas, con bocetos cerrados que luego quería trasladar a la pintura, pero no era algo con lo que me identificara. Sentía que desaparecía una parte fundamental del proceso: el juego, ese espacio en el que la pintura puede sorprenderme a mí mismo. Por eso no suelo planificar demasiado y, cuando lo hago, es de una manera muy sencilla: algunas líneas, algún plano de color. Prefiero que sea en el propio cuadro donde suceda todo.