Exposición Arissa en Fundación Telefónica

Con su obra en el olvido durante décadas, Antoni Arissa recupera la posición que le corresponde en el Parnaso de las estrellas de la fotografía de nuestro país. La de Fundación Telefónica es la primera antología sobre el autor y se podrá visitar hasta el 14 de septiembre.

Con dos comisarios de excepción, como son Valentín Vallhonrat y Rafael Levenfeld, “Arissa, la sombra y el fotógrafo 1922-1936” muestra más de 160 imágenes en blanco y negro ordenadas en tres bloques estilísticos: el pictorialismo (1922-1928); la evolución hacia las soluciones visuales de la modernidad (1930) y la Nueva Visión, desde 1930 hasta 1936, cuando Arissa ya es abanderado de la vanguardia fotográfica.

En su primera etapa, que compaginaba con el trabajo en la imprenta familiar, Antoni Arissa (Sant Andreu 1900 – Barcelona 1980) retrata escenas rurales, iconografías campestres, escenografías como ficciones de una Tierra romántica y de valores tradicionales, imaginario que perpetuaría hasta la llegad a los años 30 y sus primeros pasos hacia la Nueva Visión, el estilo que en toda Europa ya adoptaban los diseñadores gráficos, tipógrafos e impresores de vanguardia y que defendían una fotografía más moderna, sin ficciones ni simbolismos y caracterizada por la pulida composición, la forma y la línea características de la fotografía centroeuropea.

Arissa se acerca a la fotografía conceptual y empieza a cogerle gusto a los objetos y las calles, a pedazos de la vida que cobran pleno significado delante del objetivo del fotógrafo.

Al finalizar la Guerra Civil, la gran mayoría de las plataformas que difundían la modernidad desaparecieron y con ellas gran parte del trabajo de Arissa y de otros creadores de la época. No fué hasta principios de los años 90 que la exposición Las vanguardias fotográficas en España, recuperó algunos de sus trabajos y su figura salió de las sombras. Hoy, Arissa es símbolo de modernidad y vanguardia, referencia de publicistas, diseñadores y fotógrafos.

 

 

 

Han pasado 13 años desde el comienzo de su andadura, y en todo este tiempo el Festival de videoarte PROYECTOR no ha hecho más que crecer y consolidar su posición como un evento imprescindible en esta disciplina. Desde sus inicios, la iniciativa ha tratado de dar visibilidad a una disciplina que siempre ha estado relegada a un segundo plano en los circuitos de exhibición habituales. Aunque la videocreación no es nueva, ya que surgió con entidad propia en los años 60 del siglo pasado, la forma de acercarse a conocerla y disfrutarla no siempre ha sido sencilla. En muchas ocasiones, abundaba el modelo expositivo en el que se incluían algunas piezas sueltas dentro de un recorrido principal, como si el vídeo fuese la aportación anecdótica al conjunto. No obstante, nuestra cotidianidad está invadida de imágenes en movimiento, y se produce la paradoja de que el videoarte, pese a ser un formato de expresión artística muy en sintonía con los hábitos de la sociedad actual, sigue siendo una disciplina minoritaria.

Fotograma de “Hel City”, de Gregorio Méndez Sáez, 2019

PROYECTOR nació en cierta medida para revertir esta situación, para poner en valor el vídeo como formato creativo y para ofrecer un espacio amplio e itinerante en el que albergar multitud de propuestas, venidas de dentro y fuera de nuestras fronteras. En este tiempo, la consolidación del festival lo ha llevado a viajar por el mundo, pero también, a ser un referente que cada que cada año despierta mayor interés. En la convocatoria abierta para recibir propuestas se llega casi al medio millar, y el centenar de obras seleccionadas por el jurado son una muestra representativa de distintos modos de entender la videocreación y el entorno, con piezas llegadas principalmente de Europa, Latinoamérica, el Sudeste de Asia y Oriente Medio.

A su vez, PROYECTOR quiere ser algo más que una muestra de vídeo, y ofrece una nutrida programación en la que se organizan charlas, talleres, clases magistrales, encuentros con artistas, visitas y conciertos. Una experiencia completa que tiene siempre como telón de fondo la imagen en movimiento.

El Instante Francisco Ruiz de Infante. El bosque que se mueve (errores de medida)

En esta evolución, hay que considerar también otra circunstancia: el vídeo es un formato creativo que tiene sus propios códigos, pero es también una de las disciplinas más abiertas a la hibridación artística y a la ampliación de usos. El vídeo puede, por tanto, ser la idea genuina de un autor que concibe un proyecto autónomo para ser realizado en este formato, pero puede ser también el resultado complementario de una intervención o el registro documental de una acción previa cuya pervivencia queda garantizada al ser recogida en vídeo. La versatilidad de la imagen en movimiento y el potencial que ha adquirido en los últimos años nos permite hoy hablar de numerosas ramas de arte que se centran en la fusión de lenguajes y en la incorporación de técnicas y metodologías venidas de otros sectores, y en muchas de ellas el vídeo sigue siendo una pieza clave. Así sucede con el arte tecnológico, el arte sonoro interactivo, la grabación de performances, la transformación de big data a imagen, la inteligencia artificial, y un largo etcétera. Precisamente por ello, PROYECTOR ofrece una visión panorámica de esta realidad, con un programa sumamente interesante que juega con la variedad y riqueza de propuestas.

Fotograma de “Herdança”, de Thiago Rocha Pitta, 2007

La edición de 2020 se desarrollará del 9 al 20 de septiembre. Como ya viene siendo habitual, el programa se despliega en varias sedes repartidas por la ciudad de Madrid, cada una de las cuales albergará una pequeña fracción de las actividades previstas. Este año el festival contará con la colaboración de la Casa Árabe, White Lab, Cruce, El Instante Fundación, ¡ésta es una PLAZA!, Extensión AVAM (Matadero Madrid), Institut Français de Madrid, Medialab Prado, Quinta del Sordo, Sala Alcalá 31, Sala El Águila, Secuencia de Inútiles y White Lab, además de la colaboración de la Colección INELCOM y la colección de videoarte de Teresa Sapey.

El festival es también la ocasión ideal para articular el tejido cultural, ya que implica a numerosos profesionales del sector, desde comisarios, a creadores, desde gestores de espacios a críticos y docentes. La programación de 2020 cuenta además con la colaboración del Festival FUSO y el Museo Reina Sofía, que ceden algunas de sus piezas para exhibición.

En definitiva, una cita que los amantes del arte contemporáneo no nos debemos perder y que promete muchas novedades en esta 13ª edición.