Exposición de Le Corbusier, toda su trayectoria en Caixa Forum Madrid.

CaixaForum Madrid acoge hasta el 12 de octubre una extraordinaria exposición dedicada a este creador, organizada por el Museum of Modern Art de Nueva York y en colaboración con la Fondation Le Corbusier de París.
 
La muestra ofrece un recorrido verdaderamente vital por la trayectoria de Charles-ÉdouardJeanneret comenzando por sus primeras influencias en su lugar de nacimiento, en La Chaux-de-Fonds (Jura, Suíza. 1887), y haciendo un seguimiento de todas sus ‘paradas’ geográficas a lo largo y ancho del planeta, lo que tuvo una transcendental influencia en su obra y en su concepción de la architectura y el urbanismo.
Jeanneret era mucho más que un arquitecto o diseñador de muebles, era también pintor, escritor y fotógrafo, y, más aún, era un visionario, crítico y ambicioso, cuyos proyectos revolucionarios dejan a uno boquiabierto. Pero lo que resulta más fascinante es comprobar la transcendencia que encierran sus obras, la idea de cuestionar el statu quo dado y de ambicionar un cambio radical en los conceptos, empezando por el propio material empleado y siguiendo por el carácter orgánico de las construcciones. En 1920, ya establecido en París, fundó con el poeta Paul Dermée la revista de arte y cultura de vanguardia L’Esprit nouveau, donde comenzó a firmar sus artículos con el pseudónimo Le Corbusier, para no vincular su verdadero nombre a las provocaciones contenidas en sus escritos.
Sus construcciones siguen las líneas estéticas de los años 50, sin embargo, el cénit de sus creaciones florece entre 1920 y 1930. Nunca habría afirmado que algunas de sus mejores propuestas son de esta época, pero así es. La apuesta por el hormigón armado, la construcción de viviendas por módulos y planchas desplazables y ampliables, los vastos proyectos de reurbanización de grandes capitales europeas... Las ideas de Le Corbusier empapaban todas sus concepciones arquitectónicas y en ellas siempre estaba presente el deseeo de espetar el diálogo con el paisaje y el entorno, y de crear una obra magnífica donde incorporar todo lo bueno que había ido recolectando a lo largo de sus innumerables viajes por el extranjero. De esta época son sus rompedoras propuestas de reurbanización del centro de París o del Kremlin de Moscú, proyectos que nunca vieron la luz.
 
La ambición insaciable de Le Corbusier no siempre (o más bien nunca) coincidía con la voluntad de cambio o reforma de quienes debían dar el visto bueno a sus proyectos. Le Corbusier se afanaba, inagotable, en arremeter contra la obsolescencia de estos pensamientos y el carácter obtuso y limitado de quienes cercenaban, una y otra vez, sus miras de revolución y transformación urbanas. Pocos de sus extraordinarios proyectos de reforma completa se llevaron a cabo, y los que fructificaron lo hicieron fuera de Europa. En efecto, Le Corbusier se vio casi obligado a un exilio intelectual. En sus múltiples conferencias, en las que dibujaba al tiempo que exponía sus ideas, para asombro de los asistentes, no ocultaba su decepción con las imposiciones del poder y las negativas constantes de que era víctima.
Le Corbusier no dudó en marcharse a América del  Sur, África y Asia. No obstante siempre soñó con retornar a Europa. Y lo hizo, aceptando proyectos de 
menor calado en los que pudo igualmente poner en práctica algunas de sus ideas, como la construcción de las conocidas unités d’habitation, casas por módulos pensadas para facilitar la edificación y ser funcionales, o los diseños en armonía con el paisaje, como la archiconocida capilla de Notre Dame du Haut, en Ronchamp.
 
En los últimos tiempo, Le Corbusier se volvió melancólico y nostálgico, y redujo drásticamente su actividad, refugiándose en su estudio de pintura, al pie del mediterráneo, para convivir con lo que él mismo denominaba “mis islas”.

 

Dentro de los perfiles profesionales especializados que se pueden encontrar en el sector cultural, y más concretamente, en el ámbito de las artes visuales, una de las ocupaciones más recientes es la del comisario. Si la década de los 80 fue el auge del rol del artista, con su carácter innovador y la puesta en valor de su figura como articulador esencial de las propuestas creativas, el final de siglo trasladó el interés hacia los propios centros expositivos y su labor como custodios de la producción actual y como espacios para dar cabida a todas las propuestas. El cambio de milenio introdujo con fuerza en este panorama el rol del comisario. Quizás unido a una crisis de identidad social, quizás a la complejidad que está adquiriendo actualmente los proyectos contemporáneos, la necesidad de construir, articular y ahondar en los discursos artísticos se hizo evidente.

Aunque las funciones encomendadas a esta profesión no son nuevas en su totalidad, pues antes habían sido asumidas por conservadores, críticos o expertos según las temáticas, el rol ha adquirido solidez porque aúna todas estas finalidades al tiempo que permite la especialización de otros profesionales en sus respectivos ámbitos de competencia. Ahora bien, como algunos comisarios mismos señalan, no debe olvidarse el espíritu genuino de esta figura, que ha nacido para facilitar el entendimiento del discurso, crear narrativas dentro de un contexto en ocasiones caótico y disperso, mediar entre las obras y el espectador y crear puentes entre el arte contemporáneo y la sociedad.

El arte de nuestros días plantea multitud de incógnitas para el visitante que debe enfrentarse a propuestas muchas veces alejadas de los cánones estéticos pautados, lo que da paso a la incertidumbre y el desconcierto; pero, a su vez, estas obras emplean un lenguaje más cercano, unos materiales y hasta composiciones desprendidas de la sofisticación y el alarde técnico de antaño, algo que, lejos de favorecer la proximidad con el mensaje, genera cierto distanciamiento. Lo que acabamos de describir es parte de la esencia misma del arte actual. El cuestionamiento de las pautas formalistas y el recurso a elementos tangibles más utilitarios que embellecedores son los nuevos criterios de la creación, donde, por encima de todo prima el mensaje que se quiere transmitir.

Asimismo, otra característica intrínseca de la obra de nuestro tiempo es la preocupación de los artistas por temáticas más inmediatas, por cuestiones de carácter social, político y económico que buscar crear un revulsivo narrativo y conceptual, dejando atrás la prioridad estética o, mejor dicho, haciendo del discurso su propia estética. En este contexto, por extraño que pueda parecer, la creación contemporánea se encuentra con una barrera lingüística dificultando el entendimiento del espectador. Y a esta circunstancia se suma la abundante producción actual, abarcando un amplio abanico de temáticas que no son sino trasunto de nuestra sociedad diversa y globalizada.

El comisario contribuye a facilitar esa comprensión articulando un discurso coherente que permita la agrupación de ideas conexas para cohesionar el mensaje. Esto exige tener un profundo conocimiento del estado actual del arte, de las líneas de trabajo de los creadores, de las propuestas estéticas más recientes y de las demandas reales de la sociedad para tender un puente al diálogo y permitir el acercamiento al arte. Si el arte se ocupa de los mismos asuntos que nos preocupan a todos, ¿cómo no vamos a compartir sus postulados? La mediación cultural requiere del trabajo de los comisarios para abrir una pequeña ventana a la reflexión y para posibilitar un espacio de intercambio y de generación de ideas. Compartimos el pensamiento que José Guirao expresó en una entrevista reciente: “El comisario es alguien que desvela algo nuevo y sería un error que los comisarios se conviertan en gestores”.

Entendido así el papel del comisario, muchas instituciones se han subido al carro de crear convocatorias específicas para que los nuevos profesionales puedan dar salida a sus propuestas. Recordemos a modo de ejemplo la convocatoria “Inéditos” de La Casa Encendida, “Se busca comisario”, de la Comunidad de Madrid, o la convocatoria de Comisariado de La Caixa.