Art Madrid'26 – Bruce Davidson (Illinois, 1933), fotógrafo que retrató desde una perspectiva única, la sociedad del siglo XX en Estados Unidos.

 

 

El fotógrafo estadounidense se inicia desde muy pequeño en el mundo de la fotografía, cuando era niño su madre le montó un cuarto oscuro en casa en el que empezó por fotografiar las calles de su barrio. Desde entonces, plasmaría en todas sus fotografías su visión personal de la realidad. Le interesa sobre todo retratar las luchas y los éxitos conseguidos por las personas que fotografía. La obra de Davidson se caracteriza por su fijación en los detalles. 

 

 

 

 

La muestra acoge una selección de obras que el fotógrafo humanista realizó durante más de 50 años, todas ellas con diferentes técnicas, procesos y temáticas. El motivo común en todas ellas es su visión del mundo, la cotidianidad de las personas fotografiadas. Muchas de sus obras ofrecen una visión particular de la sociedad del siglo XX en Estados Unidos.
Algunas de las series que pueden verse en Fundación Mapfre son muy conocidas: Brooklyn Gang, East 100th Street y Time of Change: Civil Rights Movement y dos de sus últimos trabajos, Natura of Paris y Nature of Los Ángeles. Estos dos proyectos proponen una visión de los espacios que lo natural comparte con las urbes en estas ciudades. 

 

 

 

 

Las 12 series de la exposición recorren el viaje de Davidson en los momentos vitales de su vida, desde las tensiones sociales en Inglaterra a los mineros de Gales, las bandas callejeras de Brooklyn y la lucha de los derechos humanos de Estados Unidos o la dureza de la vida en Harlem. En las dos últimas décadas de su carrera el fotógrafo ha enfocado su trabajo en retratar la naturaleza. Su pasión por los viajes le llevó a visitar Italia, México, Inglaterra y España a principios de los sesenta. Para la película “Last Command” (1966) fotografió uno de los barrios más humildes de Almería. 

 

 

 

 

Davidson colaboró con la revista Life, la más influyente en años 50, siendo sus imágenes la única visión del mundo (aún no existía la televisión). Una de las historias más curiosas y conocidas de la vida personal y artística de Davidson es su encuentro fortuito cuando hacía el servicio militar con un anciano que conducía un ford antiguo, al que le preguntó si podía retratarle. El anciano, John Wall y su mujer, terminaron acogiendo al fotógrafo en su casa los fines de semana. De esta amistad surge la serie de “Los Wall”, un proyecto muy personal que cuenta la vida cotidiana de la pareja.

La exposición itinerante está organizada en colaboración con Magnum Photos, y puede verse hasta el 15 de enero de 2017. 

 

 


CONVERSACIONES CON ADONAY BERMÚDEZ. PROGRAMA DE ENTREVISTAS. ART MADRID’26


La práctica del colectivo DIMASLA (Diana + Álvaro), (Valencia, 2018), se sitúa en un cruce fértil entre arte contemporáneo, pensamiento ecológico y una filosofía de la experiencia que desplaza el énfasis de la producción hacia la atención. Frente a la aceleración visual y material del presente, su trabajo no propone una oposición frontal, sino una reconciliación sensible con el tiempo, entendido como duración vivida más que como medida. La obra emerge así como un ejercicio de detenimiento, una pedagogía de la percepción donde contemplar y escuchar devienen modos de conocimiento.

En sus trabajos, el territorio no funciona como marco, sino como agente. El paisaje participa activamente en el proceso, estableciendo una relación dialógica que recuerda a ciertas corrientes eco-críticas, en las que la subjetividad se descentra y se reconoce como parte de un entramado más amplio. Esta apertura implica una ética de la exposición: exponerse al clima, a la intemperie y a lo imprevisible supone aceptar la vulnerabilidad como condición epistemológica.

Los materiales -telas, pigmentos, huellas- operan como superficies de inscripción temporal, memorias donde el tiempo deja rastro. La planificación inicial se concibe como hipótesis abierta, permitiendo que el azar y el error actúen como fuerzas productivas. De este modo, la práctica artística de DIMASLA (Diana + Álvaro) articula una poética del cuidado y del estar-con, donde crear es, ante todo, una forma profunda de sentir y comprender la naturaleza.



En un momento histórico marcado por la velocidad y la sobreproducción de imágenes, vuestro trabajo parece reivindicar la lentitud y la escucha como formas de resistencia. ¿Podría decirse que vuestra práctica propone un modo de reaprender el tiempo desde la experiencia estética?

Diana: Sí, pero más que resistencia o reivindicación, es conciliación, es amor. Parece lentitud, pero es detenimiento, es reflexión. Ocupar el tiempo desde la contemplación o la escucha es una manera de sentir. La experiencia estética nos lleva a un camino de reflexión sobre lo que hay fuera y lo que hay dentro.


El territorio no aparece en vuestra obra como un fondo o un escenario, sino como un interlocutor. ¿Cómo se negocia esa conversación entre la voluntad del artista y la voz del lugar, cuando el paisaje mismo participa del proceso creativo?

Álvaro: Para nosotros el paisaje es como un compañero de vida o un amigo cómplice, y lógicamente es una relación íntima que se extiende a nuestra práctica. Vamos a visitarlo, a estar con él, a co-crear juntos. Entablamos una conversación que va más allá de la estética; son conversaciones llenas de acción, contemplación, comprensión y respeto.

Al final, de algún modo, él se expresa a través del material y nosotros respetamos todas sus cuestiones, valorando al mismo tiempo aquello que nos inquieta, nos produce y nos estimula en torno a esta relación.


La conquista de los conejos I & II. 2021. Proceso.


En vuestro modo de hacer se intuye una ética de la exposición: exponerse al entorno, al clima, al otro, a lo impredecible. ¿Hasta qué punto esa vulnerabilidad es también una forma de conocimiento?

Diana: Para nosotros esa vulnerabilidad nos enseña mucho, sobre todo humildad. Cuando estamos ahí fuera y sentimos el frío, la lluvia o el sol, nos damos cuenta de lo pequeños e insignificantes que somos en comparación a la grandeza y la fuerza de la naturaleza.

Entonces, sí; consideramos esa vulnerabilidad como una fuente profunda de conocimiento que nos ayuda, entre otras muchas cosas, a despojarnos del ego y a entender que solo somos una pequeña parte de un entramado mucho más complejo.


A veces las montañas también lloran. 2021. Desprendimiento de rocas caliza, sol, lluvia, viento, resina de pino sobre acrílico en tela de algodón natural, expuesta en manto de esparto y caliza durante dos meses. 195 cm x 130 cm x 3 cm.


Vuestras obras a menudo emergen de procesos prolongados de exposición al medio. ¿Podría pensarse que la materia -las telas, los pigmentos, los rastros del entorno- actúa como una memoria que el tiempo escribe sobre vosotros tanto como vosotros sobre ella?

Álvaro: Esto da para una conversación larga sentados en una piedra; sería bastante estimulante. A ver, si las experiencias moldean el interior de las personas y esto nos hace ser quienes somos en un momento presente, diría que sí, sobre todo a lo primero. Salir de nuestra zona de confort nos ha llevado a aprender de la perseverancia de las plantas, la calma geológica de las montañas, y con ello a reconciliarnos con el tiempo, el entorno, la naturaleza, con nosotros mismos e incluso con nuestra propia práctica. Igual que las telas guardan la memoria del lugar, nosotros reaprendimos a poner detenimiento y comprensión. Al final, es una manera de profundizar en el sentir.


El zorro y sus camelos.2022. Detalle.


¿Hasta qué punto planificáis vuestras obras y cuánto espacio dejáis para que ocurra lo inesperado o, incluso, al error?

Diana: Nuestra planificación se reduce a la hipótesis inicial. Elegimos los materiales, los colores, los lugares e incluso a veces la ubicación, pero dejamos todo el espacio posible para que ocurra lo inesperado. Al final se trata de eso, de que la naturaleza hable y que la vida suceda. Para nosotros, tanto lo inesperado como el error forman parte de la complejidad del mundo, y en ello encontramos una belleza natural.