LUCES, PROYECTORES Y ACCIÓN EN EL CORAZÓN DE SALAMANCA

Del 13 al 16 de junio de 2019, Salamanca será el escenario de la 4ª edición del festival Luz y Vanguardias, que hacen de la ciudad una pantalla de proyección a gran escala para obras de vídeo-mapeo y un lugar de encuentro para el arte más innovador.

Plaza Mayor de Salamanca durante el festival en 2018

Esta idea surgió hace cuatro años con el deseo de convertir Salamanca en un foco de atención artística que fuese más allá del innegable valor histórico de la ciudad. La iniciativa es una propuesta de convivencia entre el pasado y el futuro, un proyecto basado en la innovación para abrir un diálogo intercultural en el tiempo empleando la propia urbe como campo de trabajo.

En esta edición, el festival se articula en cuatro secciones. Primero, un programa para acoger proyectos específicos de video-mapeo creados en exclusiva para la ocasión, y que se proyectarán en la fachada del ayuntamiento, la catedral nueva, la universidad y el puente de Enrique Estevan. Hay también una sección para jóvenes talentos donde mostrar las obras de estudiantes de la universidad salmantina. En tercer lugar, un concurso internacional de videomapeo en el que participan artistas de 14 países (Alemania, Bulgaria, Brasil, Chile, China, Colombia, Japón, Hungría, Italia, México, Tailandia, Ucrania, Reino Unido y España), cuyas obras podrán verse en la fachada del ayuntamiento, en la Plaza Mayor. Y, por último, una programación paralela, “+Luz”, con la colaboración de otros agentes del arte contemporáneo como son el centro de arte contemporáneo DA2, el espacio multidisciplinar Espacio Nuca, la Fundación Venancio Blanco y el espacio cultural La Salchichería. Como novedad, +Luz sumará este año la participación del Museo de Historia de la Automoción de Salamanca y la Escuela de Arte y Superior de Conservación y Restauración de Salamanca.

Fachada de la universidad de Salamanca, durante la edición del festival de 2018

Durante cuatro días, Salamanca se transforma en una ciudad interactiva, llena de colores y de luz. Asimismo, este año cuenta con dos embajadores excepcionales como artistas invitados: el artista multimedia y Premio Nacional de Fotografía José Manuel Ballester, y el creador experimental que juega con proyecciones visuales, Javier Riera.

Además, este año el festival ha sido seleccionado para participar en el certamen internacional iMap Bucharest, que cada año selecciona las mejores propuestas de todo el mundo que trabajan en esta disciplina.

 

Todos conocemos la famosa frase “una imagen vale más que mil palabras”. Y así es en muchas ocasiones. Nuestra realidad se alimenta de multitud de imágenes que consumimos a diario en la era de la sobreinformación. Según datos recopilados en 2017, cada minuto se suben 65.000 fotos a Instagram, 400 horas de vídeo a Youtube y 243.000 imágenes a Facebook. Las estadísticas habrán variado un poco en estos dos años, pero siempre al alza. Precisamente por ello, a veces cuesta poner en valor la fotografía como disciplina artística, ya que existe la noción, comúnmente extendida, de que obtener una buena imagen está al alcance de todos. Por eso nos preguntamos ¿cuál es el futuro de la fotografía en el siglo XXI?

Primera imagen de la historia con una persona, de Louis Daguerre, 1838

Repasando la historia de la fotografía, no debemos olvidar que en sus inicios no era considerada propiamente una disciplina artística. A mediados del siglo XIX, la captura de la imagen se veía como un alarde técnico que permitía congelar un instante del tiempo para el recuerdo, con una finalidad más bien documental y de registro histórico que como una creación genuina. Esta técnica carecía de las cualidades atribuidas tradicionalmente a las obras de arte: no había una factura manual, no era necesaria formación previa, no se producía nada nuevo y se limitaba a reproducir la realidad.

Robert Doisneau, “La Dame Indignée”, 1948 (imagen de 1stdibs.com)

La expansión de la fotografía para hacer retratos, y la progresiva sustitución de la pintura para estos fines, coincidió en el tiempo con el movimiento naturalista, que abogaba por una representación objetiva de la realidad desprovista de las composiciones rebuscadas y la permanente búsqueda de los cánones de belleza tradicionales. La fotografía se adaptaba tan bien a este movimiento que supuso de hecho un gran impulso para su expansión. A esto se sumaron algunos avances técnicos del momento que contribuyeron a la popularización de esta disciplina, cada vez más accesible y portátil, con cámaras más pequeñas y fáciles de mover fuera de los cuartos oscuros de los fotógrafos de retratos.

Jeff Wall, “Invisible man”, 1999-2000 (imagen de MoMA)

Actualmente, nadie pone en duda que la fotografía sea arte. El problema radica en mantener la integridad de una disciplina con unos contornos tan imprecisos entre lo que el artista puede hacer y lo que está al alcance de todo aquel que tenga, no ya una cámara, sino un teléfono móvil. Incluso cuando la fotografía se hizo enormemente popular, a partir de la década de los 50 del siglo pasado, las imágenes mantenían el encanto de la captura espontánea, de los retazos de vida auténtica robados a sus protagonistas, de la magia de lo que se salva del olvido en un segundo de tiempo donde coinciden casualidad y pericia. Con el paso de los años, los fotógrafos se fueron quejando de que ya no había esa espontaneidad en la gente, la sobreprotección de la imagen propia resta naturalidad a las composiciones y hay menos fotos que surjan del azar.

Isabel Muñoz “Sin título”, de la serie “Agua”, 2017.

Es cierto que los tiempos imponen nuevas pautas. La fotografía contemporánea avanza gracias a la sofisticación de los propios equipos y al uso de otras herramientas que permiten tomar imágenes jamás pensadas antes. Además de esto, la propia idea en torno a esta disciplina ha cambiado, y comienzan a distinguirse subgéneros. Algunos de ellos tienen una vocación claramente artística mientras que otros buscan un mensaje distinto, más orientado al documental o al reportaje. No es por eso extraño que algunos artistas aborden proyectos fotográficos con dos fases de creación, y que produzcan primero sus propios escenarios de los que luego toman la imagen. La hibridación con las técnicas digitales también es muy común, si bien se suele distinguir entre la auténtica fotografía, tomada tal cual, y la composición digital, cuando está más intervenida. Es difícil predecir qué derroteros seguirá la fotografía en los próximos años, pero una cosa que jamás ha cambiado es la curiosidad que el ser humano siente por sus congéneres y el poder que una mirada sincera tiene en nosotros mismos. Eso nunca cambiará.