Art Madrid'26 – FRANCIS PICABIA POR FIN EN EL MoMA

Francis Picabia. Je revois en souvenir ma chère Udnie (I see again in memory my dear Udnie). 1914

 

 

Francis Picabia, París 1879-1953. Fue un artista polifacético, que dejó un testimonio en vida de más de 200 obras. En sus 74 años de vida, el trabajo que desempeñó fue cuando menos variado. Su principal característica era la libertad con la que se expresaba y plasmaba sus impresiones en distintas disciplinas artísticas. Nunca se casó con ningún estilo y al mismo tiempo fue el representante de muchos. Su versatilidad y capacidad camaleónica, lo consagró como el artista más versátil de la vanguardia, y por fin el MoMA le rinde homenaje con este gran despliegue. 

 

 

Dadaglobe Reconstructed

 

 

A la obra de Picabia, siempre se la ha definido como compleja como mínimo. Debido a la gran variedad de estilos que ha ido adoptando a lo largo de los años, ni siquiera se puede dividir su trayectoria por etapas. No se le atribuye una marca propia, pero al mismo tiempo ha experimentado con diferentes vertientes como son el puntillismo, el impresionismo, el cubismo, el dadaísmo, el collage o incluso el ballet, la literatura y el cine. Dicha muestra reúne 125 cuadros de diferentes formatos, 45 dibujos, una película, entrevistas al autor, revistas y hasta el recital de algunos de sus poemas.

 

 

'La revolución española', de Francis Picabia, 1937 

 

 

Amigo de los grandes genios de las vanguardias, todas las palabras que salían de sus bocas eran halagos a su trabajo e interpretaciones personales hacia él. Anne Umland, la comisaría de la exposición, enfoca sus esperanzas a esta faceta cambiante del artista dejando al espectador un amplio abanico de posibilidades a la hora de interpretar las obras. Lo ve como una liberación de nuestro subconsciente a la hora de leer las obras de Picabia, no limitar a una explicación ya fijada sino dinamitar las estructuras ya prefijadas y apoyar un sentimiento anti artístico.

 

 

Vista de la exposición

 

 

La gran variedad de la obra ha hecho posible esta gran exposición que muestra a Picabia en todo su esplendor. Los acontecimientos históricos no frenaron su afán de seguir creando y renovándose a sí mismo. Al revés, supusieron un reto para poder lograr el equilibrio entre viajar geográficamente y por los diferentes estilos artísticos. 

 

 

 


CONVERSACIONES CON ADONAY BERMÚDEZ. PROGRAMA DE ENTREVISTAS. ART MADRID’26


La obra de Cedric Le Corf (Bühl, Alemania, 1985) se sitúa en un territorio de fricción donde el impulso arcaico de lo sagrado convive con una actitud crítica propia de la contemporaneidad. Su práctica parte de una comprensión antropológica del origen del arte como gesto fundacional: la huella, la marca, la necesidad de inscribir la vida frente a la conciencia de la muerte.

Le Corf establece un diálogo complejo con la tradición barroca española, no desde la mímesis estilística, sino desde la intensidad afectiva y material que atraviesa aquella estética. La teatralidad de la luz, la encarnación de la tragedia y la hibridez entre lo espiritual y lo carnal se traducen en su obra en una exploración formal donde la geometría subyacente y la materia incrustada tensionan la percepción.

En el trabajo de Le Corf, el umbral entre abstracción y figuración no es una oposición, sino un campo de desplazamiento. La construcción espacial y el color funcionan como dispositivos emocionales que desestabilizan lo reconocible. Este proceso se ve atravesado por una metodología abierta, donde la planificación convive con la pérdida deliberada de control, permitiendo que la obra emerja como un espacio de silencio, retirada y retorno, en el que el artista se confronta con su propia interioridad.


La caída. 2025. Óleo sobre lienzo. 195 × 150 cm.


En tu trabajo se percibe una tensión entre la devoción y la disidencia. ¿Cómo negocias el límite entre lo sagrado y lo profano?

En mi trabajo siento la necesidad de remitirme al arte rupestre, a las imágenes que llevo presentes. Desde que el hombre prehistórico tomó conciencia de la muerte, sintió la necesidad de dejar una huella, marcando con una plantilla en la pared una mano roja, símbolo de la sangre vital. El hombre paleolítico, cazador-recolector, experimenta un sentimiento místico frente al animal, una forma de magia espiritual y de ritos vinculados a la creación. De este modo, sacraliza la caverna mediante la representación abstracta de la muerte y la vida, la procreación, las Venus… Así, nace el arte. En mi interpretación, el arte es sagrado por esencia, porque revela al hombre como creador.


Entre perro y lobo II. 2025. Óleo sobre lienzo. 97 × 70 cm.


Se observan trazos de la tradición barroca española en tu trabajo. ¿Qué encuentras en ella que siga siendo contemporáneo?

Sí, se observan rasgos de la tradición barroca española en mi trabajo. En la historia del arte, por ejemplo, pienso en los mosaicos árabe-andalusíes, en los que para mí se encuentra una geometría de diseños profundamente contemporánea. Y en la pintura y la escultura barroca española, el tema que aparece con mucha frecuencia es la tragedia: la muerte y lo sagrado están intensamente encarnados, ya sea en temas religiosos o profanos, en Zurbarán, Ribera, El Greco, pero también en Velázquez. Pienso, por ejemplo, en la notable pintura ecuestre de Isabel de Francia, por su geometría y por un retrato cuya luz recuerda a la de un Matisse.

Cuando pienso en la escultura, vienen a mi mente las maravillosas esculturas policromadas de Alonso Cano, Juan de Juni o Pedro de Mena, donde los ojos verdes están incrustados, junto con dientes de marfil, uñas de cuerno y pestañas de cabello. Todo ello ha influido sin duda en mi trabajo escultórico, tanto morfológico como ecuestre. Personalmente, en mi obra incrusto elementos de porcelana en madera tallada o pintada.


Entre perro y lobo I. 2025. Óleo sobre lienzo. 97 × 70 cm.


¿Qué te interesa de ese umbral entre lo reconocible y lo abstracto?

Por mi parte, toda representación en pintura o en escultura es abstracta. Lo que la impone es la construcción arquitectónica del espacio, su geometría secreta, y la emoción que provoca el color. Es, en cierto modo, un desplazamiento de lo real para alcanzar esa sensación.


El ángel anatómico. 2013. Madera de fresno y porcelana. 90 × 15 × 160 cm.


Tu obra parece moverse entre el silencio, el abandono y el retorno. ¿Qué te llama hacia esos espacios intermedios?

Creo que es al renunciar a imitar la verdad exterior, a copiarla, como alcanzo la verdad, ya sea en la pintura o en la escultura. Es como si me mirara en mi propio sujeto para descubrir mejor mi secreto, quizá.


Justa. 2019. Madera de roble policromada. 240 × 190 × 140 cm.


¿Hasta qué punto planificas tus obras y cuánto espacio dejas para que ocurra lo inesperado?

Es cierto que, en ocasiones, olvido por completo la idea principal en mi pintura y en mi escultura. Aunque comienzo una obra con ideas muy claras —dibujos y bocetos previos, grabados preparatorios y una intención bien definida—, me doy cuenta de que, a veces, esa idea inicial se pierde. Y no se trata de un accidente. En algunos casos tiene que ver con dificultades técnicas, pero hoy en día también acepto partir de una idea muy concreta y, al enfrentarme a la escultura, a la madera o a la cerámica, tener que trabajar de otra manera. Y eso lo acepto.