LOS INICIOS DEL VIDEOARTE

La disciplina de videoarte remonta sus orígenes a la década de los 60, un momento en que se popularizó la televisión doméstica y la presencia de la imagen en pantalla se extendió en la sociedad occidental. Para ese momento, no solo se estaba viviendo una crisis de modelo social en el seno de las grandes potencias económicas del momento, cuyos cimientos de identidad eran endebles y vulnerables, pese a tener una base capitalista sólida; sino también una crisis del individuo y de su rol en un contexto de creciente influencia de las comunicaciones. Así, los años 60 dieron paso a algunas grandes reivindicaciones colectivas, además de dar cauce a nuevas formas de expresión fuera de la ortodoxia reinante. Es el nacimiento del graffiti, del arte performativo, la ruptura con el clasicismo de posguerra, el auge de un nuevo despertar próspero y prometedor que no ocultaba los vestigios de una profunda herida social dominada por la insolidaridad, los conflictos anticomunistas y las ansias imparables de libertad.

Nam June Paik. Autopista eléctrica

La irrupción de un elemento como la pantalla en un medio aún acostumbrado a la comunicación tradicional supuso un punto de inflexión determinante en el devenir del arte posterior. El impacto del medio televisivo motivó profundas reflexiones en los creadores, que comenzaron a emplear el propio objeto como ingrediente recurrente en sus propuestas creativas. Entonces, temáticas como la deshumanización, el aislamiento, la falta de solidaridad, las imposiciones estéticas, la creación de corrientes… comenzaron a inundar el panorama artístico contemporáneo por artistas de nueva generación inmersos en la vorágine de este cambio de costumbres. La pantalla como eje de creación, la invasión de los medios y la alienación del individuo protagonizaron muchas piezas en el inicio de la década de los 70.

Varios fotogramas de obras de Bill Viola

Pero también se abrió camino una nueva tendencia creativa, una nueva disciplina audiovisual que supo ver en el vídeo una forma evolucionada de expresión, al margen de la consolidada industria del cine, reservada a los grandes discursos, o de la expansiva producción televisiva, con contenidos más amables y digeribles desde el ámbito doméstico. El videoarte se erigía como un espacio de experimentación alternativo a las técnicas tradicionales, con una versatilidad todavía desconocida… Esta disciplina encontró fácil acomodo entre otras corrientes de la época como el arte fluxus, el happening, o el arte conceptual. Esta fue la principal línea de trabajo de autores tan punteros como el coreano Nam June Paik o el alemán Wolf Vostell, ambos creadores inmersos en una exploración insaciable que les llevó a tantear distintas técnicas y temática.

Vídeo instalación de Jaume Plensa en Chicago

Hoy el videoarte tiene una etiqueta propia, distinta de la del vídeo experimental, de la vídeo instalación o de la vídeo acción. Estamos ante una corriente particular, cada vez más tentadora y sugerente que sigue siendo un refugio expresivo para los artistas que no se quieren encorsetar en formatos tradicionales y que necesitan dar rienda suelta a un discurso íntimamente conectado con nuestro tiempo. La imagen sigue jugando un papel crucial en la comunicación del arte, y la videocreación atrae cada vez más público interesado por un nuevo lenguaje, más depurado y elegante.

 

La adquisición de la primera obra de arte siempre infunde respeto. Un sentimiento difícil de definir que mezcla el vértigo con la adrenalina. Pero por encima de la incertidumbre y la cautela, se impone una sensación placentera de conexión, entendimiento y deseo. Esa obra que, una vez vista, se queda en la memoria, reaparece en el recuerdo varias veces al día y parece querer decirte que está dispuesta a formar parte de tu hogar, es la candidata perfecta para decantar la decisión.

En los primeros pasos, muchos coleccionistas coinciden en señalar que no se parte de un plan establecido, sino que uno va adquiriendo piezas en función del gusto y de la conexión que siente con ellas hasta que, pasado el tiempo, se dan cuenta de que el volumen de obras que acumula puede recibir la etiqueta de “colección”. Así lo relata, por ejemplo, Alicia Aza, cuando afirma que

“No fui consciente de que estaba coleccionando hasta muchos años después, cuando un tercero me nombró como coleccionista y habló de mi colección. En 2005 tomé conciencia de lo que supone coleccionar y decidí articular una colección con una identidad de criterios y soportes”.

Comparte esta misma opinión Marcos Martín Blanco, cofundador, junto a su mujer Elena Rueda, de la Colección MER:

“Coleccionar ha sido una pasión, movida por un estado visceral que te incita a ello. La colección en cuanto a las adquisiciones no ha sido especialmente complicada porque, reconozcámoslo: es fácil comprar porque son todas cosas bellas y tienes alguna idea clara de por dónde quieres ir, pero al principio esas preferencias no estaban tan claras. Es con el tiempo cuando va conformándose un criterio”.

No siempre sucede así, por supuesto, pero para el comprador que se inicia en este sendero, la vinculación personal que traba con su primera pieza es fundamental. Ahí está el germen de una relación duradera que no se limita a una simple cuestión estética, sino que es una ventana abierta al conocimiento, a la exploración, a un mundo que muchas veces nos es desconocido y despierta nuestra fascinación. La semilla de esa conexión es puramente sentimental, y es precisamente ese impulso el que determina las primeras adquisiciones. La primera pieza nunca se olvida.

Art Madrid'20, foto de Ana Maqueda

Superando las recomendaciones habituales que se hacen por parte de asesores y agentes, rara es la ocasión en que el amante del arte se decide a comprar por pura inversión. Esos caminos suelen abrirse más adelante, cuando ya el volumen de piezas es considerable. Además, hay quien está un poco en contra de este concepto clásico del coleccionista tradicional, abordado desde una visión excéntrica, elitista y poco accesible. Muy al contrario, los compradores de arte son, por encima de todo, amantes del arte, seres sensibles y permeables al estímulo creativo que en un momento dado se deciden a profundizar en esa relación que ya mantienen con el arte para llevarse una pieza a su casa.

No es tan complicado superar esa pequeña barrera psicológica que convierte al visitante en comprador si se aborda el tema desde una óptica más personal e intimista que de consideración social. Para ello son de gran ayuda las obras de pequeño formato, la obra gráfica o la fotografía seriada, cuya horquilla de precios, por lo general más asumible, permite hacer una comparación más próxima a los gastos que pueden abordarse de manera cotidiana. De este modo, la compra de arte entra dentro del abanico de actividades factibles y se transforma en algo próximo y posible.

Art Madrid'20, foto de Marc Cisneros

En ese momento comienza una relación con el arte distinta, basada en la pura experiencia y en la convivencia con la pieza adquirida. Quizás pueda verse como un acto de atrevimiento, pero en numerosas ocasiones es más una cuestión de necesidad y de transformación. Los coleccionistas también coinciden en señalar que la adquisición de obra es un ejercicio de análisis personal y de abrirse a un nuevo campo de conocimiento que antes nos era ajeno. Alicia Aza explica que la razón por la que adquirió su primera pieza de videoarte, de Sergio Prego, es porque no la entendía y porque la veía como un reto y una oportunidad de superarse personalmente. Esta ventana abierta al conocimiento da lugar a nuevas conexiones y a entablar vínculos con los creadores, como una de las partes más fascinantes del proceso. Candela Álvarez Soldevilla explica que

“creo que lo más interesante en el mundo del arte es hablar con los artistas. Son personas provistas de una sensibilidad especial a las que escuchar y entender”

Y Alicia Aza también dice:

“Puedo compartir la satisfacción de poder contar hoy en mi círculo de amistades más cercanas con muchos artistas y eso supone un largo camino recorrido”.

Así, con obras que se presentan como asumibles dentro del horizonte de gastos que cada uno estima viable, es fácil encontrar una pieza que nos atrape. Desde ese momento, nuestro hogar también evoluciona hacia un espacio en el que el arte tiene un lugar y una presencia permanentes, y no cabe duda de que eso nos transforma por dentro.

Art Madrid'20, foto de Henar Herguera

Jaime Sordo, propietario de la colección Los Bragales y fundador de la Asociación de Coleccionistas de Arte Contemporáneo 9915, siempre ha definido su relación con el arte como una verdadera pasión y una necesidad vital. Para los compradores que se inician en esta senda tiene la siguiente recomendación:

“Es condición imprescindible que sienta la necesidad de convivir con la pasión de disfrutar de las obras. Otro aspecto muy importante es que antes de la toma de decisiones para las compras se informen, con lo cual es necesario leer prensa y libros especializados, visitar exposiciones y museos y mucho contacto con el galerismo, que es una fuente importante de información y muy concreta de los artistas que representa. Por último, la presencia en ferias de arte nacionales e internacionales. Todo ello genera información y formación”.

En efecto, las ferias se han convertido en un buen lugar para el descubrimiento porque condensan una amplia oferta y permiten una toma de contacto diversa y global de forma concentrada. Por esta razón, muchos compradores de nueva generación se inician en el contexto de un evento como Art Madrid, cuya cercanía y calidad constituyen una oportunidad única de conocer, empaparse y contagiarse de la pasión por el arte.


(*) citas extraídas de varias entrevistas difundidas en medios de comunicación públicos entre 2013 y 2019.