MÁSCARAS BORDADAS PARA ROSTROS UNIVERSALES

El trabajo de Estefanía Martín Sáenz se ha abierto camino por sendas artísticas que discurren al margen del mainstream de la producción contemporánea. El recurso a técnicas con un mayor peso manual y el uso de materiales tan comunes como atípicos en la escena actual han hecho de su obra un referente del diálogo entre el presente y el pasado. Hasta el 10 de octubre podemos visitar su exposición “Máscaras” en el Centro de Arte de Alcobendas.

Estefanía Martín Sáez, Dibujos literarios, "Marcela I", 2016

Con su paso por el Museo ABC de la ilustración con la exposición “Luto y lujo”, dentro de la XV edición del programa Conexiones que pone en relación obras de la colección Banco Santander con el fondo que custodia el museo de ilustración, pudo verse que el trabajo de Estefanía despliega una enorme sensibilidad y muestra una forma de crear basada en la dedicación y el esmero personal. Con esta metodología, sus piezas transmiten a su vez esa misma entrega y delicadeza que hacen falta para concluirlas.

Estefanía Martín Sáez, “Las flores son para el cementerio I”, 2018

Al mismo tiempo, la artista aprovecha esta cualidad detallista de su trabajo para reflexionar sobre cuestiones que ponen en tela de juicio el rol tradicional de la mujer en la sociedad. No es por ello extraño ver recortes de tejidos, paños bordados, hilos entrelazados y otros materiales que, de manera recurrente a lo largo de la historia, han estado siempre vinculados al trabajo femenino dentro de la esfera doméstica. A modo de proclama pacífica, Estefanía retoma estos elementos para darles nuevos usos y construir un discurso subversivo que reivindica la importancia real de la mujer en un entorno empeñado por relegarla a un segundo plano.

Estefanía Martín Sáez, "Máscara 5", 2018

Sobre la base de esta protesta global que alude a todas las mujeres del mundo y, particularmente, aquellas que la artista se ha ido encontrando a lo largo de su vida, el proyecto “Máscaras” ofrece un relato visual donde las figuras femeninas aparecen sin rostro, porque lo que importa destacar es el carácter universal de una situación endémica de desequilibrio social que solo en el mundo occidental se va revirtiendo tímidamente. Por eso no importan los rasgos concretos de un rostro, sino la representación en términos absolutos de una realidad compartida.

Estefanía Martín Sáez, “Sígueme”, 2019

La exposición reúne dos líneas de trabajo de la artista: “Fiestas Paganas” y “Aquelarre”. Aunque con distinto fundamento, en ambos casos Estefanía subraya el estado de destierro social que el género femenino ha vivido históricamente en distintos contextos, tiempos y lugares. Con la referencia a las fiestas paganas, se pone en evidencia el carácter casi objetual de las mujeres en estas celebraciones; mientras que en “Aquelarre” recupera parte de los acontecimientos que tuvieron lugar durante la actuación de la Inquisición, donde muchas fueron condenadas a muerte acusadas de brujería y herejía por el solo hecho de ser mujeres.

 

En un mundo tan diverso y lleno de posibilidades como el nuestro, no es extraño que los artistas exploren distintas disciplinas y salten de una especialidad a otra en función del lenguage que más se adapta a sus necesidades expresivas en cada momento. Así ha sido la historia de Eamonn Doyle, a quien la Fundación Mapfre dedica una exposición que recoge lo más destacado de su corta pero brillante trayectoria como fotógrafo.

Eamonn Doyle, ON (series) nº 1, 2014 © Eamonn Doyle, cortesía de Michael Hoppen Gallery

Eamonn Doyle inició su carrera en el mundo del arte con sus estudios de pintura y posteriormente de fotografía, entre 1987 y 1991. No obstante, tras unos viajes iniciales en que intentó desarrollarse como fotógrafo de reportajes, en 1994 abandonó la cámara y se dedicó por completo a la música. Durante veinte años trabajó como editor y promotor musical, lo que le llevó a recorrer gran parte del mundo mientras organizaba festivales o grababa discos. Pero hace seis años, decidió retomar la fotografía, convirtiéndose en tiempo récord en uno de los fotógrafos contemporáneos de mayor reconocimiento.

Su carrera anterior, no obstante, tiene un importante influjo en su obra. Los movimientos culturales de las últimas décadas, que discurren de forma paralela a la música, junto con su pasión por la literatura, salen a la luz en sus imágenes de forma evidente. En este contexto, su ciudad natal, Dublín, gana una presencia especial, dejando traslucir su vida urbana y el pulso de las nuevas generaciones empapadas del contexto sociopolítico del momento.

Eamonn Doyle, "Untitled 28", 2013, © Eamonn Doyle, cortesía de Michael Hoppen Gallery

Uno de sus trabajos más conocidos es la “trilogía de Dublín”, con las series i, ON y End. A estas se suma otro proyecto célebre: K, centrado en imágenes espectrales que el fotógrafo tomó en Irlanda y en España. Su trabajo se caracteriza por la ambientación urbana en encuadres apurados que fuerzan el punto de vista del espectador. La ausencia de cortes rectos, la abundancia de ángulos y recortes en perspectiva transmiten una constante sensación de actividad y movimiento.

Ese mismo movimiento está presente en la serie K, donde el viento aparece para agitar los tejidos y ocultar las figuras. Este juego de ocultación atrapa las figuras con movimientos envolventes, que generan por igual desconcierto y angustia. Se advierte cierto mensaje surrealista en estas imágenes, con formas antropomorfas sin rostro sobre fondos inertes de fuerte contraste.

Eamonn Doyle, “K-20”, 2017

Igualmente, hay que destacar la constante presencia de la música en el trabajo del fotógrafo. La exposición en la Sala Bárbara de Braganza alberga también una pieza de vídeo titulada “Made in Dublin”, en la que el sonido juega un papel importantísimo. Doyle ha seguido colaborando de forma regular con el compositor David Donohoe, cuyas piezas son parte integrante de muchos de sus trabajos como la serie K o sus videocreaciones.

Sala Bárbara de Braganza (Fundación Mapfre): del 12 de septiembre al 26 de enero.