Mondrian, talento del Neoplasticismo

 

 

 

Piet Mondrian, Oostzijdse Mill de noche (1908)

 

 

 

Este año se celebra el centenario de De Stijl, o neoplasticismo, corriente artística de vanguardia de la que Piet Mondrian (1872-1944) fue máximo representante y cuya estética se basaba en las formas geométricas y los colores primarios. Reivindicaba la atracción de la pintura hacia la arquitectura, y viceversa. El diseño gráfico se convierte en otra herramienta de experimentación plástica, al igual que el diseño de muebles y el diseño industrial, que acercan la experiencia estética a los usos cotidianos.

 

 

 

Piet Mondrian. Composición Nº IV (1914)

 

 

 

La retrospectiva de Piet Mondrian se estructura a través de las ciudades donde el artista dio rienda suelta a su genio: Amsterdam, París, Londres y Nueva York. Después de graduarse en la Academia de Bellas Artes de Amsterdam, mostró su gran talento para el dibujo. Fue entonces cuando desarrolló la pintura de paisaje, liberándola de la tradición y experimentando con distintas paletas de color. En París, se acercó al cubismo, lo que le hizo dirigir su atención hacia una mayor abstracción de planos verticales y horizontales de colores vivos. Mondrian vivió en Londres y, posteriormente, para alejarse de la amenaza del nacismo, en Nueva York, lugares donde su obra se vio influenciada por el dinamismo de la ciudad moderna.

 

 

 

Piet Mondrian. Composición con plano rojo, amarillo, negro, gris y azul (1921)

 

 

 

El visitante tendrá la oportunidad de ver, entre muchas otras, la última creación de Mondrian “Victory Boogie-Woogie”, obra que no pudo concluir. La muestra se celebra dentro de un programa que conmemora los cien años de De Stijl, en el que el Gemeentemuseum de La Haya presenta, de manera paralela, otras dos exposiciones en honor a los espíritus revolucionarios del movimiento. Todas podrán visitarse hasta el final del verano.

 

 

 


Piet Mondrian, Victory Boogie-Woogie (1942-1944)

 

 

Inconfundible y personal, la obra de Tamara Łempicka condensa toda una corriente estética que hizo furor en el primer tercio del siglo pasado al tiempo que consiguió autodefinirse y marcar un estilo propio que hoy todos reconocemos. Los motivos y las composiciones que la artista escogía para sus piezas encajaban a la perfección con el Art Decó. Sus volúmenes envolventes, sus figuras redondeadas y un claro contraste de colores marcaron su trayectoria, lejos de los recursos florales y de las siluetas más esbeltas de desarrollo vertical que tanto definían este movimiento.

Tamara Łempicka, “Las jóvenes”, ca. 1930

Precisamente el triunfo de Tamara, ya en sus primeros años, y el hecho de que fuese una artista mujer abriéndose camino en un sector hasta el momento aún dominado por los hombres, encierra un halo de misterio y glamour que sigue despertando nuestra curiosidad. La vida de esta pintora nacida en Varsovia en 1898 representa el espíritu bohemio que habitualmente se atribuye a los artistas de principios de siglo, con una producción muy demandada y una larga lista de espera para encargar un retrato.

Su vida, en efecto, es el relato de un viaje sin tregua que comenzó con sus estudios en un internado en Suiza y con las vacaciones de familia por Italia. La Revolución Bolchevique supuso un cambio en su vida, cuando, ya casada, se convirtió en refugiada pasando por Copenhague, Londres y París, donde se estableció en 1923. En este contexto de huida y cambio, Tamara no abandonó la pintura, en la que se había iniciado en la adolescencia, y dejó que el influjo de las corrientes artísticas de la capital francesa penetrasen en su obra. Por eso, en ocasiones, sus pinturas se han calificado como de un “cubismo suave”, estilo en el que muchos artistas de la época estaban despuntando. En 1925 inauguró su primera gran exposición en Milán, y en 1927 obtiene su primer premio con la obra “Kizette en el balcón” en la Exposición Internacional de Burdeos. En los años siguientes da el salto a Nueva York, lugar donde su carrera llega a la cumbre.

Tamara Łempicka, “La durmiente”, 1932

La obra de Łempicka es enigmática y única, como ella misma, cuando abiertamente reconocía su bisexualidad en un contexto de prohibiciones sociales. Su estilo ha calado hondo, más allá incluso de la época en que la pintora alcanzó su mayor reconocimiento en vida, y ha influido en otros creadores posteriores que admiten la admiración que sus piezas despiertan. Hoy, su trabajo visita Madrid en el Palacio de Gaviria, 86 años después de que la propia Tamara pasase por nuestro país en uno de sus numerosas viajes por Europa.