“MANCHA MÍNIMA, IDEA MÁXIMA”, PABLO AMARGO EN EL MUSEO ABC

De las muchas disciplinas que ofrece el arte, la ilustración suele ser la gran olvidada. Quizás por la sensación de accesibilidad de esta técnica en contraste con otras especialidades más exigentes. Sin embargo, la ilustración se ha modernizado considerablemente y es una de las ramas artísticas en las que las herramientas digitales han llegado para quedarse.

Esta valoración de la ilustración ha cambiado en los últimos tiempos, lo que ha hecho surgir una nueva generación de jóvenes ilustradores. Además, la consideración de esta disciplina se ha fortalecido y no son pocos los premios que ahora se otorgan para estos creadores que antes se servían de lápiz y papel y ahora usan con cada vez más frecuencia el pincel digital.

Este es precisamente el caso de Pablo Amargo, ilustrador nacido en Oviedo que ha llevado sus obras más allá de nuestras fronteras y cuenta con un amplio reconocimiento internacional. Pablo cuenta en su haber con numerosas menciones y premios, como el Premio Nacional de Ilustración otorgado por el Ministerio de Cultura en 2004 hasta los más recientes concedidos por la New York Society of Illustrators en 2016 y 2017. Además, en 2016 obtuvo el Premio Gráfica, en reconocimiento a su contribución a la cultura visual española.

La obra de Pablo ha evolucionado en permanente conexión con el mundo editorial. Sus ilustraciones son un ejercicio consciente de simplificación y minimalismo, con un juego intencionado de comicidad y ocurrencia que hace honor a la máxima “menos es más”. Precisamente a este espíritu responde la exposición que hoy le dedica el Museo ABC de la Ilustración, con el título “Mancha mínima, idea máxima”, que recoge las obras originales de dos de sus series más recientes: “Cats are paradoxes” y “Casualidad”.

El blanco y negro, la línea desnuda y el juego de contrastes son elementos esenciales en la obra de Pablo. Esta búsqueda de los dobles sentidos visuales, de las paradojas sobre papel le ha llevado a ilustrar en varias ocasiones las portadas de The New York Times, The New Yorker, Jot Down Magazine o National Geographic, entre otros. Una buena oportunidad de conocer las propuestas de este consolidado dibujante.

Aunque las definiciones tradicionales de arte incluyen de un modo u otro referencias a la belleza, el equilibrio y la estética, la posmodernidad introduce cambios en esta máxima y plantea una aproximación al arte desprovista de los conceptos heredados del pasado para reforzar su valor expresivo frente a la búsqueda de lo bello.

Shepard Fairey, "Free speech".

No obstante, los nuevos tiempos traen consigo otras imposiciones y pautas. En un mundo vertiginoso como el actual, donde se hace alarde de tolerancia, integración e igualdad, en ocasiones el exceso de cautela nos sitúa en el lado opuesto y la mesura social de lo “políticamente correcto” deriva en restricciones a la libertad de expresión, censura encubierta, dobles lecturas del mensaje. Hay quien dice que hoy “no se puede decir nada sin que te caigan encima”. Una visita rápida a las redes sociales desvela que, muchas veces, la supuesta libertad que hoy disfrutamos se ha transformado en un inmenso campo en el que andar “como pisando huevos”.

Montaje de la obra "Presos políticos" de Santiago Sierra, retirada durante la feria ARCO'18

No nos engañemos, esto también es un signo de nuestro tiempo. Las opiniones son mejor recibidas cuando se empaquetan con una envoltura de humor e ironía, o cuando se anclan en sitios-comunes ampliamente compartidos. En este contexto, la crítica desde el mundo del arte debería gozar de una mayor permisividad, pero los hechos recientes demuestran lo contrario. La censura por discursos de corte político ha protagonizado portadas de periódicos y todo parece indicar que hay ciertos temas que es mejor no tocar.

Shepard Fairey en su estudio, vía papermag.com

Esto lleva a algunos autores a optar por convertir su obra en estandartes con sentido social donde la carga estética universaliza el mensaje. Digamos que no se busca abiertamente la crítica política, económica o social en composiciones que no dejan espacio a la imaginación (para eso ya existe el fotoperiodismo). El propósito es crear imágenes icónicas con un mensaje embebido en el propio diseño, por eso en este ámbito el arte gráfico es el ganador. Nada nuevo bajo el sol, todo hay que decirlo, pero el logro está en que las creaciones contemporáneas son dignas herederas de todo el acervo compositivo y estético de las décadas precedentes, y en ese sentido, no se les puede quitar el mérito de “refundir” lo antiguo con lo nuevo para crear algo diferente y único.

Shepard Fairey

Big brother is watching you, 2006

Serigrafía sobre papel

61 x 46cm

Shepard Fairey

Earth crisis, 2014

Serigrafía sobre papel

61 x 46cm

Shepard Fairey

Icon Collage Set II, 2016

Serigrafía

97.5 x 76cm

Shepard Fairey es un artista paradigmático en este tema. En sus entrevistas, él mismo ironiza sobre la contradicción que supone criticar al capitalismo en sus obras y luego vender las ediciones por miles de dólares. Bueno, no hay que fustigarse por ello, de otro modo los artistas seguirían siendo aquellos que pueden permitirse vivir de rentas, y se eliminaría la voz de tantos otros que aspiran a vivir de sus creaciones. No olvidemos tampoco que hubo una época (no hace mucho), en que el arte urbano se consideraba vandalismo. Fairey, que se autodefine como artista y activista, ha tenido que enfrentarse a estas polémicas cuando algunas de las piezas que propone no son del gusto de todo el mundo. Y, con todo, una cosa es evidente: sus obras son inconfundibles y han ayudado a difundir un mensaje universal donde las críticas al sistema siempre están presentes. Evidentemente, algunos artistas responden sí a la pregunta con la que habríamos este post: el arte es una herramienta de crítica.