Excelente exposición de la obra de Henri Rousseau en el museo D´Orsay

 

Hijo de una familia modesta, autodidacta y pintor tardío (empezó a pintar a la edad de 40 años), Rousseau consiguió en 1884 la autorización para ejecutar copias en el Louvre, el Museo de Luxemburgo o en Versalles. Pintor singular sin duda, su obra se sitúa en pleno cambio de siglo XX y con su peculiar estilo naïf mezcla sus fuentes de inspiración más academicistas (Gerome, Bouguereau) con las nuevas vanguardias. Ahora, la exposición “Le Douanier Rousseau. L'innocence archaïque”, esta primavera en las salas del Museo Orsay de París, pretende ser una clarificadora crítica de su arte usando la reflexión sobre la noción de arcaísmo como hilo conductor.

 

En París, las obras maestras de Henri Rousseau en las colecciones de Orsay y l'Orangerie se enfrentan a cuadros prestados por las instituciones internacionales más prestigiosas y con las firmas de Seurat, Delaunay, Kandinsky o Picasso, pero también de artistas desconocidos que evocan la riqueza de las relaciones que se desarrollan alrededor de Rousseau, una forma original en la explorar la modernidad.

 
 
 
 
 
 
 

Rousseau, muy consciente de la originalidad de su arte, se esfuerza por mantener la aparente ingenuidad e inocencia en el trazo, en las ausentes perspectivas, en la imagen realista pero sin proporción y en los colores puros, para mantener la singularidad de su obra. Así, los creadores de la vanguardia (escritores, poetas, pintores ...) fueron los primeros en interesarse por su trabajo y Picasso, Delaunay, Léger o Kandinsky, no sólo admiraban la obra de Rousseau y se inspiraban en él para su trabajo sino que también lo coleccionaban.

 
 
 
 
 

La encantadora de serpientes, el león, la serie completa de “Jungle”, el París de Rousseau, sus retratos... hasta el 17 de julio se puede conocer la vida, la obra y el universo de este pintor post impresionista y naïf que, a través de su estilo -criticado por infantil y sin depurar-, abrió las puertas a la libertad de estilos de entonces en adelante.

 

 

Todos conocemos la famosa frase “una imagen vale más que mil palabras”. Y así es en muchas ocasiones. Nuestra realidad se alimenta de multitud de imágenes que consumimos a diario en la era de la sobreinformación. Según datos recopilados en 2017, cada minuto se suben 65.000 fotos a Instagram, 400 horas de vídeo a Youtube y 243.000 imágenes a Facebook. Las estadísticas habrán variado un poco en estos dos años, pero siempre al alza. Precisamente por ello, a veces cuesta poner en valor la fotografía como disciplina artística, ya que existe la noción, comúnmente extendida, de que obtener una buena imagen está al alcance de todos. Por eso nos preguntamos ¿cuál es el futuro de la fotografía en el siglo XXI?

Primera imagen de la historia con una persona, de Louis Daguerre, 1838

Repasando la historia de la fotografía, no debemos olvidar que en sus inicios no era considerada propiamente una disciplina artística. A mediados del siglo XIX, la captura de la imagen se veía como un alarde técnico que permitía congelar un instante del tiempo para el recuerdo, con una finalidad más bien documental y de registro histórico que como una creación genuina. Esta técnica carecía de las cualidades atribuidas tradicionalmente a las obras de arte: no había una factura manual, no era necesaria formación previa, no se producía nada nuevo y se limitaba a reproducir la realidad.

Robert Doisneau, “La Dame Indignée”, 1948 (imagen de 1stdibs.com)

La expansión de la fotografía para hacer retratos, y la progresiva sustitución de la pintura para estos fines, coincidió en el tiempo con el movimiento naturalista, que abogaba por una representación objetiva de la realidad desprovista de las composiciones rebuscadas y la permanente búsqueda de los cánones de belleza tradicionales. La fotografía se adaptaba tan bien a este movimiento que supuso de hecho un gran impulso para su expansión. A esto se sumaron algunos avances técnicos del momento que contribuyeron a la popularización de esta disciplina, cada vez más accesible y portátil, con cámaras más pequeñas y fáciles de mover fuera de los cuartos oscuros de los fotógrafos de retratos.

Jeff Wall, “Invisible man”, 1999-2000 (imagen de MoMA)

Actualmente, nadie pone en duda que la fotografía sea arte. El problema radica en mantener la integridad de una disciplina con unos contornos tan imprecisos entre lo que el artista puede hacer y lo que está al alcance de todo aquel que tenga, no ya una cámara, sino un teléfono móvil. Incluso cuando la fotografía se hizo enormemente popular, a partir de la década de los 50 del siglo pasado, las imágenes mantenían el encanto de la captura espontánea, de los retazos de vida auténtica robados a sus protagonistas, de la magia de lo que se salva del olvido en un segundo de tiempo donde coinciden casualidad y pericia. Con el paso de los años, los fotógrafos se fueron quejando de que ya no había esa espontaneidad en la gente, la sobreprotección de la imagen propia resta naturalidad a las composiciones y hay menos fotos que surjan del azar.

Isabel Muñoz “Sin título”, de la serie “Agua”, 2017.

Es cierto que los tiempos imponen nuevas pautas. La fotografía contemporánea avanza gracias a la sofisticación de los propios equipos y al uso de otras herramientas que permiten tomar imágenes jamás pensadas antes. Además de esto, la propia idea en torno a esta disciplina ha cambiado, y comienzan a distinguirse subgéneros. Algunos de ellos tienen una vocación claramente artística mientras que otros buscan un mensaje distinto, más orientado al documental o al reportaje. No es por eso extraño que algunos artistas aborden proyectos fotográficos con dos fases de creación, y que produzcan primero sus propios escenarios de los que luego toman la imagen. La hibridación con las técnicas digitales también es muy común, si bien se suele distinguir entre la auténtica fotografía, tomada tal cual, y la composición digital, cuando está más intervenida. Es difícil predecir qué derroteros seguirá la fotografía en los próximos años, pero una cosa que jamás ha cambiado es la curiosidad que el ser humano siente por sus congéneres y el poder que una mirada sincera tiene en nosotros mismos. Eso nunca cambiará.