COLECCIONAR VIDEOARTE: UNA UTOPÍA PERSONAL

Art Madrid’19 centra su programa paralelo sobre una disciplina que despierta tanta fascinación como curiosidad: el videoarte. Aunque el adjetivo “innovador” se avenga mal con una trayectoria de evolución y crecimiento creativo de algo más de medio siglo, lo cierto es que esta rama artística aún plantea numerosos retos para los amantes del arte, y dista mucho de ser un medio habitual y común en los principales circuitos expositivos.

A pesar de ello, la imagen en movimiento cuenta con verdaderos devotos que se han volcado en conocer a los artistas y entender un lenguaje que puede resultar al mismo tiempo cercano y complejo. El mundo del vídeo ofrece infinidad de posibilidades y gana adeptos de manera paulatina, y a esta misión se encomienda con fervor la plataforma de videoarte PROYECTOR, que organiza desde hace más de una década un festival dedicado en exclusiva a esta disciplina.

Fotograma de "Sweet Dreams Are Made of This", de Carlos Aires, 2016

Para contribuir a esta labor y dar a conocer este medio al gran público, el programa de actividades de Art Madrid incluye tres excelentes ciclos de proyecciones comisariados por PROYECTOR, con obras de los principales artistas de videoarte de nuestro tiempo, incluyendo la excepcional colección de Teresa Sapey. Así, el jueves 21, el viernes 22 y el sábado 23 de febrero, el auditorio de la Sala Alcalá 31 se convierte en cita obligada para adentrarse en esta esfera adictiva y vibrante con tres propuestas seleccionadas tituladas “Mujer como sujeto del videoarte”, “Del cuerpo presente al cuerpo performativo” y “Ciudades”. Estos ciclos son una oportunidad para conocer la obra de Candice Breitz, Hussein Chalayan, Paula Lafuente, Carlos Llavata, Francesca Fini, Gianluca Abbate, Márcia Beatriz Granero, Daniel Lo Iacono, Mehdi-Georges Lahlou o Katherinne Fiedler, por mencionar solo algunos de ellos.

Proyección de Cristina Garrido, "#JWIITMTESDSA? (Just what is it that makes today's exhibitions so different, so appealing?)", 2015.

El programa Art Madrid-PROYECTOR’19 acoge también encuentros con profesionales y con artistas en los que, desde distintas perspectivas, se expondrá una aproximación muy particular sobre el panorama internacional del videoarte. Estas jornadas de debate y reflexión son el contexto idóneo para tratar algunas de las grandes cuestiones que esta disciplina plantea, empezando por el propio coleccionismo de piezas audiovisuales, que podremos debatir con la célebre coleccionista especializada en videoarte Teresa Sapey.

En efecto, el propio hecho de coleccionar es una actitud humana que esconde emociones, sentimientos y pasiones que revelan mucho de quién está detrás. Al visitar una colección suelen asaltarnos preguntas como por qué o cuándo, una búsqueda de razones y referentes que nos facilite el entendimiento. Con el videoarte, esta curiosidad es más acusada si cabe, porque este medio no se comprende a simple vista, requiere atención y tiempo y revela, posiblemente con mayor precisión, las intimidades del poseedor, los claroscuros de su personalidad. Pero ¿qué nos lleva a coleccionar y qué puede ofrecernos el videoarte?

Eugenio Ampudia, "Dónde dormir 5 (Palau)", 2015, serie "Dónde Dormir", 2008-15.

En el afán por aproximarnos a la comprensión del coleccionismo de videoarte hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Teresa Sapey, quien nos reveló parte de su experiencia como coleccionista de "arte en movimiento".

¿Hasta qué punto se fusionan vida y colección? ¿Qué es para ti una colección?

En teoría se puede usar la palabra "colección" a partir de cinco elementos de una misma familia. Yo preferiría no definirme coleccionista porque hay gente que tiene centenares de piezas, así que prefiero definirme como una amante del arte que de vez en cuando, y cuando tiene algo de presupuesto, compra una pieza. Compro más por un tema personal y hedonista que para el show off o razones sociales.

Las piezas de videoarte que tenemos, en un principio iban a ser una parte fundamental del estudio de arquitectura. Siempre he soñado con tener un estudio con una sala donde el cliente llegaba y antes de conocernos a nosotros como estudio, veía una mesa muy blanca y minimal con la proyección de una pieza clave de Marina Abramovic: ella con un esqueleto encima. Esta imagen tenía que haber sido el primer contacto entre vida y muerte, entre vestido y desnudo, muy metafórico como nuestro trabajo, lleno y vacio, proyecto y no proyecto. Las cosas no han ido así, pero bueno en parte el estudio sí está decorado con piezas de videoarte.

Marina Abramovic, "Nude with Skeleton", colección Teresa Sapey (edición 4/5), 2002-05.

Apelando a la capacidad transformadora del arte, ¿podrías citar alguna obra de la colección que haya supuesto un cambio en tu manera de ser y de coleccionar?

Sin duda, tengo que hablar de cuando conocí a Charles Sandison, de su manera de tratar el arte y de utilizar la biblia en tiempo real, de su osmosis de comunicar con el observador, una obra de arte siempre está pensada para que sea mirada y admirada. En Charles Sandison noté una penetración entre artista y observador. Me cambió por completo la manera de vivir el arte y de verla. Desde ese momento entendí que para mí en nuestro siglo XXI, el arte había ganado la cuarta dimensión que antes no existía, el artista buscó siempre representar la cuarta dimensión y ahora por fin lo ha conseguido.

Coleccionar videoarte puede parecer algo insólito y minoritario, sin embargo, es una práctica que poco a poco se reafirma; y no podría ser de otra forma, si pensamos en la era de la información en la que estamos inmersos, una época donde todo podría reducirse al espectro de imágenes y apariencias de las que intenta dar cuenta el videoarte.

Bill Viola, imagen de la videoinstalación "Mery" en St Paul’s Cathedral, 2016.

Tras estas declaraciones de Sapey, podríamos reflexionar sobre la idea de que el coleccionismo responde a “este deseo ávido y ambicioso de tomar posesión del objeto en beneficio del propietario, o incluso del espectador, constituye uno de los rasgos más originales del arte de la civilización occidental” (Mitológicas, 1971). Estas palabras del antropólogo francés Claude Lévi-Strauss revelan uno de los aspectos más complejos e interesantes del sujeto contemporáneo: el modo en que vive y mira las imágenes y el impulso apasionado que siente casi de manera inmediata por adueñarse de ellas, poseerlas y hacerlas suyas para siempre.

Esta ostentación por la propiedad se remonta especialmente al Renacimiento cuando las imágenes artísticas no eran solo instrumento de conocimiento sino también de posesión, riqueza y propaganda política. Asimismo, esta obsesión por el objeto artístico continúa siendo inherente a la sociedad de nuestro tiempo y, pese a ser conscientes de las tantas posibilidades que puede impulsar al coleccionista contemporáneo, nos centraremos en aquella mirada atenta y entusiasmada por el arte, abandonando cualquier atisbo inversor y tradicionalista, nos centraremos en definitiva, en la mirada del coleccionista apasionado.

Isidro Varcárcel Medina, videoinstalación "Programación variada", 2016.

José María de Francisco y Luis Caballero, en el prólogo de su ejemplar texto Conversaciones con coleccionistas de arte contemporáneo (Madrid, 2018), definen el coleccionismo del arte contemporáneo como “un fenómeno en el que operan tres fuerzas procedentes de tres dominios ancestrales de deseos y necesidades humanas encarnadas en la mitología griega por las tres gracias hijas de Zeus: la belleza (Algaea), el hábito social (Eufrosine) y la riqueza material (Talia)”. Estas tres virtudes son el trasfondo de las decisiones que configuran una colección, que en no pocas ocasiones plantea una relación de analogía con el proceso vital de cada uno de los coleccionistas o aficionados de arte contemporáneo. Sería lícito por lo tanto, hablar de vida y colección como un todo, pues qué busca el coleccionista apasionado en cada nueva adquisición sino ampliar la mirada mental sobre la realidad que le rodea. Así, al coleccionista apasionado le interesarán aquellas obras que despierten en él un sentimiento o una emoción que permanecía dormida en su interior y que se activa de pronto, descubriéndole un nuevo rincón de su esencia que moldea su percepción del mundo y reafirma su existencia en él como individuo. Y es precisamente en ese encuentro con la obra cuando se produce el fenómeno de deseo, que le lleva a querer poseerla para añadirla al resto de una colección de pensamientos que acaban tejiendo un relato íntimo y orgánico que describe su paso por la vida.

En este sentido parece inevitable evocar uno de los aspectos más interesantes de la ontología del arte en cualquiera de sus etapas: el sentido que el autor proyecta en su obra y la multiplicidad de lecturas y significados que experimenta en todos aquellos que la miran, un ciclo que parece cerrarse por completo con la figura del coleccionista, que en cierto modo significa una última mirada.

 

Hace apenas unos días se publicó el ranking de los museos más visitados del mundo en 2018. Una vez más, el Louvre ocupaba la primera posición, y también con gran satisfacción veíamos que el Reina Sofía se mantenía entre los 20 primeros un año más. En el panorama mundial, los museos europeos tienen un peso considerable, con 9 instituciones situadas en los primeros 20 puestos. En conjunto, las cifras reflejan un aumento del 15% en el número de visitantes, lo que demuestra el creciente interés del público por acceder a estas grandes colecciones.

Visitantes ante la "Mona lisa" en el Louvre en París. Foto: Pedro Fiuza/NurPhoto — Sipa, (vía Associated Press nytimes.com)

No obstante, estos datos no son tan halagüeños como pudiera parecer. A pesar de las dimensiones de estos enormes museos, el volumen de visitantes es tal que el disfrute de las obras se resiente y las labores de mantenimiento son cada vez más exigentes. El pasado 27 de mayo, el Louvre se vio obligado a cerrar sus puertas por una huelga convocada por los vigilantes de sala en protesta por la falta de recursos ante esta crecida de las visitas. Los pasillos se hacen intransitables y las obras se pierden tras un parapeto de brazos alzados, smartphone en mano, para sacarse la foto de recuerdo entre hordas de turistas. Este museo, en concreto, superó los 10 millones de visitantes el pasado año, lo que supuso un aumento del 25% con respecto al año anterior.

Este fenómeno no es ajeno al boom que está sufriendo el turismo en los últimos años. No solo viajar se ha hecho más asequible, sino que se ha convertido en un punto más en la lista de “cosas que hacer en la vida” para los que transitamos por el siglo XXI. El enorme abanico de posibilidades que nos brinda la actualidad choca con la necesidad de adoptar medidas de protección del patrimonio cultural y de la propia vida. Al mismo tiempo, es necesario luchar contra el poder de atracción de algunos lugares especialmente demandados, algo que repercute negativamente en la sostenibilidad de su estilo de vida y afecta al carácter estacionario de su economía. Se habla hoy mucho de turismo sostenible, y parece que se dice a la ligera, pero los desplazamientos de la gente y la expansión de los hábitos de consumo capitalista tienen un impacto directo en el medioambiente y en la conservación de los monumentos.

'Dalí', la exposición más visitada de Europa, por: Miguel Ángel García Vega (vía blogs.elpais.com)

No estamos ante un problema de solución fácil. El turismo es uno de los principales motores de la economía para muchos países. Algunas instituciones carecen de inyección de fondos públicos y deben mantenerse íntegramente con sus ingresos, obtenidos en muchas ocasiones de la venta de entradas. Algunos museos, como el Prado, tratan de establecer una política que permita seguir disfrutando del recorrido a los visitantes y tiene prohibido sacar fotografías con el móvil en las salas. Los motivos para tomar esta medida son múltiples, y para que nadie pueda quejarse (porque hay quienes se quejan), se ha procedido a la digitalización de las grandes obras de la colección con imágenes de alta definición accesibles en la página web oficial.

Estos datos ponen de manifiesto que el sector cultural no es ajeno a los grandes movimientos de tendencia que prescriben la obligatoriedad de visitar determinados centros, pasar por ciertos sitios y sacarse la foto de rigor para compartirla en las redes sociales. Es positivo que el arte pueda ser “trendy”, pero no lo es si esta moda conlleva el deterioro de la experiencia del museo, un falso conocimiento de lo que se está viendo, el secuestro de ciertas instituciones frente a otras del entorno próximo que siguen vacías, y la estandarización de los museos como consecuencia de la globalización. En el debate sobre el futuro de estas instituciones en el siglo XXI, que tuvo lugar en París en enero de 2018 y al que acudieron los directores de los principales museos del mundo, Bernard Blistène, director del Centro Pompidou, declaró: “un museo no debe tender hacia una colección ideal que no existe, sino construirse a partir de su singularidad. Sería ridículo ver cómo los museos se homogenizan para responder a una definición que, en realidad, deberíamos deconstruir: la del arte moderno. Tenemos que repensar el modelo inicial”.

Andy Stalman, “Louvre” (vía tendencias21.net)

Los retos del futuro para estos centros no pasan solo por la necesidad de hacer frente a su actividad con presupuestos cada vez más ajustados, sino también al cumplimiento de una misión social y cultural que afecta al conjunto de la sociedad mundial. Y en el trabajo hacia esos objetivos, cuestiones como la sostenibilidad y el equilibrio en el volumen de visitantes, son clave. Algunas voces apuntan que conviene fomentar la descentralización, abriendo filiales de los principales museos en otros lugares del mundo, como es el caso del Louvre, por mencionar un ejemplo cercano, que pronto inaugurará su centro de Abu Dabi. Pero estas soluciones son en realidad un ejemplo claro del impacto de la globalización y cómo alcanza también al sector del arte. El turismo de masas (y su consumo cultural) está tan íntimamente vinculado a este fenómeno que las estadísticas parecen arrojar resultados contradictorios.

Museo historia natural Londres. Foto: Son of Groucho (de Flickr, vía waitamoment.co.uk)

Volviendo al Prado, con sus casi constantes 3 millones de visitas en los últimos años, una encuesta lanzada a principios de este año para sondear los hábitos de los españoles indica que solo el 5,7% de los encuestados visitaron el museo en el último año, que un 37,5% no lo han visitado nunca y un 16% no tiene interés alguno en hacerlo. Sabemos que las estadísticas son eso, estadísticas, pero los datos nos aproximan a una realidad que parece pasar desapercibida. En este boom por acudir a los grandes museos, los visitantes nacionales son los menos interesados en disfrutar de estas instituciones. Y este puede ser el motivo que explique por qué las grandes pinacotecas están abarrotadas, y los museos más modestos, igualmente interesantes, se mantienen vacíos. Quizás una de las principales líneas de trabajo sea seguir educando en arte y cultura para despertar el interés de los ciudadanos por acercarse al arte que tienen más cerca y a su alcance, al tiempo que se canalizan otras formas de financiación para los museos que garanticen su sostenibilidad sin tener que depender tanto del volumen de visitas.